Lactancia, entrega sin resistencias

NUEVAS EMOCIONES

Lactancia, entrega sin resistencias

Dar el pecho a nuestro hijo no debería ser una meta o un desafío, sino algo mucho más fluido y natural. Dejándonos llevar por los deseos del bebé que descansa en el calor de nuestros brazos, todo será más fácil.

Laura Gutman

Las mujeres suponíamos que los cambios corporales se limitaban al embarazo. Grande es la sorpresa cuando constatamos que las modificaciones continúan durante mucho tiempo después del nacimiento del bebé, y que, además, el cuerpo no nos responde. Como si adquiriese autonomía y funcionara a través de impulsos que no emitimos conscientemente.

Los primeros tres meses, hasta que se instala la lactancia, parece haber un desencuentro entre los pechos, la cantidad de leche que producimos y la cantidad de leche que el bebé recién nacido logra succionar; parece que nuestro cuerpo produce mucha más leche de la necesaria. Nos asombran los chorros de líquido blanco que mojan las sábanas sin que podamos hacer nada al respecto.

Nuestro cuerpo se ha vuelto loco, no lo podemos domar.

También sucede algo que no nos hubiéramos imaginado: los bebés suelen requerir más leche por las noches que durante el día. Entonces se produce un desencuentro intelectual más que corporal, porque, erróneamente, las madres pretendemos que las cosas sean como las habíamos pensado, y no como en realidad son.

Pretendemos dormir por las noches, momento en que el niño esperaba mamar con mayor frecuencia. Aparece el desconcierto. Luego el enfado. Luego las consultas médicas.

Admitamos que la vida sería más fácil si nos entregáramos a dormir durante el día para recuperarnos del cansancio y estar dispuestas a atravesar las noches lo mejor posible. No muy bien. Al menos no durmiendo de un tirón; eso seguro que no sucederá.

A decir verdad, el mejor sistema para atravesar el primer tiempo de lactancia es fundiéndonos con los horarios interminables, permanentes, ininterrumpidos de los bebés.

Esto significa que un bebé no debería estar en ningún otro lugar que no sean los brazos de su madre, suficientemente cerca de los pechos maternos para poder acceder a ellos cuando lo necesite, sin importar la hora, la luz o la oscuridad que reine en el mundo.

Sin importar si pasaron seis horas o diez minutos desde la última tetada.

Sin pensar. Sin decidir. Sin opinar. La vida habrá cambiado tanto que nuestras transformaciones corporales serán apenas una pincelada de color ante tanto movimiento.

La pretendida normalidad

Alimentar al bebé ocupa toda nuestra atención. Como el bebé necesita ser alimentado muy a menudo, las madres constatamos que nos resulta imposible regresar a la “normalidad”, entendiendo como normal cualquier cosa parecida a la vida que teníamos antes del nacimiento del niño.

Pero lo “normal” con un bebé en brazos es que nada sea como era antes. Si la vida sigue igual, o bien estamos viviendo otra realidad –negando lo que nos pasa–, o bien el bebé está solo y tardará poco tiempo en enfermar.

Insisto en que si escuchamos a una madre reciente jactarse de que su vida no ha cambiado en absoluto, podemos estar seguras de que ese bebé está sufriendo, ya que –por algún motivo– esa madre no está en condiciones emocionales de responder a sus requerimientos; “no escucha”, no se entera, no responde a las llamadas de su hijo, y en consecuencia, puede tener la fantasía de que su vida es la de antes. No es necesario que tratemos de parecernos a esa madre.

Si nuestra vida ha dado un vuelco, posiblemente es porque nuestro bebé está siendo bien nutrido, no solo de leche materna, sino también de brazos y de calor.

Horas que parecen eternas

Por algún motivo misterioso, a las madres no se nos anticipa que la lactancia es una actividad permanente. Con la falsa creencia de que los niños comen cada tres horas y luego duermen, hemos arribado a la maternidad con total ingenuidad.

La imposición de dejar pasar tres horas entre “comidas” es producto de la introducción de leche de vaca maternizada a partir de 1950, cuando, efectivamente, era necesario regular las tomas porque la leche de vaca no es apta para la ingesta del bebé humano.

Pero esas precauciones no son aplicables a la lactancia materna, donde la espera del bebé cuando reclama el pecho se torna dolorosa y ridícula.

Toda madre cuyo bebé se pasa toda la noche mamando cree que su hijo “no es normal”. Sin embargo, eso es lo esperable. Un bebé que succiona toda la noche es una criatura que crece ufana y feliz. Habitualmente luchamos toda la noche contra el bebé porque creemos que está muy mal que reclame el pecho todo el tiempo.

Sin embargo, eso significa que está activo, conectado, entusiasta, vital, enérgico y saludable. Lo mejor que nos puede pasar a las madres es tener un bebé que sea suficientemente activo y deseoso.

Nuestra función es relajarnos y permitir que el niño vaya encontrando su propio ritmo, ya que, con su sabiduría innata, sabrá acomodarse y regular sus ingestas a medida que vaya creciendo. También nos compete guardar nuestros relojes en la mesilla de noche y aceptar la invitación de volar con los ángeles.

