Primeros días con un recién nacido

BEBÉ SANO

Esos primeros días con tu bebé recién nacido

Controlar su peso hasta que empiece a evolucionar, alimentarlo tantas veces como reclame y atenderlo sin esperar a que llore. No hay más secreto que ese.

Carlos González

Una vez en casa, los padres se lanzan a la mayor aventura de sus vidas. Pronto verán que criar un hijo no es tan difícil como parecía. Recibirán mil consejos contradictorios, lo que indica que hay miles de métodos que más o menos funcionan.

Al principio conviene estar atentos a algunos detalles, como el peso. Todos los recién nacidos pierden peso. No por error o por accidente o por defecto de la lactancia, sino porque así tienen que ser las cosas. Los bebés que toman el biberón también pierden peso. El primer día se les suele dar biberones de 30, el segundo, de 60 ml... No se les dan 90 ml desde el principio, porque les sentaría mal.

Aunque estén perdiendo peso, los recién nacidos suelen dormir mucho, pedir poco pecho y pasar el día bastante tranquilos. “Se queda satisfecho”, dice la gente, y en cierto modo es verdad: están satisfechos porque no necesitan más.

Pero, claro, si sigue mamando poco y durmiendo mucho, ¿cómo va a engordar? Solo hay una forma de recuperar el peso perdido: comer mucho más que antes. Y durante unos días no va a mamar solamente “lo normal”, sino más de lo normal, porque tiene que recuperar el atraso.

Luego, una vez recuperado el peso y aumentada la producción de leche, la frecuencia de las tomas bajará hasta las habituales 8-12 en 24 horas (en algunos casos algo más, en otros algo menos).

Y así tenemos que el bebé que en el hospital, durante los primeros dos días, dormía muchas horas de un tirón y perdía peso, al llegar a casa, hacia el tercer o cuarto día, empieza a engordar a base de mamar veinte veces al día. “Antes se quedaba satisfecho, pero ahora está pasando hambre –piensan las que no conocen el motivo–. Eso es que me he quedado sin leche”. Así es como empiezan a dar biberones a sus hijos justo cuando están engordando sin necesidad de biberón.

El control del peso

Es importante que un profesional (comadrona, enfermera, pediatra...) vea y pese al bebé a los pocos días (unos tres) de salir del hospital. Y esos controles frecuentes deben repetirse cuantas veces sea preciso, hasta asegurarse de que el bebé está engordando normalmente.

El bebé que pierde peso suele estar tranquilo, dormir mucho y llorar poco. Entra en “modo ahorro de energía” y los padres creen erróneamente que está satisfecho y todo va bien. Hay que detectar la pérdida de peso cuando el problema es pequeño y tiene fácil solución, y no correr al hospital cuando, a los diez o quince días, se descubre que el bebé ha perdido más de medio kilo.

A menudo se comete el error de pesar al bebé, comprobar que ha perdido demasiado (o que ha engordado muy poco) y no hacer nada. “Vamos a esperar unos días, a ver cómo sigue”. Por supuesto, muchas veces el problema se soluciona por sí solo y el niño engorda. Pero en otros casos, si no hacemos nada, el bebé sigue perdiendo, hasta que al final hay que correr.

La idea no es esperar hasta que la situación sea grave –hasta que el niño haya perdido un 12 o 15%–, sino intervenir mucho antes, en cuanto un bebé pierde, digamos, un 6-7% del peso (lo que no tiene ningún peligro, pero ya es más de lo habitual).

5 cosas que podemos hacer para aumentar la eficacia de la succión y la producción de leche

Además de explorar al bebé y comprobar que no está enfermo, podemos:

1. Observar cómo mama y corregir la posición si es preciso

El bebé debe tener la boca muy abierta, la cabecita ligeramente doblada hacia atrás y todo su cuerpo completamente pegado al de su mamá. Sí, pegado, empujándole sin temor por la espalda. O mejor, la madre boca arriba en la cama o en una tumbona y el bebé encima, boca abajo; así seguro que está bien pegado.

2. Comprobar si tiene un frenillo lingual que le dificulte mamar

A veces hay que cortar el frenillo en los primeros días.

3. Comprimir el pecho en su boca

Si las tomas son largas y el bebé pasa gran parte del tiempo sin mamar (o haciendo movimientos superficiales, sin tragar leche).

