Cómo convivir con distintos criterios

CRIANZA RESPETUOSA

Cómo convivir con distintos criterios en la crianza

Cada uno tiene sus razones, avaladas por sus experiencias personales. Aceptar esta realidad es vital para lograr acuerdos buenos para todos.

Laura Gutman

28 de abril de 2018, 14:24 | Actualizado a

Habitualmente estamos muy apegados a las opiniones que tenemos sobre cada cosa, desde las nimiedades hasta los grandes posicionamientos filosóficos. Nuestras opiniones funcionan como refugios para el alma, porque utilizamos el conjunto de ideas, postulados y creencias como bastiones desde donde nos relacionamos con los demás. De hecho, cada uno de nosotros sabe muy bien con quién está de acuerdo y con quién no, a qué periodistas nos gusta escuchar, qué políticos nos atraen y cuáles nos provocan rechazo digan lo que digan o hagan lo que hagan.

En el circuito doméstico, también adoptamos posiciones inamovibles. Si nuestra suegra está en el bando contrario, haga lo que haga, nos molestará. En cambio, si una amiga llora sus desgracias sobre nuestro hombro, encontraremos la forma de darle la razón, sin importarnos cuántos errores haya cometido o cuánta responsabilidad le corresponde en esa situación dolorosa. Es decir, tenemos opiniones sobre cada cosa, separando lo correcto de lo incorrecto, lo que es bueno de lo que es malo, saludable o tóxico, moderno u obsoleto. Y, claro, estamos convencidos de que tenemos razón.

Seguramente, cada uno de nosotros tiene suficientes razones personales para tener razón sobre cada tema, valga la redundancia. Pero esas razones aunque no lo sepamos tienen sus raíces en experiencias pasadas, que compensan dolores o sufrimientos de los que, quizás, no tengamos registro consciente. Es decir, los motivos por los cuales pensamos lo que pensamos no están siempre basados en nuestras “razones” sino en hilos invisibles que operan como consecuencia de escenas ancladas en nuestro frágil sistema emocional. Está muy bien que la mente humana funcione así, porque éstos son mecanismos de “salvamento” afectivo. Necesitamos pensar primero y actuar después, según ciertos parámetros que van a ser emocionalmente saludables para nosotros.

El problema aparece cuando creemos que aquello que hemos organizado como un “pensamiento con razones bien razonables” nos otorga alguna ventaja argumental. Y no es así. Simplemente nos trae alivio, que no es lo mismo que tener razón.

Creencias divergentes

Ahora bien, ¿qué sucede con nuestras creencias en relación a la crianza de los niños? ¿Es mejor dormir con ellos o no? ¿Es preferible dejarlos llorar? ¿Es pertinente que esperen un poco antes de obtener el alimento o no? ¿Hay que hablarles como si comprendieran? ¿Es necesario bañarlos todos los días? ¿El padre debe estar presente durante el baño? ¿El padre tiene que tener sus momentos a solas con el bebé? ¿Es importante que los niños se relacionen con sus abuelos desde muy pequeños? ¿Cuándo hay que empezar con los alimentos sólidos?

La lista de lo que es correcto o incorrecto es interminable. Por otra parte, vamos a encontrarnos con un abanico de opiniones diversas entre hombres y mujeres, entre distintos profesionales, entre variadas corrientes de pensamiento. Y, por supuesto, ¡también dentro de la pareja! Es lógico, ya que cada uno de nosotros proviene de historias y experiencias diferentes y, básicamente, somos personas divergentes.

No importa cuánto nos amemos o cuánto hayamos deseado engendrar al hijo en común: las opiniones que tendremos sobre cómo actuar en relación al niño no coincidirán casi nunca.

Perderse en peleas inútiles

¿Qué hacemos? ¿Vale la pena discutir con pruebas irrefutables para lograr el apoyo razonable de nuestra pareja? Creo que no. Simplemente porque cada uno tiene sus razones, avaladas por experiencias personales. En cambio, frente a las divergencias, lo ideal será actuar según nuestra conveniencia, pero observando si los resultados son confortables para nuestra pareja.

