El reto de empezar la guardería

NIÑOS SANOS

El reto de empezar la guardería

Lo ideal sería que los niños pasaran los dos primeros años de su vida en su hogar, pero a menudo no es posible. En este caso es necesario ponerse en su lugar y hacer este tránsito prematuro lo más suave posible.

Josep Maria Cubells

Quién cuidará de su bebé cuando ellos estén ausentes, es un problema que se plantean muchos padres poco tiempo después del nacimiento de un hijo. Los permisos de maternidad y, eventualmente, de paternidad son muy cortos, así que la incorporación al trabajo acostumbra a suceder en el primer semestre de vida del niño. Para muchos bebés, estas circunstancias los abocan a iniciar la guardería.

La escuela infantil de primer ciclo (0 a 3) es un centro con doble misión: por un lado, es un lugar donde cuidarán de nuestros hijos y satisfarán sus necesidades fisiológicas, ofreciendo un marco emocional donde se sientan bien acogidos, y, por otro lado, es un centro educativo donde los ayudarán a dar sus primeros pasos en un entorno social diferente al de la familia. Este último aspecto representa un reto para el bebé o el niño. La sociedad familiar, sobre todo ahora que hay pocos niños por familia, acostumbra a girar alrededor del bebé, lógicamente atendemos sus necesidades, de tal manera que su comida, su baño, sus cambios de pañal o su sueño se atienden inmediatamente. Y esto se mantiene durante los primeros 2 ó 3 primeros años.

En la guardería esto es imposible, ya que hay un número elevado de niños de la misma edad con necesidades urgentes que a menudo coinciden en el tiempo y un personal limitado para atenderlos.

Para los niños este cambio es difícil de asumir, porque todavía les faltan recursos emocionales y la maduración suficiente, especialmente a los más pequeños.

Afinando la inmunidad

Una de las consecuencias de la escolarización temprana es la elevada incidencia de infecciones repetitivas. Esto es debido a que el sistema inmunitario del niño al nacer no está maduro, y se va construyendo en la medida en que este contrae infecciones y enferma. La inmunidad es el sistema que tenemos los seres humanos para afrontar y superar (en la gran mayoría de los casos), las infecciones, es decir, las invasiones de nuestro cuerpo por parte de bacterias, virus y hongos. Y tiene dos grandes funciones:

  1. Por un lado, vencer la infección que nos afecta en un momento concreto
  2. Y, por otro lado, memorizarlo, para que cuando volvamos a entrar en contacto con ese microorganismo concreto pueda ser destruido inmediatamente, evitando así la nueva enfermedad.

Estos dos procesos van íntimamente ligados y se realizan en los primeros años de vida. Al llegar a los 4 años, el sistema de la gran mayoría de niños ya ha “memorizado” la mayoría de las infecciones que le rodea, por lo que el número de enfermedades infecciosas disminuye considerablemente.

Pero en las guarderías conviven un número alto de niños cuya inmunidad aún no es suficientemente competente, pero que comparten microorganismos infecciosos altamente transmisibles, lo que hace que la frecuencia de enfermedades entre los niños pueda ser alta (una cada 15 días durante los meses de invierno) y sensiblemente superior al de los niños que permanecen en casa.

Estos últimos también enferman, pero el número de infecciones que acaban en enfermedad es menor. El proceso de control de la infección y su memorización posterior se hace de la misma manera, pero padeciendo en menos ocasiones los síntomas propios de la enfermedad. Al final, los dos grupos al llegar a los 4 años estarán en situación similar.

Infecciones y alergias

Nuestra inmunidad no solo se encarga de las infecciones, también lo hace de las alergias. La alergia es una respuesta inflamatoria desmesurada frente a una sustancia (alérgeno) que para las personas no alérgicas no supone problema alguno. Este proceso inflamatorio desencadenado por la reacción alérgica conduce a enfermedades que, al igual que las infecciones, pueden ser repetitivas. Un ejemplo concreto es la bronquitis de tipo asmático, y otro los eccemas de la piel.

Prácticas como chupar el chupete de nuestros hijos para limpiarlo o la presencia de hermanos en la familia aumentan el contacto con las infecciones y también se logrará este efecto beneficioso en la prevención de la alergia. Hemos de tener en cuenta que este trastorno se ha incrementado de manera significativa en los últimos 30 años y ayudar a prevenirlo es importante.

Un lenguaje propio

Otro aspecto relacionado con la asistencia a la guardería es el de la comunicación. Pensemos que una niña tiene un vocabulario suficiente y un lenguaje adecuado que le permite entenderse con casi todo el mundo hacia los dos años y medio y un niño hacia los tres. Antes de estas edades, los niños y las niñas para hacerse entender dependen de que el adulto que esté con ellos les sepa interpretar. Cada niño tiene un “lenguaje peculiar” que es perfectamente entendible para la familia, pero esto no es tan fácil para el personal de la guardería que se ve obligado a interpretar el “idioma” personal de cada niño.

La consecuencia de ello es que nuestro hijo puede tener problemas para hacerse entender, con el consiguiente estrés y falta de atenciones.

