Le duelen los oídos

FICHA SALUD

Le duelen los oídos

El dolor de oídos es uno de los más agudos y, por desgracia, no siempre resulta fácil de detectar en un bebé. La prioridad es aliviarlo.

Luis Ruiz

Todos hemos experimentado dolor alguna vez en nuestra vida. Sabemos la aflicción que causa, la inquietud y la incapacidad para actuar con normalidad que tenemos en esas circunstancias. Porque en el dolor hay dos aspectos que se vehiculizan a través del sistema nervioso por diferentes vías y con multitud de neurotransmisores: la lesión en los tejidos que produce una experiencia sensorial y la experiencia emocional subjetiva.

Cuando el oído es el afectado, la palabra aflicción adquiere su pleno significado: es uno de los dolores más difíciles de soportar. Los padres hemos pasado por ello, y cuando sospechamos que nuestro hijo puede tener dolor de oído, la angustia y la pesadumbre se potencian porque, en muchas ocasiones, no sabemos qué hacer para calmarlo.

La otalgia (dolor de oídos) es una causa de consulta frecuente. Conocer algunos aspectos del dolor nos permitirá entender el proceso y poder aplicar medidas para que los niños puedan sobrellevarlo.

Localizarlo con su ayuda

Dependiendo de la edad que tengan, nuestros hijos nos ayudarán a manejar la situación, o al menos, a detectarla. Cuando son mayores y saben diferenciar el lugar que les molesta, ellos mismos nos dirigen con su mano hacia la oreja y nos dicen: “Me duele”, o si son más pequeños, “pupa” o la palabra habitual que usen para designar el dolor.

Si aún son lactantes o todavía no hablan, los niños expresan el dolor llorando intensamente o mostrándose muy inquietos, sin apenas momentos de relajación. Parece que nada los pueda tranquilizar.

Localizar bien el dolor es importante. De hecho, es un saber popular que se ha perdido: las abuelas de antes sabían que, al presionar una parte concreta del oído, el dolor se intensificaba. No entraremos en las medidas de analgesia que se aplicaban: en aquel momento, no teniendo otras, podríamos decir que eran lo mejor.

Esta maniobra de realizar presiones alrededor de la oreja es lo que los médicos llamamos “signo del trago”. El trago es un cartílago situado en la parte anterior de la estructura de la oreja, tiene forma de media luna y está situado en la parte media, sin contacto con el resto del pabellón auricular. Permanece unido al cartílago que conforma el tubo del conducto auditivo externo, cuya porción más interna tiene continuidad con el tímpano.

Si alguna parte interna está inflamada y, al ser presionada, se mueve el cartílago, duele. En el caso de los lactantes, que aún no tienen formados del todo los huesos que sustentan el oído medio, si movilizamos la oreja, movemos el tímpano, ya que el cartílago que forma parte del conducto auditivo externo transmite esta presión. Al practicárseles esta maniobra, los bebés expresan el dolor con un llanto agudo, girando bruscamente la cabeza en sentido opuesto. Cuando la inflamación está en el propio conducto, también duele. La presión sobre el trago no duele si no existe una alteración interior.

Medidas inmediatas

Seguramente, las madres cuyos hijos padecen dolor de oído con frecuencia ya tienen claro qué hacer. Como cualquier dolor sin lesión o causa importante, lo primero que debemos hacer es aliviarlo.

Los analgésicos orales más utilizados son el paracetamol y el ibuprofeno. El primero se da a bebés pequeños; el ibuprofeno lo dejamos para cuando son más grandes. Las dosis son las que habitualmente os recomienda vuestro pediatra.

Los tratamientos locales en forma de gotas son recetados por el médico tras catalogar la situación. A veces, los especialistas en otorrinolaringología y los pediatras recomendamos gotas externas, después de haber constatado que el tímpano está íntegro, y en el caso de que esté perforado, valorando el riesgo-beneficio del tratamiento. No deben administrarse gotas sin prescripción médica, ya que corremos el riesgo de arrastrar hacia el interior de la oreja las sustancias y la suciedad presentes en la salida del conducto auditivo. Esta acción propiciaría una infección en el conducto y una otitis externa. En el caso de tener el tímpano perforado, el cerumen y los contaminantes podrían llegar al delicado oído medio.