Facilitar el acceso al pecho

Casi no hay diferencias entre dar de mamar y tener a nuestro hijo en brazos. Para que el bebé pueda succionar y alimentarse es imprescindible que esté cerca de los pechos. Eso lo puede lograr solo si está en brazos. El bebé que mama extasiado y satisfecho luego no quiere ser dejado de lado, evidentemente. Podemos concluir que dar de mamar y tener al niño en brazos son actitudes que engloban una misma manera de estar con los bebés.

Pretender sostener una buena lactancia sin tener a los niños en brazos es un despropósito. La lactancia dependerá del tiempo que el niño permanezca en brazos de su madre. En caso de que el bebé pase mucho tiempo en la cuna o en el cochecito, las consecuencias se manifestarán en forma de ingurgitación, dolor en los pechos, quizás una mastitis o, más comúnmente, la disminución paulatina de la producción de leche. El tiempo de brazos para un bebé nunca es demasiado. Si nos duele la espalda, usemos fulares, bandoleras o el tipo de portabebés que nos resulte más cómodo para aligerar el peso, pero no los dejemos solos.

Llamativamente, quienes más envidiamos a las madres que amamantan somos las demás mujeres. Generalmente somos aquellas que, por los motivos que sea, no hemos logrado acceder a esta experiencia con placer y ternura, y sin comprender por qué, nos sentimos agredidas ante la escena de un bebé mamando extasiado en su propio paraíso. Ser conscientes de que la lactancia materna produce reacciones insospechadas en otras personas, puede servirnos para no exponernos innecesariamente a las agresiones ajenas. Algo así como no comer frente a quien tiene hambre.

Las mujeres jóvenes que hoy en día estamos criando niños somos hijas de mujeres que en su mayoría no han recibido apoyo para la lactancia. Entre los años 50 y 70, la publicidad para que los bebés consumieran leche de vaca maternizada desde el primer día fue enorme, sostenida principalmente por los médicos de aquella época. Por eso, no podemos pretender que nuestras propias madres nos faciliten el aprendizaje de la lactancia. Tendremos que recurrir a asociaciones o grupos de madres que apoyan a otras madres a partir de sus propias experiencias, sabiendo que culturalmente aún hay vestigios de prejuicios o incomprensión respecto al acto de dar de mamar. Por eso, si no estamos en un ámbito adecuado, resguardémonos. La lactancia deberá convertirse en un asunto privado. Merecemos ofrecernos momentos de intimidad para asegurar a nuestro bebé una calidad de resguardo emocional mínimo.

Abandonar batallas inútiles

La lactancia puede convertirse en una lucha desmedida si las madres pretendemos “hacer lo correcto”, “seguir las instrucciones”, “no malacostumbrarlo”, “imponer horarios”, “pretender que se duerma solo en su cuna” y tantas otras barbaridades típicas de la sociedad occidental y patriarcal. Porque esta guerra termina así: si ganamos la batalla, el bebé va a enfermar. Es decir, de todas maneras, es una batalla perdida de antemano. Creer que la lactancia materna es una lucha, una meta a alcanzar o un desafío...es el motivo por el cual fracasamos en un acto que es completamente natural y en el cual nuestro hijo está dispuesto a ayudar.

Es hora de abandonar la lucha, porque no hay nada más fácil y satisfactorio que dar de mamar, siempre y cuando no nos interese absolutamente nada más en este mundo, ni tengamos que resolver muchas otras cuestiones externas al vínculo con nuestro bebé.


¿Quién decide dónde está el límite?

Suponiendo que la lactancia finalmente se ha instaurado, que el bebé es saludable y feliz, que aumenta de peso de forma adecuada, que la madre se siente bien y orgullosa, que el bebé sonríe, se comunica, empieza a percibir un mundo de sensaciones y experiencias en presencia de otras personas; en fin, suponiendo que el bebé crece dentro de parámetros normales y que los controles pediátricos dan excelentes resultados... ¿Cuál es el sentido de imponer la introducción de alimentos sólidos o de iniciar el destete?

No hay razones para tener prisa. ¿Por qué nos entrometemos cuando las cosas funcionan bien? ¿Por qué un bebé debería tener algún motivo para dejar el pecho? ¿Qué tiene que ver la edad? ¿Qué es ser muy “mayor” para seguir tomando la teta? ¿A quién le importa? ¿Por qué no dejamos en paz tanto a los bebés como a sus madres?


El rol del padre en los primeros meses

Si el padre de la criatura es emocionalmente muy infantil, va a vivir el tiempo que su mujer dedique a amamantar a su hijo como un lugar de pérdida dentro de la pareja. Porque, efectivamente, la lactancia sucede entre solo dos personas: la madre y el bebé. Los demás quedan fuera de la escena.

Por eso, la actitud del varón no es ni “normal” ni “anormal”. Simplemente responde a una personalidad o un rol dentro de la pareja, que venía “jugando” desde antes del nacimiento del niño. Un varón emocionalmente más maduro sabrá que no queda totalmente apartado, y que la forma de pertenecer a la tríada es apoyando, sosteniendo, amparando y cobijando las necesidades de la madre y el hijo en común.

Las mujeres no podemos mantener la lactancia sin el apoyo de varias personas a nuestro alrededor que la permitan, la avalen, la defiendan y la protejan.