Pensemos qué pasaría si nosotros tuviésemos una necesidad básica en un país del que no conociésemos el idioma y sin un intérprete. Probablemente acabaríamos solucionando el problema, pero con serias dificultades y tensiones.

¿Jugar con otros niños?

Ligado al tema de la comunicación y en cierto modo como consecuencia de sus dificultades, está el tema de la socialización (entendida como la capacidad de los seres humanos para entablar relaciones asociativas y beneficiosas para ambas partes). Por ejemplo: para jugar a pelota, que es mucho más divertido que pelearse por su propiedad, es necesario tener la capacidad de comprender que no importa de quien sea la pelota, sino que lo divertido es colaborar para jugar un partido de fútbol, de modo que disfruten todos y cada uno de los jugadores. Esta capacidad de asociación se da en niños de edades superiores a los tres años, antes juegan “en paralelo” sin cooperar entre sí o directamente rivalizan por los juguetes comunes, con las consiguientes tensiones. No saben todavía jugar juntos.

Pero en la escuela infantil pueden empezar a hacer otras actividades que los irán introduciendo poco a poco en esta dinámica. Por ejemplo, cantar o bailar juntos los ayuda a aprender, a pasarlo bien en grupo, a sumar esfuerzos conjuntos y a divertirse.

Aprender a relacionarse

Las actividades comunes deben tener un componente lúdico que sirva para entretener y estimular a todos los niños. Pero hay que ser flexibles y respetar sus intereses y ritmos porque, evidentemente, no todos ellos van a disfrutar con el mismo juego y en el mismo momento. Algunos pueden llegar a aburrirse con algunas de las actividades propuestas, no pasa nada. Es normal, porque la capacidad de interacción social a esta edad es limitada, el grado madurativo de los niños muy desigual y la capacidad de empatía todavía escasa.

En la escuela, como en casa, van a comenzar a recorrer el camino del aprendizaje de la socialización, pero este es un proceso lento y dificultoso, especialmente cuando los niños son muy pequeños.

En realidad, no es aconsejable llevar a los niños a la guardería por debajo de los dos años de vida, pero en la práctica muchos la empiezan con pocos meses, por ello hay que facilitarle un tránsito lo más suave, amable y progresivo posible.

Una adaptación respetuosa

Los niños necesitan un periodo de adaptación a la guardería, tanto mayor cuanto más pequeños son. Los menores de 18 meses inicialmente deben estar pocas horas.

  • El padre o la madre deberían estar presentes junto a la cuidadora durante 15 a 30 días para ayudar al niño a ganar confianza. También conviene que lleve un objeto (pieza de ropa o juguete) familiar.
  • En niños de 18 meses a tres años, el periodo que necesite de adaptación con los padres presentes puede ser más corto, pero durante uno o dos meses debería pasar pocas horas en la guardería.
  • Hemos de recogerlo siempre a la misma hora hasta que esté acostumbrado y no introducir otros cambios en su vida mientras se está adaptando, como retirar el chupete o quitarle el pañal.

Un entorno más difícil para él

El bebé o niño que inicia la guardería empieza una vida diferente a la que ha vivido hasta el momento en el entorno familiar.

  • En la escuela infantil, el entorno social es nuevo y lo coloca en un plano de igualdad respecto a sus compañeros, de tal manera que la satisfacción de sus necesidades y de sus deseos está en función de la satisfacción de las necesidades y deseos de todos los demás niños.
  • Por primera vez, el pequeño ha de esperar a ser atendido y en muchas ocasiones no le resulta fácil, porque aún no tiene los recursos psicológicos necesarios, especialmente los más pequeños. Es algo nuevo, difícil, que requiere tiempo, cariño y paciencia.
  • Por otro lado, la capacidad de comunicación con los demás es limitada y debe hacer un esfuerzo importante para hacerse entender, tanto con los adultos que lo rodean como con los demás niños, que a su vez también tienen dificultades de comunicación con los otros.
  • Es un mundo nuevo, con retos que en ocasiones superan a sus capacidades y que pueden generar momentos de tensión y sentimientos de abandono. Por eso cuando llegan a casa están inquietos, duermen peor y necesitan mimos extras.

No debería ir a la guardería si...

Durante el primer año es frecuente que el niño padezca enfermedades. Debe permanecer en casa ante estas circunstancias:

  • Cualquier enfermedad que le dificulte la participación activa en las actividades.
  • Si necesita cuidados por parte del personal que impida una atención correcta de los demás niños.
  • Cuando puede poner en riesgo la salud de los otros.
  • Si tiene alguno de estos síntomas: fiebre, letargo, dificultad respiratoria, diarrea, deposiciones con sangre, vómitos, lesiones bucales tipo afta o vesículas o exantema (manchas en la piel), conjuntivitis purulenta.
  • En la gran mayoría de casos, el niño puede volver a la guardería a las 48 horas de haber desaparecido la fiebre o de que el tratamiento se considere efectivo. Pero esto es muy variable, por ejemplo, si ha tenido varicela, no debe regresar hasta los 6 días de haber empezado la enfermedad, y en el caso de paperas debe permanecer en casa nueve días más.

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