Para tu hijo mejor sin sal

NIÑOS MÁS SANOS

Para mi hijo mejor sin sal

Todos nosotros, y también nuestros hijos, tomamos una cantidad de sal muy superior a la considerada saludable. Escogerla yodada y reducir su consumo es fundamental.

Julio Basulto

Decenas de refranes, esos dichos que supuestamente reflejan la sabiduría popular, exaltan las maravillas de la sal como algo que no debe faltar jamás en nuestras preparaciones culinarias. Por ejemplo: “Sin sal, todo sabe mal”, una frase totalmente falsa, por cierto. Con razón alguien se inventó aquello de “Gente refranera, gente embustera”. En cualquier caso, esta especia está tan arraigada en nuestra cultura que hasta nuestro “salario” proviene de ella. Salarium, en latín, significa pago mediante sal. En el Imperio romano se hacían pagos a los soldados con sal, dado el valor que tenía este condimento.

Demasiado nunca es bueno

Con el tiempo, los científicos descubrieron que el sodio (la sal es en realidad cloruro de sodio) es esencial para los seres vivos. Es un nutriente necesario para que las células se mantengan estables, controla el volumen de los compartimentos de agua de nuestro cuerpo y mantiene la presión sanguínea. Pero también descubrieron que para cubrir estas funciones sólo hace falta una pequeña cantidad de sodio, que se cubre siempre con la dieta.

Hoy sabemos que la importancia de la sal radica precisamente en moderar su consumo.

Los estudios en población adulta concluyen que disminuir la ingesta de esta especia en tan sólo 3 gramos al día ejercería el mismo beneficio que eliminar el tabaquismo, y evitaría, sólo en Estados Unidos, unas 92.000 muertes al año.

En España, el 80% de la población toma unos 10 gramos de sal al día, justo el doble de la cantidad recomendada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Atención a los primeros años

Pero ¿y nuestros bebés y niños? ¿Toman también demasiada sal? O, por el contrario, ¿toman poca y tenemos que estar atentos para evitar carencias? Para responder esta pregunta tenemos que saber primero cuáles son las recomendaciones de ingesta de sodio por edades. Éstas son:

  • de 0 a 6 meses, 0,13 g/día (equivaldrían a medio gramo de sal)
  • de 7 a 12 meses, 0,37 g/día (1 gramo de sal)
  • de 1 a 3 años, 1 g/día (3 gramos de sal)
  • de 4 a 8 años, 1,2 g/día (3,5 gramos de sal)

Las etiquetas de los alimentos a veces indican la sal que incluyen y otras el sodio. Como 1 gramo de sal contiene 0’35 g de sodio es muy sencillo hacer el cálculo utilizando una simple regla de tres.

Al comparar estas cifras de referencia con la cantidad que realmente toman, vemos que:

  • los niños que tienen entre 4 y 5 meses superan en un 66% las recomendaciones
  • los que tienen entre 6 y 11 meses las superan en un 33%
  • los que tienen entre 1 y 2 años las superan en un 65%

O sea, cuando nuestros niños empiezan a tomar alimentos, ingieren, como nosotros, demasiada sal. Por cierto, entre los 4 y 5 meses lo aconsejable es que los bebés estén tomando todavía sólo leche.

Enganchados a su sabor

Los bebés sienten una predilección innata por los alimentos salados a causa de una adaptación a ambientes pobres en sal (así ha sido hasta hace pocos decenios). Pero hoy existe una gran cantidad de alimentos salados. Así, si dejamos que sigan el dictamen de su paladar, nuestros hijos tomarán demasiada sal.

Y hacerlo podría dañar sus riñones y aumentar el riesgo de padecer hipertensión en la edad adulta.

A partir del año y yodada

Recordemos que no conviene poner sal a los alimentos de los menores de 12 meses.

A partir del año podemos hacerlo, pero con moderación: una pizca al día es suficiente.

Eso sí, es básico que sea yodada, para que tenga una cantidad controlada y segura de este mineral. La sal marina contiene muy poco yodo y lo mismo ocurre con otras, como la sal Maldon, la ahumada o la de especias. Este mineral es deficitario en España.

La OMS señala que la falta de yodo en la dieta es la principal causa prevenible de lesión cerebral del lactante, así como de retraso del desarrollo psicomotor.

