Aprendes tanto de tu hijo...

MATERNIDAD PLENA

Tu hijo te ayuda a crecer a ti

Nuestros hijos nos facilitan la gran oportunidad del despertar y el autoconocimiento desde antes de su nacimiento. Son como un espejo en el que nos muestran todo aquello que no vemos en nosotros.

María Jesús Blázquez

27 de marzo de 2017, 00:16 | Actualizado a

En la actualidad vivimos un gran momento de búsqueda interior en el que se ofrecen infinidad de talleres, cursos y seminarios. Pues bien, nuestros hijos nos facilitan la gran oportunidad del despertar y el autoconocimiento desde antes de su nacimiento. Son como un espejo en el que nos muestran todo aquello que no vemos en nosotros; ponen voz a nuestra sombra y nos facilitan el descubrimiento del significado profundo del amor incondicional y el respeto a su libertad. Nuestras hijas y nuestros hijos son las mejores referencias bibliográficas de nuestra obra vital.

Desde el primer instante en que en el corazón de una mujer brota el deseo de ser madre, todo el universo se conmueve y comienza un recorrido apasionante que dura toda la vida, porque la maternidad es un estado que dura para siempre. Como dice la socióloga Isabel Aler, “somos madres toda la vida”. Existen palabras como huérfanos, viudas, viudos... pero no existen palabras para nombrar a la madre que ha perdido la vida de su hijo.

En el transcurso de cuatro décadas hemos pasado del problema de la libertad para elegir ser madres o no mediante el libre uso de anticonceptivos, al problema de la infertilidad que se presenta de forma inesperada ante un número creciente de parejas. Algunas lo superan gracias a un cambio en su estilo de vida: siguiendo una dieta vegetariana de cultivo ecológico, no consumiendo alimentos biocidas como los transgénicos, revisando tóxicos ambientales en el trabajo y el hogar, evitando pensamientos destructivos, probando diferentes terapias como el ayuno y bebiendo agua de mar como coadyuvante del tratamiento. Pues bien, el proceso de recuperación de la fertilidad ya es un camino de transformación que sucede en la vida de la pareja y supone el comienzo de esa escuela viva que nace al mismo tiempo que el deseo de ser madre y padre.

La gestación es abrirse a la vida

A todos los seres humanos nos gustaría llegar a la tierra mediante una concepción consciente; es decir, con el amor y deseo de nuestra madre y nuestro padre. Ese sería el mejor comienzo para la vida; sin embargo, no todos hemos sido concebidos así. De este modo, aceptar, acoger y celebrar la vida de un nuevo ser humano cuya concepción no haya sido consciente se convierte en un aprendizaje vital.

Los meses de gestación son necesarios para el desarrollo del nuevo ser y también para la transformación de la madre y del padre, para ampliar la conciencia y transmutar los miedos en confianza. Durante la gestación el bebé necesita impregnarse de la energía creadora y formadora que le da su madre, a través de sus pensamientos, sentimientos y emociones.

El vientre materno no es transparente. Durante la gestación, la evolución no nos ha llevado a la conexión visual con el bebé; sin embargo, el tiempo de gestación es el de mayor cercanía y entrega entre dos seres humanos, se vive la unidad. Es la magia del dos y el uno en biología. Dos células, óvulo y espermatozoide se funden en un abrazo. Así el tuyo y el mío hacen un “nuestro” y se transforman en la primera célula de un nuevo ser humano que se entrega a la danza divisoria: una, dos, cuatro, ocho, dieciséis... Cientos de miles de células todas iguales. Después, según la posición que ocupa cada célula, se transformará en diferentes tejidos, órganos y sistemas. Es la llamada diferenciación celular.

La gestación es el momento de abrirse y abrazar la vida, de comunicar con la criatura en una conexión permanente. Hay muchas vías, muchos lenguajes: escribiendo un diario, dibujando, pintando, tejiendo, cosiendo, paseando al aire libre, contemplando la naturaleza, cantando, bailando, comiendo sano, acariciando y dejándose acariciar, escuchando música o compartiendo con otras madres. Es un agradecer a la vida y al destino, a la propia criatura, a la naturaleza, a la divinidad, al cielo... El poder vivir la experiencia de la maternidad.

Durante diez lunas, día a día, la gestación brinda la oportunidad para decir un no rotundo a lo indeseable y asfixiante, para entrenarse en la insumisión y aprender a confiar en la naturaleza sagrada de la nueva vida. Y la criatura, para descubrir que también es protagonista, elige su postura dentro del vientre materno y el momento de nacer.

Sin embargo, hoy se practican más inducciones que nunca, forzando el momento del parto y arrebatando la libertad del niño para elegir el momento para nacer. Los expertos establecen el momento del nacimiento bajo la influencia de datos, la fecha probable del parto, ecografías... Es un reto y un sufrimiento para muchas madres el vivir la dualidad: ¿autorizo a que provoquen el parto, o dejo que sea mi bebé quién elija el momento? Pero es un momento decisivo que supone un aprendizaje intenso.

