Cómo recobrar la paciencia perdida

CRIANZA

Cómo recobrar la paciencia perdida

A veces nos sentimos superadas por las exigencias de la maternidad y sentimos como la calma que nos habíamos prometido mantener desaparece. Detectar el motivo real de nuestro enfado es el primer paso a dar.

Laura Gutman

13 de diciembre de 2018, 20:02 | Actualizado a

Podemos afirmar que con los niños perdemos la paciencia casi cotidianamente. Es lógico. La demanda es constante y, además, no siempre es fácil interpretar aquello que los niños piden o necesitan. En parte porque cuando son muy pequeños no cuentan con lenguaje verbal. Y cuando son mayores, aunque pueden hablar, no siempre son capaces de expresar fehacientemente lo que les pasa. Por eso, nuestro trabajo se multiplica: tenemos que escucharlos, comprenderlos, verificar si eso que hemos comprendido coincide con lo que les ocurre, satisfacerlos, acompañarlos... más allá de nuestra paciencia o nuestra capacidad. Es realmente agotador.

Sin embargo, cuando perdemos la calma, raramente es consecuencia directa de alguna demanda del niño. Lo que ocurre es que generalmente ya estamos hartas, ocupadas y superadas por situaciones externas a la relación con nuestro hijo. Problemas relativos a nuestro trabajo, a relaciones afectivas personales, temas económicos, dificultades con nuestra familia ascendente, discusiones maritales, historias pasadas cargadas de desamor... Pero la gota que colma el vaso aparece con un pedido cualquiera del niño.

Es importante que lo dejemos bien claro.

¿Por qué explotamos en ese instante y no en el contexto de otras situaciones conflictivas? En primer lugar, porque él está más a mano. Y además, porque sus demandas son permanentes y visibles. En cambio, las relaciones conflictivas o las dificultades históricas a veces no tienen un sitio claro donde manifestarse, sino que, por el contrario, forman parte de un continuum confuso y fastidioso que nos deja malhumoradas, incómodas y enfadadas.

Soluciones basadas en la sinceridad

Creo que es indispensable que registremos cuál es la verdadera mecha que enciende nuestra impaciencia, ya que de ese modo podremos resolver la cuestión en el plano que corresponde. Ahora bien, todos tenemos derecho a tener nuestros problemas. Pero, precisamente, si los detectamos, podremos compartir de alguna manera esas preocupaciones con nuestros hijos. No para que ellos se hagan cargo y sientan que no tienen derecho a pedirnos nada. No, eso sería abusivo. Pero sí para que sepan qué nos ocurre, para explicarles que en alguna oportunidad especial necesitamos que nos esperen o que guarden silencio durante un rato hasta que podamos ocuparnos correctamente de ellos.

Pedir a los niños que sean solidarios con nosotras es posible solo si tenemos absoluta claridad sobre lo que nos pasa y, por descontado, si estamos dispuestas a resarcirlos más tarde.

Este no debería ser un pedido “para siempre”, sino puntual en el tiempo y el espacio.

También es importante registrar que si estamos pasando por un período con varios problemas por resolver, necesitaremos ayuda externa, porque los niños pequeños no tienen por qué pagar el precio de nuestros desajustes. Además, el hecho de tener que prestar atención a nuestros hijos nos puede ayudar a decidir qué nivel de prioridad le vamos a dar a cada cosa.

Quizá la enfermedad de nuestro propio padre absorbe desde hace años toda nuestra energía y esta puede ser la oportunidad para decidir cuánta disponibilidad estamos dispuestas a seguir desviando hacia allí, quitándosela a nuestro hijo.

No estoy definiendo dónde es pertinente o no poner nuestra entrega o nuestra vitalidad. Solo afirmo que, cuando los niños nos sacan de quicio por el exceso de demanda, podemos estar ante una oportunidad perfecta para revisar la distribución de nuestro tiempo y nuestras fuerzas, y decidir desde una nueva perspectiva cuáles queremos que sean nuestras prioridades.

