Medicamentos en los niños

SALUD INFANTIL

Necesitamos hacer un mejor uso de los medicamentos en los niños

En su justa dosis y cuando sea indispensable. Sólo así seguirán siendo una herramienta útil para mantener la salud de nuestros hijos.

Luis Ruiz

Cuando tenemos que tratar con medicamentos las enfermedades que padecen los niños, nos encontramos con una situación un tanto especial: los niños son “huérfanos terapéuticos”. ¿Qué significa eso? Algo tan sencillo como que, comparando su situación con la de los adultos, disponemos de un número considerablemente menor de medicamentos que se les puedan dar con seguridad.

Los niños han sido considerados desde siempre “mayores en miniatura”, por lo que en las acciones de salud se les aplicaban los mismos criterios que a los adultos: el mismo fármaco pero en menor cantidad, con menor o mayor duración... y siempre bajo criterios no científicamente demostrados.

Esto nos lleva, aún hoy, a tener que usar los medicamentos en los niños con sumo cuidado. La mayoría de fármacos no han sido probados en los más pequeños, ni se ha controlado suficientemente su comportamiento en la infancia, por lo que se desconoce si pueden ser beneficiosos o perjudiciales. Así, y por desgracia, muchas enfermedades que ya se tratan en adultos siguen sin un tratamiento pediátrico equiparable.

Sin embargo, una vez que un medicamento está disponible en el mercado para los adultos, es posible utilizarlo en niños.

De este modo, desafortunadamente, el uso de medicamentos sin aprobación y fuera de las indicaciones autorizadas en niños ha sido una práctica común durante décadas. Este comportamiento no ofrece a los niños la misma calidad, seguridad y eficacia de los tratamientos que a los adultos. Y, por supuesto, no es coherente con la Convención sobre Derechos del Niño.

En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS), intentando controlar ese uso indiscriminado de fármacos, ha elaborado una lista de medicamentos esenciales en la infancia, con dosis adecuadas e indicaciones científicamente demostradas para su uso en los niños.

PRIMERAS DIFICULTADES

La realidad es que desde el momento en que nacemos iniciamos una relación, más o menos intensa, con los medicamentos: al recién nacido se le administra vitamina K de forma oral o inyectada, se le desinfecta el cordón umbilical... Durante el resto de la primera infancia el niño irá adquiriendo y madurando su inmunidad.

Es durante este período cuando más procesos infecciosos va a padecer, con lo que la visita al centro sanitario y al pediatra serán muy frecuentes, y la toma de fármacos, probablemente también.

A medida que los padres nos vamos acostumbrando a los procesos infecciosos que pasan nuestros hijos, y vamos ganando confianza en nuestra capacidad de afrontarlos, tendemos a cometer un error común: iniciamos el tratamiento del mismo modo que nosotros nos automedicamos.

Y tratar a un niño sin indicación médica es hacerle correr un riesgo innecesario.

Los sanitarios no recetamos un medicamento sin plantearnos antes algunas preguntas:

  1. ¿Es realmente necesario?
  2. ¿Es el menos “peligroso”?
  3. ¿Se conocen bien sus efectos y su mecanismo de acción en los niños?
  4. ¿Hay alguna situación que pueda hacer más vulnerable al niño frente a ese fármaco?

De este modo valoramos si conviene dar una medicación, o si con realizar un seguimiento continuado del niño es más que suficiente.

Es lo que puede ocurrir con algunas otitis: una de cada tres infecciones de los oídos es de origen bacteriano –es decir, puede necesitar un tratamiento con antibiótico–, pero el pediatra, como no puede ir controlando al niño, prescribe esta medicación en casi todos los casos. Realmente, con una mayor observación y un contacto casi permanente con el médico, el antibiótico podría evitarse en dos de cada tres ocasiones.

CON MANO IZQUIERDA

No todos los medicamentos son fáciles de administrar. Una cosa es aplicar una pomada para una infección superficial de la piel que ni siquiera necesita estar tapada, y otra muy distinta poner unas gotas en los ojos. Cada maniobra requiere una táctica distinta.

Para dejar caer unas gotas en los ojos de un bebé en general hacen falta dos personas: mientras un adulto pasa un brazo por encima del cuerpo del niño, apoyando el codo, y sujeta su cabeza con las dos manos –con firmeza pero sin pasarse para que el niño no se sienta prisionero–, el otro sujeta el colirio con una mano y mantiene los párpados abiertos del niño con los dedos índice y pulgar de la otra. La operación es muy similar si se han de administrar gotas por vía nasal o en los oídos, aunque en esos casos es más fácil que el niño colabore si, por ejemplo, le damos teta.

