Acompasarnos a los ritmos naturales de los niños

CRIANZA CON AMOR

Acompasarnos con los ritmos naturales de los niños

Si hacemos el esfuerzo de desacelerar también nosotros antes de cruzar la puerta, es posible que todo fluya mejor junto a nuestros hijos.

Laura Gutman

21 de diciembre de 2017, 21:08 | Actualizado a

Que los niños sean movidos es sumamente saludable, aunque resulte agotador para los adultos. En realidad, si los niños permanecieran quietos mucho rato, tendríamos que preocuparnos, porque en esos casos o están enfermos o les pasa algo grave.

Sin embargo, y lamentablemente, en la actualidad la mayoría de los niños están sometidos a demasiadas horas de inactividad física y a la valoración de las actividades mentales por encima de la actividades corporales. Esto provoca luego una reacción desmedida. Es decir, niños que parecen estar “desatados”, incansables, excitados o fuera de sí.

Es difícil determinar qué nivel de movimiento es normal o anormal en un niño. En primer lugar porque cada niño pequeño es diferente. En segundo lugar, porque cada uno ha vivido durante la jornada diferentes situaciones de quietud, cansancio, agobio, soledad o estrés. Y por último, porque es imposible evaluar el grado de paciencia o tolerancia de los adultos. Este es un asunto absolutamente subjetivo.

De cualquier manera, los adultos sufrimos la actividad física de los niños pequeños, por lo tanto, primero tendremos que comprender y después encontrar maneras de convivir con la cantidad de estímulos y de vitalidad que los niños traen consigo.

La situación ideal es que los niños puedan desplegar durante el día su vitalidad y todos sus movimientos corporales en ámbitos adecuados y con la compañía suficiente. Claro, si están escolarizados en instituciones muy rígidas o cerradas, eso no ocurrirá. En esos casos, los padres nos veremos en la obligación de dedicar a nuestros hijos un buen rato cada tarde para pasear juntos, para ir a la plaza o al monte o al mar o a correr o adonde sea, para que tengan la posibilidad de descargar su cuota de vitalidad y energía. Si no lo hacemos así no podremos pretender que luego “estén tranquilos” en casa, que se queden quietos, hagan sus tareas o estén concentrados en sus estudios. Simplemente, eso no es posible.

Su cuerpo habla por ellos

Algunos niños también están especialmente inquietos a pesar de que viven al aire libre, tienen mucha actividad física, trepan a los árboles y despliegan toda su energía. En esos casos, vale la pena registrar si esos niños “inquietos”, que expresan sus “inquietudes” corporalmente, en realidad están manifestando algo complejo que sucede en casa.

Los niños sienten que algo pasa, pero como no circulan palabras ni explicaciones, ese sentimiento incómodo o ambivalente termina por explotar, dejando a la vista la perturbación de la criatura.

Me refiero, por ejemplo, a escenarios en los que los padres están al borde del divorcio pero no han hablado en absoluto con los hijos. Los niños muy pequeños, o aquellos que no pueden o no saben declarar sus sentimientos o emociones con palabras claras, suelen utilizar los movimientos corporales para “decir” aquello que necesitan expresar de alguna manera. Por eso, es indispensable que los adultos registremos si los niños están intentando explicarnos lo que les ocurre.

Los niños tienen razón en todos los casos. No se moverían ni saltarían ni correrían si no lo necesitaran.

Por otra parte, a veces los padres tenemos vidas muy agitadas y, sin darnos cuenta, regresamos a casa con un nivel muy alto de adrenalina. Esto se puede notar cuando uno de los progenitores llega a casa después de un día laboral complicado y el otro estaba calmado jugando en casa con los niños, mirando la tele o haciendo los deberes de la escuela. Rápidamente podemos detectar cómo el ambiente cambia; todos se ponen nerviosos, se altera la rutina, algún niño tropieza y llora... y se acaba el frágil equilibro que, por un rato, habíamos logrado construir los que estábamos en el hogar. Para quienes llegamos con nuestro propio ritmo a cuestas es difícil darnos cuenta del nivel de excitación o el tono de voz que empleamos, o incluso la vorágine con la que llegamos al encuentro de nuestras familias. Para los niños, cada detalle o cada sensación que proviene del mundo exterior se convierte en un estímulo importante.

