Cada niño crece a su ritmo

CRIANZA

Cada niño crece a su ritmo

Que gane mucho peso, que diga pronto sus primeras palabras, que deje el pañal lo antes posible... Pretender que nuestro bebé siga ciertos patrones y adquiera habilidades para las que no está preparado no hace más que llenarnos a todos de frustración y preocupaciones.

Laura Gutman

10 de octubre de 2018, 07:00 | Actualizado a

Cuando tenemos un bebé, todos solemos estar muy preocupados por su evolución “normal”. Nos presentamos puntualmente a todos los controles pediátricos esperando tener un “bebé 10”. Y, por supuesto, nos sentimos orgullosos cuando nuestro bebé es más robusto que otro de la misma edad, o ya come solo, o camina solo, o duerme solo, o toma los alimentos con las manos, o lo que sea que creamos que significa un plus en el desarrollo de nuestro hijo.

Es verdad que hay parámetros –no demasiado precisos– sobre el crecimiento esperable del bebé humano. Sin embargo, esas referencias son relativas, y en todos los casos, deberíamos pasarlas por el tamiz de las propias percepciones para determinar si un bebé crece saludablemente o no. Y para ello, nada mejor que el sentido común, que en ocasiones parece ser el menos común de los sentidos.

En primer lugar, sería ideal que miraramos a nuestro hijo de forma global. Por ejemplo, si un niño tiene muy desarrollada un área determinada, es muy posible que en otra área esté un poco más atrasado. La palabra “atrasado”, en estos casos, no significa absolutamente nada. Pensemos que a un atleta olímpico no le pediremos que, además, reciba el Premio Nobel de Medicina. Y no por eso lo llamaremos “atrasado” en el conocimiento de la medicina. Suena ridículo, ¿verdad? Sin embargo, a veces tenemos pretensiones distorsionadas en relación a lo que se puede esperar de un niño.

La obsesión se mide en gramos

Veamos el tema del peso en los bebés. Obviamente, los bebés tienen que aumentar de peso. Ahora bien, no es imprescindible que todos los bebés sean grandes. Simplemente, la curva tiene que ser ascendente. Sucede con frecuencia que los padres están alarmados porque su hijo es el más pequeño entre sus pares... pero resulta que la madre mide 1,50 m y el padre es apenas un poco más alto. Quiero decir, es muy probable que ese niño sea más bien pequeño en cuanto a tamaño; sin embargo, para valorar su desarrollo habrá que evaluar su evolución general: si es un bebé conectado, sonriente, ágil, si es activo y si reacciona a los estímulos. Luego, si trepa, si gatea, si tiene fuerza física. Si tiene vitalidad, si juega con alegría. Eso significa que crece bien, aunque tenga un cuerpo pequeño.

En las salas de espera de los consultorios pediátricos sucede algo insólito: se genera una extraña comparación entre bebés, que a las madres nos deja infantilizadas y atemorizadas. Basta que una madre diga: “A mi bebé lo vieron tan crecido que ya le tengo que dar puré de patatas y carne con cuatro meses y medio”. Otra madre, escuchando ese comentario, se atreve a doblar la apuesta, y comenta con orgullo: “Al mío ya le recetaron yema de huevo y fruta con cuatro meses recién cumplidos porque estaba en el percentil más alto”.

Dicho lo cual, otra madre que está en la silla de al lado, con un bebé de cinco meses que sólo se alimenta con su pecho, al escuchar la frase “el percentil más alto”, sin saber muy bien qué significa, pero sospechando que es algo que su bebé tiene que alcanzar, se siente en desventaja y quiere que el médico le recomiende también algo distinto de comer a su propio bebé, creyendo que eso sería equivalente a un “crecimiento adecuado”. En ese punto, estamos activando todo lo que el temor y la ignorancia pueden operar en nosotros, los adultos. Por eso, cuando detectemos que el miedo nos ciega, tratemos de que el sentido común participe para poner las cosas en su lugar.

Su propio calendario de logros

El ritmo de adquisición de la habilidad del lenguaje también nos preocupa. ¿Cuál es la edad adecuada para que un niño hable con palabras claras? ¿Dos años? ¿Tres años? ¿Cuatro años? Imposible concretar. La edad difiere muchísimo entre niño y niño. Ni siquiera depende de que le hablemos mucho o poco. Hay niños que se expresan muy claramente desde pequeños, y otros se expresan de otras formas y no necesitan las palabras para relacionarse. Algunos tienen varios hermanos mayores y por eso aprenden tempranamente el lenguaje... ¡y otros tienen varios hermanos mayores y por eso no tienen necesidad de hablar! Los hermanos los comprenden de todas maneras. Es decir, no hay explicaciones razonables sobre por qué ciertos niños hablan antes y otros después.

Asimismo, hay niños que comienzan a caminar a los nueve meses, y otros que no lo consiguen hasta bien cumplidos los quince. ¿Acaso uno crece mejor que el otro? No. Que un niño camine muy tempranamente no significa absolutamente nada. Sólo sirve para que afirmemos: “Juan camina desde los diez meses”, y ésa es toda la historia. Juan no es mejor que otro niño que está tardando más tiempo en caminar.

El esperado control de esfínteres

Cada niño es diferente, pero es pertinente recordar que los niños controlan los esfínteres bastante más tarde de lo que suponemos los adultos. Por otra parte, el hecho de que un niño controle sus esfínteres tardíamente, no es un problema ni tiene ninguna relación con la adquisición de otras habilidades

Generalmente, los niños no controlan espontáneamente sus esfínteres antes de los tres años. Algunos lo hacen a los cuatro, o a los cinco. Además, hay niños que logran controlar de día pero no de noche, y está muy bien que así sea: son adquisiciones fisiológicas diferentes.

No vale la pena “enseñarles”. Los niños pequeños saben muy bien cómo es el trámite: han acompañado a sus madres desde que nacieron, les encanta usar el papel higiénico, tirar de la cadena del váter. Son expertos en cómo se hace. Y llegará un día en que, naturalmente, sabrán hacerlo.