Hacer de la comida un regalo

COMER CON NIÑOS PEQUEÑOS

Cómo hacer de la hora de la comida un regalo para todos

A veces el inicio de la alimentación complementaria se vuelve un auténtico suplicio, pero si respetamos los deseos de nuestro hijo, todo es mucho más sencillo.

Laura Gutman

13 de abril de 2017, 20:59 | Actualizado a

Los primeros contactos de un bebé amamantado con la dieta sólida no se convertirían en una preocupación si dejásemos que el niño se acomodara a los cambios espontáneamente y accediera a los alimentos cuándo y cómo quisiera.

El destete lo decidís tu bebé y tú, nadie más

Lamentablemente, las mujeres solemos estar alejadas de nuestras intuiciones y aceptamos la imposición de conductas a favor del destete precoz, a veces incluso de manera socavada. La más común sucede a los cuatro o cinco meses de vida del bebé, cuando el pediatra entrega una “receta” con aquellos alimentos que el niño debe empezar a tomar, sin preguntar previamente a la madre cómo está ni qué desea.

La primera sensación de las madres es de agobio; pero, acostumbradas a dejar de lado nuestras percepciones, aceptamos.

Una entrada forzada al mundo de los sólidos

El bebé no lo ha pedido, la madre no lo necesitaba, y el puré de frutas resulta ser bastante menos nutritivo que la leche materna. Pero poco a poco vamos aumentando las raciones diarias de los nuevos sabores hasta que, en el mejor de los casos, el bebé acepta el alimento y va perdiendo interés o fuerza para succionar.

En ocasiones, un mes más tarde la producción de leche ha disminuido, hasta el punto de llegar a desaparecer, y entonces el niño se desteta muy tempranamente sin ningún tipo de necesidad, ya que nosotras teníamos disponibilidad y producción de leche suficiente como para seguir dándole de mamar el tiempo que ambos, tanto nosotras como ellos, deseáramos.

Que el bebé empiece a tomar alimentos sólidos a veces se convierte en un problema... porque aún no era el momento adecuado.

Antes de intentar ofrecerle comida, tendríamos que evaluar si al bebé “se le hace la boca agua” al ver comer a los padres o hermanos, o detectar si está desesperado por un pedazo de pan.

Incluso puede suceder que esté interesado en el pan, pero no en el puré, es decir, está interesado por experimentar sensaciones con la boca, pero no necesita alimentarse. Es importante comprender la diferencia y determinar si ese niño está maduro para empezar a tomar alimentos sólidos, y si la mamá también lo desea.

Nadie desde fuera de la relación madre-hijo tiene derecho a dar indicaciones generales sobre cómo y cuándo introducir un alimento si no se le ha pedido ayuda o consejo.

A medida que el niño vaya creciendo, la relación que adquirirá con la comida estará directamente relacionada con nuestra manera de vivir los rituales de las comidas. Es el momento ideal para convertirlo en un acto sagrado, que nos invite a comunicar, a compartir la vida cotidiana y a lograr el encuentro humano.

Sus quejas dicen mucho, ¡escúchalas!

En demasiadas ocasiones, cuando los niños necesitan brazos, encuentran cuna; cuando necesitan contacto, encuentran soledad..., y a los pocos meses reciben un puré a cucharadas: los colores son llamativos y las manos se desesperan por tocar, pero el mecanismo para disolverlo en el paladar aún es inmaduro.

Desde que nacen, los niños se entrenan para responder a las exigencias de los adultos. Cuando son capaces de permanecer sentados, comprenden que el tiempo es infinitamente largo y que los adultos persiguen a toda costa un objetivo claro: deben terminarse el plato de comida que tienen delante. Así es como cada comida es una pequeña guerra, un momento de tensión y de hartazgo entre niños y mayores. Y con el paso del tiempo, cuando los niños van cumpliendo años, la comida se acaba convirtiendo en un auténtico suplicio para toda la familia.

Es en ese ámbito, a la hora de comer, que aparece la exigencia como actitud preponderante. Es interesante notar cómo los niños más exigidos, los que reciben más presión, van perdiendo poco a poco la capacidad de saber qué es lo que realmente quieren.