Ahora bien, es verdad que, en algún momento, los niños también necesitarán relajarse. Claro que sí. Sin embargo, los niños podrán relajarse solo si encuentran el confort adecuado, es decir, si entran en contacto con sus progenitores o con las personas que los cuidan notando en ellos suficiente disponibilidad.

Supongamos que una madre llega a casa. El niño la estuvo esperando. La madre tiene que resolver múltiples tareas pendientes. Luego lo baña o le da de comer. Luego intenta que ese hijo se duerma. No lo logrará. Se excitará aún más. ¿Por qué? Porque ese niño está esperando el encuentro afectivo con su madre. La sola presencia de la figura materna lo excita a tal punto que no va a poder relajarse.

Deseos que chocan con la realidad

Lamentablemente, los adultos no logramos reconocer el funcionamiento lógico de las criaturas e interpretamos que el niño ya debería dormirse porque es la hora, porque está cansado, porque al día siguiente tiene que levantarse temprano para ir al cole y, sobre todo, porque los adultos estamos hartos y necesitamos algunos instantes para nosotros mismos.

Podemos estar convencidos de que lo que pensamos es lo correcto y adecuado. Sin embargo… no tiene nada que ver con la realidad emocional de una criatura humana. El niño tiene tiempos lentos, pausados, y necesita acomodarse a cada cambio. Que la madre haya llegado a casa lo altera. Necesita tiempo para “incorporarla”. Si el ritmo de higiene, baño, comida y otras rutinas domésticas hace que sienta que todo son prisas, el niño acabará “patinando” en un ritmo desfasado. Y eso, obviamente, no contribuirá a la pretendida relajación para lograr ingresar en el sueño.

Una suave pendiente de relajación

¿Qué podemos hacer? De entrada, observemos los ritmos naturales y genuinos de los niños pequeños.

Intentemos acomodarnos –nosotros, los adultos– a esos ritmos, aunque sea solo en parte, en lugar de pretender que sean los niños quienes se acomoden a nosotros.

Revisemos si hay alguna situación familiar que inquieta al niño por falta de explicaciones. Registremos incluso si alguna preocupación o algún obstáculo nos tiene muy alteradas, y lo que sucede es que el niño absorbe esa energía como si fuera propia. Calmémonos primero nosotros antes de suponer que el niño debería calmarse por sus propios medios. Si desaceleramos nuestra euforia o nuestras pretensiones, seguramente el niño actuará en consecuencia.

Una excitación fuera de límites

En cuanto nos descuidamos, es fácil que a un niño muy movido se lo etiquete como hiperactivo.

Todos los niños del mundo están en condiciones de ser diagnosticados como hiperactivos en la medida que los adultos estemos cada vez más desconectados emocionalmente de ellos. Si ese es el diagnóstico, tratarlo con medicación es una posibilidad que tenemos a mano.

Otra opción es hacernos cargo de aquello que les pasa. Un niño que está tan excitado que no puede dejar de moverse es un niño angustiado, necesitado de caricias, hambriento de mirada, desesperado de cariño. No hay tiempo que perder.

Si nuestro hijo está sufriendo, todo lo que tenemos que hacer es ocuparnos tranquilamente de él y de nada más en este mundo. Permanecer a su lado. Mirarlo. Sonreírle. Y asegurarle que permanecemos allí todo el tiempo que sea necesario.

Instantes para el recogimiento

Los niños traen las demandas insistentes a nuestras vidas para que aprendamos a detenernos. Para que seamos los mayores quienes desaceleremos la marcha. Para que guardemos silencio. Para que escuchemos el canto de los pájaros, el sonido de la lluvia o el ulular del viento.

Los niños están en permanente contacto con los ritmos naturales y nos solicitan una y otra vez que les hagamos caso. Para ellos hay un momento muy especial; el rato antes de ir a dormir. Todos los niños nos piden que permanezcamos junto a ellos durante esos instantes, acurrucados, al lado de sus cuerpos para que logren conciliar el sueño. Simplemente.

No es difícil. No hay que inventar. No hay que jugar ni ser creativos. Solo es preciso estar con ellos sin hacer nada. Si los adultos no somos capaces de quedarnos quietos al lado de nuestros hijos, luego no podremos pedirles que se apacigüen.

El arte de no hacer nada

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