Una relación clara con el aumento de la obesidad

  • El Parlamento Europeo aprobó en septiembre de 2008 un informe que mostraba el rechazo a que se pudieran vender productos con un alto contenido en grasas, sal y azúcar en las escuelas. El informe, recientemente adoptado por el Pleno del Consejo Interterritorial de nuestro Sistema Nacional de Salud, recuerda que más de 5 millones de niños en el conjunto de la Unión Europea son obesos y alrededor de 22 millones tienen sobrepeso.
  • Sabemos que las grasas y el azúcar se asocian al exceso de peso. Pero ¿la sal engorda? No tiene calorías, así que, teóricamente, no debería engordar. Pero puede que sí lo haga. La sal aumenta la palatabilidad de los alimentos y los hace más apetitosos. Así que podría inducirnos a comer por encima de nuestro apetito y promover, por lo tanto, el exceso de peso.
  • La experiencia previa con un nivel de sal determinado puede conducir, además, a una preferencia por este nivel en los alimentos. La sociedad científica de referencia en pediatría en Europa (ESPGHAN) llama a esta situación “adicción por la sal”. Por ello, es importante que la alimentación complementaria a partir de los siete meses tengan un nivel de sodio muy bajo.5
  • Pero hay algo más. Unos investigadores del Reino Unido argumentaron en el número de marzo de 2008 de la revista especializada Hypertension que reducir la cantidad de sal en las dietas de los niños podría evitar la obesidad, ya que así tomarían menos refrescos. Por lo visto, a mayor consumo de sal por parte de los niños, mayor es su tendencia a consumir los omnipresentes refrescos (porque calman su sed con ellos en lugar de beber agua).
  • Los autores del estudio sostenían que si la ingesta de sal en niños del Reino Unido se redujese a la mitad (lo que equivale a quitar de media 3 gramos diarios), dichos niños tomarían cada día, teóricamente, una media de dos o tres bebidas azucaradas menos a la semana.
  • Y los refrescos, tal y como ha confirmado un reciente estudio de lo más serio, engordan. Una botella de refresco de naranja (de esas que suelen pedir los niños cuando se sientan con nosotros en un bar mientras los adultos tapeamos) contiene nada menos que 15 terrones de azúcar. Es para pensárselo dos veces, ¿no crees?
  • El Departamento de Salud de Nueva York ha lanzado una campaña anti refrescos azucarados llamada Are you pouring on the pounds? cuyo vídeo puede verse en Youtube. La lata de refresco que toma el joven del anuncio contiene en su interior una sustancia parecida a la grasa intrabdominal que se extrae en las liposucciones. Mientras el joven saborea alegremente su refresco, una sustancia amarillenta se le va derramando por la comisura de los labios. El anuncio acaba con esta frase: “Beber una lata de refresco azucarado al día puede hacerte 4,5 kg más gordo al cabo de un año”.

La clave, elegir lo que le ofrecemos

  • La sal que toman nuestros hijos no sólo proviene del salero. Viene sobre todo oculta en alimentos como el pan, los embutidos, los quesos o los platos preparados.
  • El 72% de la sal que tomamos los adultos proviene de esos cuatro alimentos, y sólo el 20% corresponde a la que añadimos voluntariamente.
  • Dos galletas tipo María, por ejemplo, aportan una cuarta parte de las recomendaciones de ingesta de sodio de un bebé de 6 meses. Si le sumamos una loncha de jamón cocido (30 gramos), este bebé habrá tomado más del doble de las recomendaciones diarias de ingesta de sal.
  • Algo parecido sucede con las patatas chips. Una bolsa de 50 gramos aporta más de la mitad de la sal que un niño de tres años debería tomar, como máximo, en todo el día.

Su inclusión en alimentos habituales

(Sal por cada 100 g de alimento):

  • Aceitunas 6,4 g
  • Ketchup 3,2 g
  • Jamón serrano 3,2 g
  • Galletas saladas 3,1 g
  • Chorizo 3,0 g
  • Queso en lonchas 2,8 g
  • Jamón cocido 2,8 g
  • Arroz inflado chocolateado 2,5 g
  • Patatas fritas de bolsa 2,3 g
  • Salchichas tipo Frankfurt 2,2 g
  • Foie-gras de hígado cerdo 2,1 g
  • Carne picada1,7 g
  • Galletas tipo digestive 1,7 g
  • Pizza precocinada 1,6 g
  • Pan de molde 1,6 g
  • Pan 1,5 g
  • Bollo con crema de cacao 1,4 g
  • Galletas María 1,2 g
  • Cruasán 1,1 g
  • Mújol (pardete) 0,2 g
  • Yogur entero natural 0,2 g
  • Merluza 0,2 g
  • Pollo 0,2 g
  • Ternera0,2 g
  • Arroz 0 g
  • Espaguetis 0 g
  • Guisantes desgranados 0 g
  • Judías verdes 0 g
  • Lechuga 0 g
  • Naranja 0 g
  • Pan sin sal 0 g
  • Patata 0 g
  • Sémola de trigo0 g