Acostumbrados a responder siempre a los deseos del otro, se pierden en la propia búsqueda. No reconocen ni el hambre, ni la elección de alimentos, ni tan siquiera el placer de saborearlos. Muchos de estos niños terminan sufriendo desórdenes alimentarios (anorexia, bulimia, comedor compulsivo...), muy de moda hoy en día, o bien con un empobrecimiento, tanto de su sensibilidad como de su vitalidad.

Si los adultos tenemos en cuenta este tipo de “quejas” de los niños a la mesa, u observamos sus posibles desórdenes alimentarios, tendremos la oportunidad de interrogarnos a nosotros mismos sobre las prioridades y las ideas preconcebidas que la gran mayoría de los padres conservamos sin haber tenido nunca la oportunidad de cuestionarnos qué es lo que más nos importa, por qué y para qué. Entonces, es muy probable que nos demos cuenta de que no somos capaces de imaginar la mesa familiar de otra manera que no sea obsesionados con lo que los niños comen o dejan de comer.

Cada familia es diferente

Lo ideal será que los adultos intentemos construir un ambiente de bienestar, comunicación y crecimiento, ya que cuando hay tensión en las relaciones humanas, se obtienen peores resultados. También vale la pena revisar nuestro funcionamiento familiar rutinario, el cansancio de grandes y pequeños, y las necesidades específicas de cada uno. Me refiero a pensar en cada niño en concreto: cuándo tiene necesidad de alimentarse o cuándo es su momento ideal para sentarse a la mesa. Todo esto puede variar muchísimo en cada familia según los horarios, las edades de los niños o la elaboración de la comida. No hay recetas infalibles, al contrario, pero una buena propuesta puede ser que cada familia invente diversos y propios modos de comer con alegría.

La pregunta que solemos formularnos los padres es: ¿Cómo y cuándo se van a acostumbrar a comer sentados, a esperar...?

La respuesta es muy sencilla: poco a poco y en la medida que en la mesa “pase algo interesante”.

Si los adultos o los hermanos mayores conversamos, nos relacionamos, nos interesamos los unos por los otros, si hay alegría, nadie se lo querrá perder, ¡por pequeñín que sea! Cuando son menores de tres años, es preferible disponer de un tiempo exclusivo para darles de comer y después sentarlos, si lo desean, en la mesa, donde pueden compartir unos minutos con nosotros y luego bajar a jugar a nuestro alrededor mientras comemos.

La comida es un ritual sagrado, y como tal, es el momento perfecto para aprender a encontrarnos con nosotros mismos y con los demás. No hay fórmulas mágicas para que los niños aprendan a comer...

Pero si los adultos nos ofrecemos un espacio armonioso, los niños sabrán reconocer la dulzura y la calidez del amor parental.

Comerá cuando tenga hambre

Algunos niños parecen tener muy poco apetito. En esos casos, evaluemos la cantidad de azúcar que ingieren durante el día. Además, intentemos ofrecerles comida de calidad (alimentos saludables, frescos, sin procesar ni refinar...) en el momento del día en que muestran tener hambre, aunque sean las 11 de la mañana o las cinco de la tarde.

Hay ciertas horas del día en las que el niño come con ganas, pero si, por ejemplo, ese instante corresponde a la hora de la merienda, es probable que le ofrezcamos lácteos, panes o golosinas en lugar de cereales, vegetales o frutas.

Si un niño come buenos alimentos una vez al día, es más que suficiente. Recordemos que no es indispensable que el niño coma en el mismo momento que los adultos ni que se adecúe a los horarios convencionales de las comidas. Es mejor que respete su propio biorritmo.

Fuera de casa es momento de probar algo nuevo

Si los padres somos muy estrictos con la dieta de nuestros hijos, enviarlos a comer a casa de sus abuelos, de los tíos o de sus amigos nos resultará muy estresante, porque es probable que en esos lugares no sigan a rajatabla la alimentación que nosotros consideramos saludable.

Lo mejor será que nos relajemos. Los niños no viven permanentemente en esos sitios. De hecho, ingieren la mayoría de los alimentos en nuestro hogar. No es malo que tengan acceso a otras experiencias, incluso en el caso de que las consideremos “tóxicas”.

Nuestra propia apertura de criterios será, en sí misma, una lección para los niños.

Incluso con el tiempo, serán ellos mismos quienes calibrarán aquello que “les sienta bien” y aquello que los enferma o les produce dolor de barriga. Porque ser responsables de lo que comemos es algo que también aprendemos desde que somos pequeños.

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