Tomemos un tema recurrente de discusión: la madre opina que el bebé debería dormir con ellos y el padre opina que el bebé debe dormir en su cuna. En realidad, lo que quiere el padre es ¡dormir! Y tiene todo el derecho de pretender dormir para poder trabajar al día siguiente: supone que si el bebé duerme en su cuna, él podrá conciliar el sueño.

En lugar de seguir discutiendo sobre qué es más conveniente, la madre puede dormir con el niño en concordancia con sus creencias fuera de la cama matrimonial, y de ese modo permitir que el padre también obtenga lo que necesita, es decir, dormir toda la noche sin ser molestado. ¿Es injusto? ¿Por qué? Las mujeres solemos sentir que si nosotras no dormimos, el hombre que tenemos a nuestro lado tampoco debería dormir, en una muestra de solidaridad romántica. Pero esta idea no se sostiene en el tiempo, porque el cansancio físico es lo que acaba primando.

Esas pretensiones están basadas en creencias arraigadas en esos hilos invisibles que organizan nuestro sistema emocional. No tienen que ver con nuestras supuestas razones sobre lo que es justo o injusto.

Si actuamos de acuerdo con nuestras convicciones, pero haciendo lo posible para que nuestra pareja esté confortable, lo que “opinamos” uno y otro deja de tener importancia. Es más, luego nos sorprenderemos al escuchar como, en medio de una reunión social, nuestra pareja nos defiende como la mejor madre del mundo, la madre de un bebé que no llora porque siempre está satisfecho.

Problemáticas cotidianas

A veces también discutimos sobre la duración recomendada de la lactancia. Si nuestra pareja tiene una relación muy estrecha con su propia madre, quien no ha amamantado y opina permanentemente que el bebé es demasiado caprichoso, es posible que sienta cierta empatía con ella. Es lógico, ¡es su madre! Esta tenue identificación se va a acentuar si, además, intenta acercarse y nosotras lo rechazamos sistemáticamente. En ese caso, va a terminar opinando que con seis meses ha sido suficiente y que el niño ya puede comer como un adulto.

¿Cambiarían las cosas si discutieramos cuándo corresponde empezar a ofrecerle alimentos sólidos? No, tampoco llegaríamos a acuerdos. Pero si en lugar de imponer nuestras opiniones basándonos en estadísticas, libros, sugerencias de UNICEF y otras organizaciones, ofrecemos a nuestra pareja aquello que sabemos que necesita, se acabarán las discusiones. Tal vez precisa que estemos cerca de él afectivamente o que nos importen sus problemáticas cotidianas.

Si encuentra confort a nuestro lado, no le importará que el niño aún esté mamando a los siete meses.

Al contrario, comprenderá las ventajas de tener un niño tranquilo que encuentra satisfacción rápidamente en brazos de su madre.

El tipo de guardería o de escuela al que pretendemos enviar al niño también puede ser objeto de discusión, sobre todo si el padre siente confianza hacia el mismo tipo de escuela que ha frecuentado siendo niño, y la madre, por ejemplo, tiene la ilusión de apuntarlo a una escuela alternativa... que al padre le parece demasiado fuera de lo normal, para locos o hippies. Desde la ribera opuesta, la madre siente la escuela convencional demasiado rígida para sus ideales. Por supuesto, ambos encontramos aliados a favor y en contra de las dos posiciones.

Desplazar el foco de interés

Sucede con asiduidad que ni la madre ni el padre estamos observando al niño en cuestión. Ambos estamos eligiendo una escuela para calmar nuestros nervios, es decir, ninguno de los dos nos sentimos cómodos. En estos casos, agregar argumentos en favor de una opción o la otra sólo trae desconcierto y mal humor.