4. Sacarse leche varias veces al día, seis o más, y dársela con una jeringuilla o un vaso.

Al principio no sale casi nada, es normal; hay que ser persistente. Durante los primeros días después del parto es muy fácil aumentar la producción de leche. Pero si pasan varias semanas y el bebé mama mal y engorda poco o nada, la glándula mamaria empieza a atrofiarse y luego es mucho más difícil tener más leche. No imposible; la producción de leche siempre se puede incrementar, pero a veces se tardan semanas en obtener resultados, cuando al principio hubieran bastado unos días.

5. Contactar con un grupo de lactancia

Para mejorar la posición, aprender a sacarse leche...

Lágrimas de desconsuelo

Hacia los tres días, como decíamos, muchos niños empiezan a dormir menos y protestar más.

Las madres se asustan cuando el bebé llora, pero los pediatras a veces nos asustamos cuando no lloran.

Sin embargo, el cambio más notable suele ocurrir hacia los quince días, cuando algunos bebés empiezan con el famoso “cólico del lactante”. No es dolor de barriga. No son gases. No se sabe qué es. Simplemente, muchos bebés están intranquilos, sobre todo por las tardes. Suele empezar a las dos semanas, el peor momento es hacia el mes y medio, y a partir de ahí mejora hasta que se les suelen pasar a los tres meses. Hace décadas, cuando se recomendaba “no cogerlos porque se malcrían”, los bebés con cólico se pasaban la tarde llorando. Hoy, cuando sabemos que cogerlos en brazos no solo no los malcría, sino que los hace muy felices, los bebés con cólico lloran poco. Eso sí, notas que hay horas del día en que lo coges porque quieres, aunque lo podrías dejar un minuto en la cuna sin que protestara... y hay horas en que lo tienes que coger para evitar la catástrofe, y además tienes que estar moviéndote y cantando, y aún así se queja, y no puedes ni ir al lavabo porque rompe a llorar.

Se ha visto que la mejor manera de prevenir y tratar el cólico es hacer caso a los bebés.

Tenerlos en brazos, prestarles atención, intentar consolarles. Hacerles caso sin esperar a que lloren. Algunos bebés siguen llorando a pesar de todo. Si el médico no ve ninguna enfermedad, consuélese pensando que se le pasará a los tres meses.

¿Necesitan un horario?

Tengo un amigo con dos carreras, pero vive con sus padres porque no encuentra trabajo. Le ofrecen puestos magníficos, más de 5.000 euros al mes, pero siempre son de ocho a tres. “Imposible, mi hora de comer son las dos de la tarde, no puedo trabajar de ocho a tres”, dice. Es mentira, por supuesto. Nadie renuncia a un buen sueldo por mantener la hora de la comida. Los adultos no tenemos un horario fijo; podemos madrugar, trasnochar, adaptarnos a distintos turnos de trabajo, incluso trabajar de noche.

Si fuera necesario enseñar horarios a los bebés, “porque si no lo haces ahora, luego no podrás”, deberíamos enseñarles precisamente el horario flexible, el que tenemos todos, el que nos permite funcionar en sociedad. Por suerte, no necesita enseñarle. Los bebés, como los adultos, no tienen horario fijo. Son flexibles por naturaleza.

Mire más a su hijo y menos al reloj, y estarán todos más tranquilos.


Leche, no agua

Los bebés solo necesitan leche. Cualquier otro líquido les quitará el hambre.

Normalmente (si no tienen una diarrea importante o fiebre, o si no hemos cometido la imprudencia de dejarlos al sol o junto al radiador), los bebés con lactancia materna exclusiva y a demanda no necesitan beber agua. Y los que toman lactancia artificial a demanda, tampoco, si el biberón está bien preparado (sin apretar ni colmar las medidas).

No es cierto que con el biberón necesiten agua porque “está más concentrado”. Si las instrucciones son “una medida de polvo por cada 30 ml de agua”, es porque esa es la cantidad de agua que precisa.

El problema es que tienen el estómago muy pequeño. Si toman agua, puede que no les quepa la leche que necesitan. Y por eso tampoco han de tomar manzanilla, ni anises, ni zumos, ni hierbas “para bebés”, ni ninguna otra cosa. O teta, o leche adaptada.