Amor a primera vista

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Amor a primera vista

Suena a tópico, pero no lo es. En cuanto tengas a tu hijo en brazos, te enamorarás de él. Es un instante único, pero depende mucho del parto. Intenta que sea lo más respetuoso posible, y disfrutar del momento.

Mónica Rebollo

15 de noviembre de 2017, 22:26 | Actualizado a

Creo que cuando te conviertes en madre vuelves a nacer. Hasta entonces tienes una forma de vivir y de ver la vida, pero a partir de entonces todo cambia. Te vuelves más consciente, más sensible: te transformas. Según van pasando los meses, los años, vas descubriendo a la persona que eres en realidad, porque tu visión del mundo se amplía y la empatía que provoca ponerse en el lugar de un hijo se extiende a otras personas.

Creo que saborear muy conscientemente cada minuto del parto, hablarle, animarlo a nacer y luego estar con él, acariciarlo y observar su rostro son algunos de los mayores placeres de este mundo. Un instante mágico de plena felicidad que provoca emociones difíciles de describir con palabras comunes. La conexión con ese pequeño ser al que físicamente acabas de conocer, pero que tu alma reconoce al instante, es un momento que precisa de soledad. La atención debe centrarse en él. Ese fue el motivo por el cual decidí no atender visitas. En casa ya habría tiempo para eso con más tranquilidad y en mejores condiciones, sobre todo para él.

Muchas veces me imaginaba cómo recibiría a mi niño y me llenaba de amor solo pensarlo. Le daría la bienvenida, un beso, un abrazo, lo acariciaría y, sobre todo, le sonreiría. Durante el embarazo, hasta conversaba con él y le contaba lo que pasaría el día en que por fin nos viéramos cara a cara. Lo pondrían sobre mi vientre y yo le dedicaría una sonrisa. Y él estaría calmado y sereno, porque todos lo íbamos a recibir con mucho amor e ilusión. Le transmitiría una gran tranquilidad diciéndole que sería un niño muy querido, lo que sabía que constituiría el mejor pasaporte a este mundo.

La verdad es que cuando llegó el gran día, al nacer no lloró, pero nos faltó intimidad. La maternidad que elegí me permitía tener mi propia habitación; en cambio, cuando mi hijo estaba a punto de nacer, la cantidad de profesionales que veía a mi alrededor era exagerada. La sensación de “qué bien atendida estoy” no era más poderosa que el sentimiento de “me están robando un momento irrepetible”. No pude elegir la posición de parto porque alguien llamado “protocolo”, que debía de ser muy importante en aquel hospital, lo había decidido por mí. No me respetaron.

Tampoco pude estar con mi hijo durante su primera hora de vida porque tenían que vigilarlo. Recién llegado al mundo, mi niño tuvo que pasar todo ese tiempo solo. No me opuse, su salud era lo primero, pero creo que cualquier maternidad debería disponer de alguna estancia acondicionada donde las madres pudieran estar con sus hijos durante ese tiempo que para ambos es tan necesario compartir. Además, se hace eterno. Creo que, de no ser porque no podía casi moverme, me hubiera levantado para estar con él. Me dolía pensar que recién llegado al mundo se sintiera abandonado.

Me hubiese gustado pasar por la experiencia del parto en la tranquilidad del hogar. En otros países desarrollados se hace así. Solo los embarazos de riesgo se derivan al hospital, y no por ello la mortalidad infantil es superior. Aunque esa es mi visión, lo ideal sería que cada madre pudiese elegir dónde y cómo dar a luz.

No dejo de pensar que la sociedad occidental, en su afán por hacernos la vida más fácil, ha olvidado la propia vida. En el caso que nos ocupa, se ha impuesto un control tal del embarazo y el parto que se ha llegado al extremo de deshumanizarlos. Se han antepuesto las cuestiones médicas al instinto femenino y a la confianza en que una mujer sabe dar a luz por sí misma. Hemos delegado en la medicina la parte que nos corresponde a nosotras. Las mujeres traemos un “mecanismo de serie” que nos prepara para hacer frente al milagro del nacimiento. Yo misma, imaginaba muchas veces cómo sería dar a luz y si sabría estar a la altura de las circunstancias. Cuando llegó el momento, la duda se disipó y se me reveló una parte de mí que no conocía. Era ese instinto animal que a las mujeres nos hace actuar con acierto cuando nace nuestro hijo, al cuidarlo los primeros días y, sobre todo, después, para poder criarlo. Jamás me había hecho cargo de un bebé, no sabía absolutamente nada y, sin embargo, la situación no me resultaba extraña, sino que todo fluía con naturalidad. Era como si ya nos conociéramos. Cuando tuve a Joel por primera vez en mis brazos, sucedió algo precioso. No era ningún desconocido, era mi hijo, una vida que parecía haber estado siempre ahí, un ser nada extraño. Me lo decían sus ojos.

El parto dura solamente unas horas y, como dicen muchas matronas, es la parte sencilla, pero la crianza es un largo periodo de tiempo con altibajos, contratiempos, dudas y un constante aprendizaje. Siempre dije que los bebés no llegan al mundo con un manual de instrucciones que ayude a criarlos. Me equivoqué. Ahora, tras haber pasado dos veces por esa experiencia, creo que ese manual, en cierta manera, existe: es el tándem que forman madre e hijo, que funciona como un perfecto engranaje. El bebé se hace entender a su manera, y la madre, mediante su instinto e intuición, aprende rápido a interpretar sus diferentes llantos, gestos y balbuceos para satisfacer sus necesidades. Podrás dar a luz y criar a tu hijo, todas las mujeres saben. Es algo instintivo.

Tan solo hace falta actuar poniendo el corazón, sin miedo, sin nervios.

Para saber más

Este texto maravilloso es un fragmento adaptado del recomendable libro “Conexiones de amor”, una historia real explicada por una mujer real, Mónica Rebollo, que en 189 páginas deja plasmada con gran ternura la extraordinaria comunicación que llegó a mantener durante los embarazos con sus dos hijos, y todo gracias a su primer pequeño, al que no llegó a conocer debido a un aborto que no sucedió en vano. Toda una inspiración.