¿Qué podemos hacer? Probar qué le sienta mejor al niño. Y luego aceptar el ambiente adecuado para ese niño en particular, aunque no estemos totalmente de acuerdo con la ideología o la propuesta educativa. Puede suceder que dentro de una propuesta sin atractivos haya una maestra excepcionalmente empática con nuestro hijo; y al revés, en una institución educativa con altos ideales, nuestro hijo puede no encontrar afinidad con maestros ni compañeros.

Podríamos seguir enumerando temas de discusión frecuentes cuando se trata de la crianza de nuestros hijos. Sin embargo, no importa mucho la opinión que tengamos sobre cada temática, sino la capacidad que despleguemos para probar en cada circunstancia qué es lo que se acomoda mejor al confort, no sólo del niño, sino también de los demás miembros de la familia.

Algo que puede ser válido para uno, no necesariamente funciona de la misma manera para el otro.

Por eso, cuando tenemos opiniones diferentes, antes de descartarlas, vale la pena escuchar los argumentos y tratar de profundizar. Porque, generalmente, ni siquiera sabemos por qué pensamos lo que pensamos. A veces son pensamientos “automáticos” que defendemos con pasión, sin mayores motivos que el fuego que nos enciende tener una discusión a mano. En los casos en los que permanecemos atrincherados en ciertas opiniones, y ante la demanda de explicaciones sólo atinamos a responder: “porque sí”, es evidente que las creencias están ancladas en hechos emocionales de los cuales no tenemos una comprensión consciente.

El valor de conversar

Recorrer el camino para comprender el origen de esas creencias nos puede ayudar a todos a comprendernos más y, sobre todo, a dar un valor acotado y realista a esas enormes y sagradas opiniones. No está mal discutir.

Pero es mucho más valioso conversar sobre los puntos de vista de cada uno, tratando de comprender las razones del otro para aunar criterios que sean beneficiosos para todos.

También es importante saber que es saludable dar marcha atrás, cambiar, probar, volver sobre las ideas, reformular, reconocer las equivocaciones, saber pedir disculpas, dejar nuestra soberbia de lado y aceptar las diferencias. Esto es fácil de decir y muy difícil de poner en práctica. Sobre todo si en las discusiones y en las pequeñas guerras cotidianas encontramos vitalidad, pasión y fuerza para desplegar. Si ése es nuestro caso, lamentablemente, buscaremos siempre el choque para alimentarnos. Pero nutrirnos del conflicto, no le sirve al niño, en ninguna circunstancia.

Cuando ningún pacto es posible

Si en relación a la crianza de los niños no hay puntos en común, posiblemente ese haya sido el acuerdo básico de nuestra pareja, aunque resulte paradójico. Entonces, en lugar de luchar a capa y espada para encontrar coincidencias, quizás tengamos que funcionar como en los demás aspectos de nuestra relación: con una tensión constante que nos llena de energía, vitalidad y vigor. En las decisiones respecto a los niños a veces proyectamos las desavenencias históricas que hemos sostenido. Es decir, nadie está mirando a los niños, encegados en nuestra necesidad de ganar la batalla, cualquiera que sea. Si ninguno de los dos estamos dispuestos a abandonar la lucha, el niño siempre saldrá perdiendo.

La labor de un profesional

El problema con las opiniones “profesionales” es que agregan puntos a favor o en contra dentro de una lucha de deseos y necesidades internas. A veces, esa lucha opera dentro de uno mismo, es decir, el desacuerdo ni siquiera se manifiesta con la pareja. La existencia de un profesional que opina tiene una doble vertiente. Por un lado, se supone que es una persona preparada y que ha estudiado el tema en cuestión. Pero por el otro, tenemos la costumbre de delegar todo supuesto saber en el profesional, sin pasar sus consejos por el tamiz de nuestras intuiciones. Entre tanto mandato y cultura, la intuición es casi lo único confiable que nos queda para arribar al “yo interno” y tener alguna pista sobre qué es lo que nos conviene. Así, un profesional confiable es aquel que nos pregunta con apertura e interés. Es aquel dispuesto a pensar junto a nosotros. Es aquel que conversa y aprende.

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