Cuando es necesaria la cooperación del niño para que trague el medicamento o abra la boca para aplicarle un tratamiento tópico en las encías también podemos encontrarnos con dificultades. Algunos niños no abren la boca o la cierran con fuerza, otros lloran –con el consiguiente riesgo de atragantarse–, incluso los hay que escupen una parte. Con paciencia, cada familia encontrará el truco adecuado. Suele funcionar: hacer que chupe el dedo del adulto mientras se le apoya la jeringa en los labios, dejarle que juegue o mordisquee un trozo de pan o fruta –si eso es compatible con la medicación–, ofrecerle su taza de asas con agua...

Los medicamentos que se administran mediante inyecciones son un caso especial. Aunque cada vez son menos, aún hay que usarlos en muchas enfermedades, sobre todo en aquellas que requieren un tratamiento continuado, como ocurre con los niños diabéticos. En general, los pinchazos generan una reacción adversa de los niños. También pueden aparecer molestias por la acción local del medicamento en el músculo, bajo la piel o en la vena.

Por último, el uso de los supositorios plantea algunos problemas. Además de estimular la defecación, extremo que en el caso de enfermedades diarreicas no sería conveniente, su efectividad no siempre es total: la presencia de heces en la zona puede limitar su absorción.

CONFLICTOS Y ERRORES

Es muy importante que los pediatras aclaremos la vía de administración del medicamento a los padres y lo dejemos anotado en la receta para evitar confusiones. No sólo es una cuestión de eficacia; un error en la vía de administración puede provocar complicaciones.

La dosificación también suele generar conflictos. La ingestión de fármacos no deseables o las dosis excesivas son, quizás, el accidente infantil más fácil de evitar.

En ese sentido, es importantísimo leer atentamente el prospecto –los pediatras también nos equivocamos–, sobre todo cuando se trata de una medicación a la que los padres no estáis habituados o es la primera vez que la utilizáis.

Las dosis de medicamentos en pediatría varían mucho y pueden ser proporcionalmente más grandes que las de los adultos. En general, casi todos los fármacos para niños vienen dosificados por peso corporal y no por edad, y ésta es una de las razones por las que a los pediatras nos interesa saber su peso. Lamentablemente, esta información acaba teniendo un efecto poco saludable: confunde a los padres y les puede provocar estrés.

RECOMENDACIONES BÁSICAS

La toma de un fármaco no es una acción banal: no se puede acudir a él “por si acaso”. Actuar con sentido común y consultar a quienes realmente conocen el tema es lo mejor que podemos hacer.

  • Si la automedicación en adultos es una mala costumbre, es niños todavía es peor. No hay que darles un fármaco sin prescripción médica.
  • En cada toma se tiene que comprobar que se le da la dosis justa. Un error puede tener graves consecuencias.
  • Es vital seguir los horarios marcados. Dosis más proximas o alejadas varían los niveles del medicamento en sangre en exceso o defecto.
  • Observar las reacciones de nuestro hijo después de la toma de un medicamento nos permitirá apreciar posibles efectos secundarios.
  • No siempre es recomendable dar el medicamento con alimentos. Conviene consultarlo primero con el pediatra o la enfermera de pediatría.
  • Añadir la medicina al biberón es una mala idea. Sobre todo porque si no se lo termina todo no sabemos qué cantidad ha tomado realmente.

EL BOTIQUÍN ESENCIAL

Tan importante como su contenido es situarlo en un lugar inaccesible para los niños. Los componentes básicos son:

  • termómetro
  • antiséptico para curar heridas (povidona yodada, agua oxigenada, clorhexidina)
  • gasas
  • esparadrapo y tiritas
  • analgésicos-antipiréticos, es decir, medicamentos para tratar el dolor y la fiebre (paracetamol o ibuprofeno)

Conviene guardarlo siempre en el mismo sitio, fuera del alcance de los niños, conservando el prospecto y las indicaciones del laboratorio.

Es importante revisarlo de forma periódica para comprobar la fecha de caducidad de los medicamentos y reponer lo que hayamos utilizado.

Una vez finalizado el tratamiento, las medicinas que nos hayan “sobrado” (antibióticos, anticatarrales...), deben tirarse a un contendor de reciclaje especial para las medicinas.

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