No necesitan comer triturado

BEBÉS SANOS

¿Necesitan comer triturado?

En realidad, no. Sentados en la mesa familiar, los bebés se sienten atraídos por los alimentos y descubren que saborearlos es todo un placer.

Carlos González

Hace un siglo, los bebés solían tomar exclusivamente leche materna hasta el año, y solo entonces comenzaba la alimentación complementaria. Todos tomaban leche materna, o de su propia madre o de una nodriza.

Entonces, con la Gran Guerra, la situación cambió. Los varones se fueron al frente y muchos no volvieron. Alguien se tenía que quedar en las fábricas, ¡sobre todo en las de municiones! Cuando acabó la guerra, las mujeres encontraron que sus nuevos empleos, con un horario de menos de 10 horas al día, domingos y festivos libres y alguna semana de vacaciones, eran mucho mejores que el de nodriza. Porque una nodriza trabajaba 24 horas al día, 365 días al año. Todavía hoy, en inglés, la habitación de los niños se suele llamar nursery, de nurse, nodriza (sí, nurse, del francés nourrice, era la nodriza. Como también le cargaban el cuidado de los enfermos, en inglés actual nurse significa enfermera. Pero la nursery donde están los bebés recién nacidos no es “el cuarto de la enfermera”, sino “el cuarto de la nodriza”. Y es que, hasta el siglo XX, los bebés nunca habían dormido solos en una habitación: o dormían con la madre, o dormían con la nodriza).

CONVENCIONES PERJUDICIALES

El caso es que, a falta de nodrizas, y en una sociedad en que dar el pecho se consideraba “de pobres” (seguro que a muchas de nuestras lectoras les han dicho aquello de “pareces una gitana, todo el día con la teta fuera”. Y si se atreven a decir eso en pleno siglo XXI, imagine hace 90 años), las madres de clase media y alta empezaron a dar el biberón. Usaban una mezcla casera (“fórmula”) de leche hervida, agua y azúcar. Los bebés cogían el escorbuto por falta de vitamina C (destruida al hervir la leche), raquitismo por falta de vitamina D (como no había nodriza nadie los llevaba a pasear y no les daba el sol) y anemia por falta de hierro (la leche de vaca sin modificar produce pérdidas de sangre en muchos bebés pequeños, por eso hasta el año deben tomar leche adaptada).

Para evitar esos problemas, los pediatras empezaron a recomendar zumo de naranja y fruta (vitamina C), aceite de hígado de bacalao (vitamina D) y pollo (hierro) desde muy temprana edad. La alimentación complementaria se llegó a introducir antes de que los bebés cumplieran un mes.

Claro, la única forma de dar comida a un bebé tan pequeño es triturarla bien, sujetarlo fuerte (porque no se aguanta sentado solo), meterle la cuchara en la boca e insistir, porque tiene un reflejo, llamado de extrusión, que le hace empujar con la lengua los cuerpos extraños. Las madres expertas recogían con la cuchara la papilla que goteaba de la boquita del bebé, y se la metían dentro una y otra vez.

Comida triturada, pero no tanto como ahora, porque no había batidoras domésticas. Las papillas se preparaban con harina (bechamel), el plátano se aplastaba con el tenedor, la carne era picada, como para hacer albóndigas.

Más tarde surgieron las leches artificiales preparadas industrialmente, a las que los fabricantes pronto añadieron vitamina C, vitamina D, hierro y otros muchos nutrientes (y siguen añadiendo cosas: “plus”, “forte”...). Ya no era necesario dar otros alimentos tan pronto y la cosa se fue retrasando a los tres, cuatro meses... Hoy en día se recomienda empezar la alimentación complementaria a los seis meses (si un bebé pide algo un poco antes, por supuesto se le da. Pero hasta los seis meses no empezamos a ofrecérselo sin que lo pida).

POR PURA COMODIDAD

Esta forma de dar la comida, triturada y a la fuerza, se ha mantenido por costumbre. Se ha mantenido aunque, a los seis meses, el bebé es perfectamente capaz de coger la comida en trozos (pequeños o grandes, según la consistencia), llevársela él mismo a la boca, masticarla (incluso sin dientes, si es blanda) y tragarla. Si es que quiere comer, claro. Porque, si no quiere, jamás hay que obligarle. Por nada del mundo.

La costumbre de dar papillas a la fuerza no solo se ha mantenido, sino que se ha incrementado. Porque antes costaba mucho trabajo aplastar o triturar la comida (¡con el pasapurés de manivela!), y los padres tenían un fuerte estímulo para dejar de hacerlo lo antes posible. Pero hoy en día, con la batidora eléctrica, triturar es tan fácil... Cada vez vemos más niños que lo toman todo triturado hasta los dos o tres años, incluso purés de carne o pescado ¡en biberón!