Otro recurso que puede resultarnos útil, es anotar en nuestra agenda –sí, como hacemos con tantas otras obligaciones– algunas franjas horarias reservadas para jugar con los niños. ¿Pero esto no tendría que surgir espontáneamente? No. Sobre todo si tenemos demasiadas cuestiones urgentes que resolver. Revisar nuestra agenda –y desistir de ir a una reunión, posponer una salida entre adultos o devolver un poco más tarde la llamada a un amigo necesitado– nos permite saber, registrar y tener presente que es un horario ya pautado y prometido a nuestro hijo. En caso contrario, el niño se pierde en un difuso lapso de tiempo de “estar en casa” entre llamadas de móvil, compras en el supermercado, preparación de cenas, baños, tareas de la escuela, atención de hijos mayores o lo que sea.

Insisto en que los niños nos sacan de quicio cuando se han cansado de llamarnos, probando otros modos para lograr, finalmente, nuestra atención.

En ese sentido, tienen razón y no hay motivos para enfadarnos con ellos. Al contrario, tendríamos que agradecerles que nos “recuerden” una y otra vez cuál es el orden y la prioridad en los asuntos que nos importan.

Recurrir a la compañía adecuada

¿Y si aún así perdemos la calma con frecuencia? Pues observemos si estamos demasiado solas. No es aconsejable que las madres estemos a solas con los niños pequeños. Necesitamos compañía. Buena compañía. Es decir, alguien que no interfiera ni que pretenda decirnos cómo hay que hacer las cosas con relación a los niños. No es eso lo que precisamos. Todo lo contrario, necesitamos alguien que nos escuche, nos avale y nos aporte ya sea un rato de presencia, ya sea una mirada global con recursos que sean beneficiosos tanto para nosotras como para los niños.

Las “soluciones” donde alguna de las dos partes se tiene que aguantar no sirven. Ya sabemos que la mayoría de los adultos opina que los niños se tienen que conformar con lo que hay. Si somos madres que sentimos que esta idea no encaja con nuestra idiosincrasia, no pidamos a esas personas que nos acompañen, porque serán nuestras principales depredadoras. Y luego, cuando esas personas se vayan de casa, quienes pagarán el precio de nuestro hartazgo y rabia serán, obviamente, nuestros hijos.

Por otra parte, en la medida de lo posible, será útil que reconozcamos nuestro hartazgo antes de estallar. Y que, en esos casos, podamos pedir ayuda a nuestra pareja –si tenemos una en casa–, explicándole que necesitamos un poco de aire, espacio, media hora de tiempo, caminar a solas o concentrarnos en una idea. Si somos capaces de registrar lo que nos está ocurriendo, pedir ayuda será factible. Cuanto más claramente manifestemos el pedido, más sencillo será para otro individuo ofrecernos su apoyo.

Con niños a nuestro cargo, la cotidianeidad no es un lugar paradisíaco ni un ambiente pacífico ni sosegado. Pero está en nuestra mano vivir rutinas domésticas amables.

Armonizar dos necesidades

El ocio y los momentos sin exigencias ni obligaciones son fundamentales para poder recuperar el equilibrio emocional que hemos perdido.

Tratemos de crear, al menos durante los fines de semana, algunos espacios en los que, realmente, no tengamos absolutamente nada que hacer. Ahora bien, “nada que hacer” quizá no se traduzca en ponernos a mirar tranquilamente una serie en la televisión.

Porque no estamos solos, sino que tenemos niños pequeños que pretendemos que no nos molesten. “Ocio compartido” es nuestra disposición a no hacer nada, pero observando a los niños.

El mejor ejemplo es sentarnos en la habitación de nuestros hijos para verlos jugar. Eso es todo. Mirarlos, sonreírles, permanecer, estar disponibles. Ese es el secreto. Los niños se calmarán inmediatamente por el solo hecho de saber que mamá está al alcance de la mano.

Reconectarme

Dispongamos y organicemos algún momento que sea placentero. No para cumplir con una obligación más, sino realmente para nutrirnos espiritualmente. Es importante reconocer que nuestro hogar se ha convertido en el lugar menos íntimo de todo el planeta, por lo tanto, cualquier cosa que queramos hacer seguramente sucederá fuera de casa.

Puede ser una charla con una amiga, un masaje descontracturante, la lectura de un libro sin interrupciones, un paseo en silencio, una reunión con amigos, una salida al cine, una limpieza de cutis... Algo que sepamos que nos hará sentir mejor y que nos dará fuerzas para continuar con la vida de todos los días.

Nos lo merecemos. Solo tenemos que organizar el cuidado de los niños eficazmente, de modo que luego no sintamos que tenemos que pagar un precio por un rato de bienestar personal.

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