¿Hasta cuando hará la siesta mi bebé?

SUEÑO INFANTIL

¿Hasta cuando hará la siesta mi bebé?

La mayoría la abandona hacia los tres años, aunque los más dormilones la necesitan unos meses más. En estos casos, habrá que vigilar su duración para que no afecte al sueño nocturno.

Rosa Jové

Está demostrado que la siesta es beneficiosa a cualquier edad: nos ayuda a recuperarnos del cansancio acumulado durante la jornada, previene el estrés, ayuda a la memoria a corto plazo y por lo tanto mejora el aprendizaje, el cuerpo se relaja, la circulación sanguínea mejora y se facilita la digestión...

Aunque no hayamos leído ningún estudio científico sobre sus virtudes, la mayoría de madres y padres sabemos por experiencia que, cuando no han podido dormir la siesta, los niños suelen estar más irritables, cansados o incluso de mal humor.

La mayoría de personas entiende por siesta todo sueño diurno, pero cuando se trata de un recién nacido no podemos usar ese término en su sentido literal, ya que un bebé duerme en periodos cortos, tanto de día como de noche, y su sueño diurno, más que en la categoría de siesta, entraría en la de periodo normal de sueño.

Así pues, solo podemos hablar de siestas a partir de los cuatro-seis meses, aproximadamente, que es cuando los niños ya duermen más por la noche y disfrutan de breves periodos de descanso durante el día, es decir, siestas.

Aunque, como siempre, conviene recordar que estamos hablando de referencias, no de etapas de obligado cumplimiento.

Van cogiendo el ritmo

Desde el nacimiento, el sueño diurno de los bebés forma parte de la normalidad. Durante los primeros cuatro meses suelen dormir unas 6-8 horas durante el día y unas 6-8 horas por la noche, es decir, su sueño se reparte a lo largo de las 24 horas, y lo hace en periodos muy variables (entre 10 minutos y 3-4 horas). No siempre es fácil detectar que ha llegado la hora de dormir: observad a vuestro hijo, en poco tiempo sabréis interpretar sus señales.

A medida que se hacen mayores, los bebés duermen algo más por la noche y algo menos durante el día. Así, a los cuatro meses alargan el sueño nocturno y hacen unas cuatro o cinco cabezaditas de día.

Poco a poco llegamos a los seis meses. El niño ya duerme un par o tres de siestas y el resto de horas (unas ocho) son de descanso nocturno.

A los siete meses sería conveniente que solo hiciera un par de siestas, ya que dormir más de día favorece que se duerma menos por la noche. Así que, a no ser que vuestro hijo duerma como un bendito por la noche o que esté muy irritable si no hace sus siestas, mejor que solo haga dos. La primera debería ser unas tres horas después de levantarse por la mañana y de poca duración (entre 30 y 60 minutos). La segunda, después de comer, mejor que no sobrepase las dos horas.

A partir del año, los niños suelen abandonar la siesta de la mañana, y hacia los tres, la de la tarde, aunque algunos la mantienen casi hasta los cinco. De todas formas, su duración es menor, apenas una hora en la mayoría de los casos.

Cuando ya no duerman durante el día, deberían acostarse más temprano por la noche para compensar la pérdida de horas de sueño.

Cuestión de paciencia

Si vuestro hijo acaba de nacer o tiene menos de cuatro o cinco meses, él mismo pedirá dormir. Solo hay que estar atentos a sus señales.

Sin embargo, hay padres que cuentan que su hijo se pone muy nervioso y le cuesta conciliar el sueño. En la mayoría de los casos, el motivo es que lo notamos demasiado tarde, y ya está tan sobrepasado de sueño que es difícil ayudarlo a relajarse.

A veces la dificultad estriba en que el niño está muy a gusto con lo que está haciendo y dejar esa actividad lo disgusta. Intentar cambiarla poco a poco por otra más relajante puede ser útil.

A veces, el hecho de salir de paseo o dormir la siesta con papá o mamá también hace que duerma más y mejor.

Con el tiempo las siestas suelen ser más regulares y predecibles. Hacia los siete meses, el niño está más o menos preparado para hacer una siesta a media mañana, momento que normalmente coincide con algún paseo matinal, si lo cuidan los abuelos, o con una siesta en la guardería. La de después de comer suele ser más fácil.

¿Y si se resiste?

Quizá vuestro hijo es muy reticente a hacer la siesta y todavía tiene dos años. Seguramente, lo habéis intentado todo y ya no sabéis qué hacer. Bien, es importante que sepáis que hay niños que dejan la siesta antes de los tres años ¡y son normales!

Las horas de sueño que el cuerpo necesita varían en función de cada persona y hay niños que abandonan la siesta prematuramente. Por ejemplo, es frecuente que los que tienen altas capacidades pierdan la siesta pronto o que por la noche duerman menos horas que otros niños de su edad.