Antes de que existieran los medicamentos analgésicos para el tratamiento del dolor, se recurría de forma sistemática a maniobras como la aplicación de calor en la zona afectada (con una toalla, por ejemplo). En algunos grupos culturales, a los lactantes con dolor se les llegaba a aplicar leche de su madre. Durante años también se ha optado por colocar un poco de algodón en la entrada del oído y también se han utilizado gorros para mantener la zona caliente. Estas medidas pueden tener algún efecto positivo pero no ha sido estudiado, por lo que no se pueden recomendar de forma sistemática.

Identificar el motivo

Una vez calmado el dolor, hay que ver cuál es su causa. Aun así, si el niño se ha tranquilizado y no demuestra sentir molestias, no es necesario acudir a un servicio de urgencias. Si vuelve a mamar con placidez, no tiene fiebre ni otros síntomas, desplazarse a un centro sanitario a las tres de la madrugada, con frío y dispuestos a esperar, no tiene mucho sentido. El diagnóstico se puede completar con unas horas de demora.

No obstante, identificar la causa del dolor y, en su caso, aplicar el tratamiento específico es imprescindible. En muchas ocasiones, no existirá patología, pero hay que confirmarlo para evitar al niño riesgos innecesarios. El dolor de oídos es un síntoma y, como tal, hay que descartar patologías importantes.

Demasiado cerumen

El dolor de oídos puede deberse a una obstrucción, que, sin ser agudo, puede llegar a ser fuerte e importante. Por lo general, después de tener la sensación de que el oído está taponado, se empieza a notar una disminución de la audición y una molestia que no cesa.

Existen dos tipos de obstrucción, y aunque dan síntomas parecidos, su origen es distinto.

  • Obstrucción externa por un tapón de cerumen. Implica un malestar periódico, ya que se repite a menudo, y se debe a la acumulación de la cera que, de forma fisiológica, se produce en el oído. La limpieza con bastoncillos empeora la situación, al empujar el cerumen hacia el interior del oído, además del riesgo que supone introducirlos de tal modo que lesionen la piel y provoquen una otitis externa. En ocasiones, esta cera de color rojizo se elimina de forma natural, coincididiendo con aumentos de temperatura del organismo. La molestia desaparece y se recupera la buena audición.
  • Obstrucción interna. Los resfriados frecuentes y la mucosidad pueden producir una obstrucción de la salida interna del oído medio hacia la parte posterior de la nariz. En estos casos también aparece un malestar que puede convertirse en dolor intenso si persiste mucho tiempo. Al no poder entrar aire en el oído medio a través de la trompa de Eustaquio, se produce una sensación de taponamiento, como cuando un avión asciende o aterriza, o circulamos en coche por un puerto de montaña. Si el taponamiento persiste y no entra aire en el oído medio, el tímpano se retrae, llegando incluso a inflamarse y provocar un dolor intenso. También en este caso se da una disminución de la audición. Con lavados de nariz o mediante acciones que ayudan a abrir la trompa de Eustaquio –como masticar o mamar– el aire entra en el oído medio, desaparece la sintomatología y se mejora la audición.

La situación más temida

La otitis es un proceso inflamatorio del oído por el que la mayoría de los niños pasa alguna vez en su vida, cuyo síntoma fundamental es el dolor. Según su localización, puede ser externa (por fuera del tímpano) o media (si afecta al oído medio), aunque esta clasificación no influye en el tipo de tratamiento a administrar. En cambio, su abordaje sí es diferente cuando tenemos en cuenta su origen: inflamatorias o bacterianas, o por acúmulo de mocos.

Cuando la otitis se debe a la inflamación del conducto auditivo externo, el tratamiento tópico con un antiinflamatorio local y un antibiótico es suficiente: se trata de una asociación formada por un colirio con corticoides, para bajar la inflamación, y un antibiótico, para curar la infección bacteriana. Si la otitis afecta al tímpano y este está inflamado, el tratamiento externo con gotas también suele ser eficaz.