LIBERARSE DE LAS PAPILLAS

Para dar de comer a su hijo no necesita papillas y purés, y mucho menos calendarios y normas. Es absurdo intentar reglamentar cuántos gramos de cada cosa tienen que comer los bebés a cada hora del día. Si en vez de un bebé sano de siete meses tuviera un hijo diabético de siete años, ningún endocrino le daría un “calendario de alimentación” tan detallado.

Es mucho más sencillo. El bebé se sienta en su trona o en las rodillas de los padres mientras estos comen (más que nada porque, si no lo tienen en su regazo, se pone a llorar y no les deja comer). Observa a sus padres, y un día u otro quiere agarrar algo y se lo lleva a la boca. Lo mismo que agarra y se lleva a la boca juguetes, bolígrafos, papeles o llaves. Al principio no intenta comérselo (tampoco se va a tragar las llaves); simplemente está explorando. Un día empieza a masticar y hasta consigue tragar algún trozo. Poco a poco va aumentando la variedad y la cantidad de lo que come. Usted simplemente le facilita las cosas: pone a su alcance alimentos que puede comer, aparta los que no puede comer todavía, parte o aplasta los que son grandes...

No estoy hablando de que “se coma la papilla que le toca y luego se le deje jugar con la comida”.

Lo que digo es que no necesita ninguna papilla. Simplemente hay que ofrecerle comida normal, la misma que comen los padres: albóndigas, carne picada o cortada en trozos pequeños, arroz con tomate, pan, guisantes, lentejas, garbanzos, fideos, plátano... y más adelante paella, tortilla de patatas, pescado...

El bebé que coge un guisante o un fideo y se lo lleva a la boca está aprendiendo, avanzando hacia el objetivo final, que es comer él solito la comida habitual de su familia. Aprende a coger con los dedos y llevarse alimentos a la boca, aprende a distinguir sabores y texturas, aprende a tomar decisiones (“esto lo quiero, esto no”), aprende a masticar y deglutir, aprende que comer es algo agradable... y, como come poquito, tomará mucha leche, con sus proteínas y sus vitaminas y su calcio, y estará bien alimentado.

PASOS MAL DIRIGIDOS

En cambio, el bebé al que envuelven con una toalla (para que no intente agarrar la cuchara), distraen con los dibujos de la televisión o de los cuentos y enchufan quieras que no un puré de verduras no aprende nada:

  • ni distingue sabores ni texturas (todo está mezclado y triturado)
  • ni mastica
  • ni deglute más que líquidos
  • ni puede decidir (se lo meterán sí o sí)...

Solo aprende que comer es algo desagradable, un verdadero tormento. No ha dado ni un solo paso en la dirección correcta, no se ha llevado todavía a la boca su primer guisante. Y encima, con la barriga llena de papilla aguachenta, no le cabe suficiente leche y está peor alimentado.

Busque “baby-led weaning” en Google y en YouTube. Verá fotos y vídeos de cientos de bebés comiendo libres y felices.


SIN PRESIÓN NI ANGUSTIAS

¿Tiene tres años y solo come triturados? No importa. Puede comer triturados toda su vida, y no pasa nada. Puede triturar los macarrones, la pizza y la paella. Es un minuto. Alimenta lo mismo. Podría comer purés durante treinta años, y no pasaría nada. Y sin embargo, nadie come triturados durante treinta años. Ni durante diez. No sé si su hijo aprobará el bachillerato, pero sí sé que masticará y comerá alimentos sólidos. Todos lo hacen. Haga lo que haga, su hijo masticará. Tanto si usted lo hace todo bien como si lo hace todo mal, masticará. Por lo tanto, lo mejor es que no haga nada. Especialmente, que nadie lo riña, lo acose o lo ridiculice. Porque la cuestión no es si su hijo masticará o no (¡seguro que sí!), la cuestión es si, hasta que llegue ese día, van a ser los dos (sobre todo él) felices o desgraciados.

¿NO SE ATRAGANTARÁ?

¡Claro que se atragantará! No puede aprender a comer sin atragantarse, como no puede aprender a caminar sin caerse. Pero no es lo mismo “atragantarse” que “ahogarse”. El niño pequeño se ahoga cuando se le va algo hacia el pulmón. Eso ocurre con cosas dura y redondeadas: cacahuetes, kikos, pipas... Por este motivo, un niño no debe comer cosas así hasta al menos los tres años

Pero los alimentos blandos y enganchosos no se van hacia los pulmones. Todo lo más se quedan un poco atascados en su camino al estómago. El bebé se atraganta, hace un esfuerzo y se lo traga, o bien lo escupe. Por supuesto, usted está a su lado, vigilando el tamaño de los trozos y ayudando si es preciso.

Cuando come con su propia mano, el bebé controla la situación y se atraganta en pocas ocasiones. En realidad, es mucho más fácil que se atragante si alguien le mete en la boca una cuchara llena de comida (en muchas ocasiones cuando está distraído o llorando, y hasta el fondo para que no la pueda escupir).