¿Y no se pierden las ventajas de la siesta? Algunas puede que sí, pero también las perdemos los adultos por no hacerla y no nos agobiamos.

Aun así, la mayoría no se perderán si propiciamos que el niño haga alguna actividad relajante a esa hora: ver un cuento en el sofá, mirar las nubes tumbado en una toalla o dibujar un rato. Este tipo de ocupaciones también facilitan la digestión, rebajan el estrés, facilitan el aprendizaje...

Temores infundados

Hay otro aspecto que preocupa a muchos padres: los datos que se desprenden de los estudios científicos (mal interpretados). En muchos artículos de divulgación se suele explicar que el hecho de no dormir la siesta está relacionado con la hiperactividad, la ansiedad, la depresión y no sé cuantas cosas más. Pero lo que no se suele explicar es que solo se trata de una relación, no una causa-efecto. Es decir, no es que no hacer siesta provoque que los niños sean más hiperactivos, sino que los niños muy activos a veces duermen menos siestas.

Hacer la siesta tiene ventajas, pero no hacerla, por descontado, no provoca patologías.

Consejos para que sea un auténtico placer

La siesta es descanso y renovación, pero conviene tener en cuenta ciertas recomendaciones:

  • Debemos estar atentos a las señales de sueño que muestra el niño. Si las dejamos pasar, estará más irritable.
  • No hay que pedir imposibles. La siesta sirve para descansar: imaginad que un día se ha dormido justo antes de comer, ¿cómo lo hará después si no tiene sueño? Hay que controlar los momentos en que el niño duerme porque van a incidir en el resto de siestas.
  • Forzarlo es una mala idea. La obligación de dormir le pone más nervioso, por lo que así solo empeoramos las cosas. Intentar que no note nuestras intenciones o desviar su atención hacia actividades más relajantes suele funcionar.
  • Si el niño está muy nervioso, intentad relajarlo antes mediante masajes, ejercicios de respiración, juegos calmados, abrazos y mimos.
  • La siesta es beneficiosa para todos. Si podéis, aprovechad y hacedla al mismo tiempo que vuestro hijo. Es muy probable que se duerma más fácilmente por el simple hecho de estar a vuestro lado.

Importa menos el lugar que la duración

  • Los adultos siesteamos en varios sitios: el sofá, la cama, el tren… Los niños también: hacen la siesta en una cuna, en la hamaquita, en casa de la abuela los domingos, etc. Esta variación no debe preocupar; está bien que aprendan a dormir en distintos lugares. Eso beneficia las actividades familiares del fin de semana.
  • Tan importante es propiciar que duerma como despertarlo cuando lo necesita. A partir de los siete meses mejor que no haga siestas largas (más de dos horas) porque dificultan el sueño nocturno. Pero despertadlo con delicadeza y cariño. Nada de brusquedades.

Factores que pueden dificultarla

Si aun así vuestro hijo se muestra reticente a dormir la siesta, plantearos tres cuestiones:

  1. ¿Existe algún hecho que ha incrementado su estrés puntualmente? A algunos niños la siesta les coincide con la llegada a casa de sus padres. ¿Cómo van a dormir con lo que han estado esperando este momento?
  2. ¿Existe algún motivo que ha incrementado su nivel de alerta y estrés general, como un cambio de domicilio, la llegada de un hermano o el inicio de la guardería? Son cosas que ponen nervioso a cualquiera hasta que se adapta.
  3. ¿El horario es adecuado? Es posible que haya quedado desfasado. Los niños crecen, pierden siestas y las van acortando. Que un niño de dos años haga una siesta por la mañana y otra después de comer es un intento abocado al fracaso. O que un niño de cuatro años haga más de una hora de siesta. Puede que alguno lo haga, pero la mayoría no.

Dejarla sin problemas

Es posible que estéis viviendo una época de dudas: parece que vuestro hijo está a punto de perder la siesta (unos días la hace y otros no) y no sabéis si “quitársela” o obligarlo a hacerla.
No lo forcéis. Revisad sus costumbres durante la semana: ver lo que hace la mayoría de días os ayudará a tomar una decisión.
Si solo duerme la siesta dos días, podéis dejar que duerma el día que quiera. Recordad que si la hace puede que por la noche se acueste más tarde. Y si no la hace, quizá necesite irse antes a la cama.

Un hábito... pero de lunes a viernes

También puede suceder que vuestro hijo todavía duerma la siesta la mayor parte de la semana. Eso es muy típico de niños que van a la guardería: allí la hacen, pero los fines de semana en casa no. Si es vuestro caso, podéis dejar que decida el niño; lo importante es que el día que no duerma la siesta intentéis que realice una actividad relajante.

Es muy probable que, si el pequeño necesita la siesta y un día se la salta, por la noche pueda tener terrores nocturnos y se despierte llorando o gritando. De ahí la importancia de contrarrestar esa siesta que deja de hacerse con una actividad relajante o con una tarde tranquila.

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