En el caso de las otitis medias, hay que diferenciar si son infecciosas o no. La sintomatología es similar a la anterior, y en un 30% son de origen infeccioso bacteriano. El resto, la gran mayoría, generalmente está provocado por acúmulo de mucosidad e inflamación.

La actitud médica será diferente según si se trata de una u otra. La otitis bacteriana precisa tratamiento antibiótico, mientras que en los otros casos, con la administración de antiinflamatorios por vía oral, como el ibuprofeno, se consigue resolver la situación. De todos modos, no hay que olvidar que en las otitis medias puede llegar a darse una perforación del tímpano y una secreción del oído. En estos casos, el tratamiento puede ser tanto local como general, siendo el pediatra o el otorrinolaringólogo quien decide el más adecuado.

Los catarros de vías altas, tan habituales en los niños, también pueden acabar causando una otitis, al obstruir la salida de la trompa de Eustaquio y dificultar su aireación.

Sea cual sea el origen, debemos recordar siempre que el dolor de oído de nuestros hijos puede afectar a su descanso, su alimentación y su actividad diaria. Reducirlo o eliminarlo es siempre la prioridad.


¿Se pueden evitar?

No existen métodos infalibles para evitar el dolor de oídos. Cualquier medida debe ir encaminada a sortear las otitis y evitar la acumulación de mucosidad en caso de resfriado.

  • Los baños en la piscina pueden causar otitis externas: conviene dosificar el tiempo, procurar que no buceen mucho y secarlos bien.
  • No hay que retirar la cera que se percibe en el conduto, solo la visible que el mismo oído expulsa por sí mismo.
  • La mejor medida para evitar los resfriados es seguir una alimentación sana y variada y realizar actividades al aire libre.
  • Si el niño tiene mucha mucosidad, se deben mantener bien limpias las vías aéreas altas con lavados nasales sin presión ni aspiración.
  • Antes de darle el pecho o el biberón, conviene eliminar los mocos de la nariz para facilitarle la succión y evitarle dolores de barriga.
  • La aplicación de remedios caseros o tradicionales debería consultarse antes con el pediatra, y usarse con sentido común.

Pueden estar irritables

Con los recién nacidos y los niños de pecho que tienen hermanos mayores se da un caso muy habitual. Al tener más contacto con virus, se resfrían y muestran unos síntomas que no siempre se interpretan bien.

  • Los bebés que toman pecho y están resfriados tienen dificultades para mamar. No pueden respirar bien por la nariz a causa de los mocos y cuando se agarran al pecho necesitan ir abriendo la boca.
  • Por este motivo, tragan mucho aire, así que acaban teniendo también gases, además de la molestia en los oídos causada por la acumulación de mocos y la ventilación poco adecuada.
  • El dolor de oído, los gases y la sensación de hambre, al no estar obteniendo suficiente leche porque no mama correctamente, le crean gran malestar.
  • En estas circunstancias, lo más sencillo es suponer que son niños que tienen muchos cólicos, cuando, en realidad, lo que tienen es una molestia del oído y gases abundantes.

Un buen diagnóstico

El dolor en esta región no siempre se debe a un problema en el oído. También puede confundirse con...

  • Tortícolis del esternocleidomastoideo: Este músculo se inserta en la región mastoidea y sube desde la clavícula. Puede notarse contracturado.
  • Adenopatía laterocervical: Se palpa fácilmente; es una masa redondeada que puede causar un dolor similar. Mastoiditis: Suele deberse a una otitis previa o al mismo tiempo. La importancia de ese cuadro hace que no debamos banalizarlo como un simple dolor de oído.
  • Parotiditis: Es la inflamación de la glándula salivar parótida por algún virus o por obstrucción del conducto. El aumento de una masa en la región impide tocar la mandíbula.
  • Dolor dental: La salida de un molar o la caries de un diente posterior produce un dolor que el niño no sabe identificar.

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