Se olvida que la misma fuerza y complejidad que interviene en la transformación de la primera célula humana en un ser humano completo es la que autorregula el mejor momento de nacer, cuando la criatura está ya preparada. Entonces, ¿Por qué desconfiar, por qué tanta intervención?

Un gran riesgo en todo este aprendizaje: La medicalización de la gestación

Cada día aumenta la medicalización de la gestación, convirtiendo a la madre en una enferma. Es un tema largamente denunciado por toda clase de investigadores:

  • Iván Illich, en su libro Némesis Médica: "El médico comienza a apoderarse de la vida con el examen prenatal mensual, cuando decide cuándo y cómo habrá de nacer el feto".
  • El obstetra Michel Odent: "hacer del embarazo una enfermedad y del parto una intervención quirúrgica es una de las formas más caricaturescas de medicalizar la vida cotidiana".
  • La Dra. Sarah Buckley, autora de libros sobre parto y crianza: "las mujeres que van al médico para iniciar su prenatal, salen de las consultas asustadas con el elevado número de pruebas de rutina que necesitan realizar".
  • El psiquiatra Ronal D. Laing: « El método científico consiste en entrometernos en el curso normal de las cosas, que no cambiarían si no interviniéramos. La interferencia científica es la más destructiva. Sólo un científico sabe como interferir del modo más destructivo».

El parto es una lección de vida

Con cada parto se aprende porque tiene una fuerza reveladora como pocas en la vida. El parto es una lección de vida, una gran oportunidad, no solo para la madre que aprende de su criatura y de sí misma, sino que también lo es para las personas que acompañan. Así, Leboyer F., Odent M., Sheila Kitzinger, Wagner M., por citar a los referentes internacionales en el parto respetuoso, aprendieron de las madres y sus criaturas, mediante la observación activa, que el no interferir en el ritmo fisiológico del parto y el nacimiento era la mejor forma de facilitarlo.

¿Qué sucede cuando las madres no viven su parto soñado? Las madres padecen un estado de frustración, una herida invisible, que ocultan por miedo o vergüenza y necesitan repararla; a veces con ayuda profesional para facilitar la transformación de la experiencia vivida como una “derrota” en una gran oportunidad de aprendizaje, humildad, y sabiduría.

La lactancia la hace el bebé

Amamantar repara la herida. Con el estímulo directo de la succión durante un período estimado de una hora, la madre alcanza valores de prolactina semejantes a los del parto. Y también produce tanta oxitocina como durante el orgasmo, oxitocina que también recibe el bebé en la leche materna. La oxitocina induce serenidad, reduce la tensión arterial y la tasa de hormonas del estrés —cortisol—, fomentando en la madre un mayor interés en las relaciones de proximidad. Los “picos” de oxitocina medidos en sangre indican predisposición a crear vínculos y relacionarse, por eso se dice que la oxitocina es la hormona del amor, la calma, la confianza y la sanación.

Amamantar es amar y dejar aflorar los instintos. A través del abrazo “madre-criatura” se despierta a una sabiduría instintiva que nadie puede controlar, despierta una mujer salvaje que se encuentra bajo el influjo hormonal de la oxitocina (“hormona del amor”), de la prolactina (“hormona maternal”), y de las endorfinas (“hormonas de la felicidad”), que favorecen un estado de insumisión y empoderamiento en las madres lactantes.

Toda glándula mamaria es capaz de convertir los nutrientes de la sangre en leche si recibe el estímulo de succión adecuado, ya sea en abuelas o en madres adoptivas, hayan o no parido antes.

El protagonismo de la lactancia lo tiene la criatura, que sabe encontrar el pecho por sí misma, empezando a mamar de forma espontánea en la hora que sigue al nacimiento. La lactancia no la hace la madre, la hace el bebé si está en su hábitat: el cuerpo de la madre. La criatura es la auténtica experta en lactancia, sabe lo que necesita, la frecuencia y la duración de cada toma.

Dormir y amar, piel con piel

Cada bebé es diferente, no hay una edad fija en la que empiezan a “dormir de un tirón”. Es normal que los bebés se despierten por la noche. Pero si están al lado de la madre, en la misma cama, todo es más sencillo: maman, comprueban que están acompañados, recuperan la calma y se vuelven a dormir.

Respetar los ritmos y despertares de las criaturas nos da la gran oportunidad de descubrir que una de las mayores necesidades del ser humano, también en los adultos, es sentir la proximidad de otro ser humano, del roce piel con piel. Aquellos bebés que ya conocen el bienestar del regazo materno lucharán por mantenerlo, pues aquellos que nunca lo conocieron se someterán más fácilmente a los métodos conductistas que aplican la tortura cada día, dejándolos llorar hasta que finalmente se rinden. Se duermen, pero agotados y con la tristeza de la soledad. Como dice Michel Odent, « Cuando un recién nacido aprende en una sala de nido que es inútil gritar... está sufriendo su primera experiencia de sumisión ».

Gracias a todas las criaturas: a las mías, las tuyas, las vuestras, las nuestras, a todas, por todo lo que nos enseñan cada día, incluso desde antes de nacer; por todas las pistas que nos dan para despertar y ampliar la conciencia.

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