Recupera tu confianza

MATERNIDAD PLENA

Cómo recuperar tu confianza como madre

Recuperar el criterio personal pasa por entrar en contacto con nuestras intuiciones. En ese instante, nuestro hijo se convierte en el guía más fiel.

Laura Gutman

2 de abril de 2017, 07:26 | Actualizado a

Tomamos decisiones permanentemente, en todos los aspectos de la vida, desde que somos niños. Poco a poco vamos comprendiendo las consecuencias de cada una de nuestras elecciones, y esos resultados nos permiten ir optando en la medida que tenemos más experiencias por las determinaciones que sabemos que luego nos depararán mayor confort o felicidad. Es así de sencillo. Según qué elegimos, obtendremos resultados diferentes.

Todos tenemos criterios personales, adquiridos tempranamente en nuestra familia, nuestra cultura, nuestra idiosincrasia o nuestros gustos. Cuando nos enamoramos, cuando elegimos pareja o amistades, no preguntamos a nadie qué opina al respecto. Solemos tomar en cuenta sólo los mandatos de nuestro corazón, y si luego nos equivocamos, pues asumimos nuestra responsabilidad. Pero no permitimos que nadie interfiera en nuestras decisiones, asumiendo que las elecciones de amor o de amistad son totalmente personales.

Ahora bien, llama la atención que incluso moviéndonos con total libertad y autonomía en todos los terrenos afectivos, laborales y sociales, haya un ámbito donde perdemos completamente nuestro criterio personal justo cuando más lo precisamos: apenas nace nuestro hijo. ¿Por qué?

Mirar nueve meses atrás

Para comprender bien este fenómeno, tenemos que remontarnos al inicio del embarazo. Hoy en día, en cuanto el test de embarazo da positivo, creemos que estamos en peligro y que necesitamos obtener algún tipo de seguridad médica. Es el primer error. Porque, salvo excepciones, no hay peligro alguno, ya que la naturaleza está operando sabiamente. El embarazo es un período que generalmente transcurre en perfecta salud. Hay transformaciones, sí. Requiere cierto control, por supuesto. Pero no desmedido.

¿Qué ocurre si abusamos de las visitas médicas? Va a depender del tipo de médicos que nos asistan. Hay profesionales que acompañan un proceso saludable y hay quienes creen que deben intervenir permanentemente y que el embarazo está lleno de riesgos. En el primer caso, el médico nos derivará a las comadronas, con quienes iniciaremos un intercambio de conocimiento mutuo y confianza, hecho que generará una mayor alegría, conexión y, por lo tanto, salud. En el segundo caso, nos enviarán todos los meses a hacernos análisis clínicos, donde, indefectiblemente, algún resultado no se ajustará con exactitud a lo previsto. Aunque nos sintamos bien, nos recetarán medicinas, vitaminas o minerales. Nos citarán para nuevos controles.

Y de ese modo iremos perdiendo la confianza en nuestro proceso natural, físico y emocional, entrando en un túnel de miedo y desconcierto.

El último mes de embarazo suele ser el peor de todos. Estamos más cansadas, tenemos deseos de atravesar un parto al que de alguna manera tememos, se multiplican las visitas médicas. Entonces empiezan las primeras amenazas: que si el bebé es demasiado pequeño, o demasiado grande, que si somos estrechas de caderas, o nuestra presión es baja, que si en la semana 38 ya podría nacer, que para qué sufrir, que si podría estar enredado en el cordón umbilical, que deberíamos recordar que nosotras mismas nacimos por cesárea, que la placenta envejece, que el bebé no está bien acomodado...

Percepciones invalidadas

En esta mezcla de miedos entramados, no sólo atravesaremos el parto en peores condiciones y nos someteremos a las afirmaciones de cualquier profesional o técnico sin atrevernos a buscar otras opiniones, sino que, además, perderemos confianza en nuestras intuiciones. Sospecharemos de nuestras sensaciones. Y restaremos validez a las percepciones sin nombre definido. Si arribamos en esas condiciones al parto, todo lo que suceda luego en presencia del bebé será más desconcertante todavía.

Ya hemos atravesado el proceso del parto relativamente infantilizadas, escuchando innumerables frases dichas como grandes verdades que la mayoría de las veces esconden prejuicios irrisorios.

Y así terminamos: doloridas, cortadas, anestesiadas, aisladas, y con una avalancha de consejos sobre “lo que debemos hacer” que nos arroja a un océano de inestabilidad e inseguridad apabullantes.

Una pérdida de confianza

El bebé está en nuestros brazos y llora. Ahora no son sólo los profesionales quienes nos dan indicaciones, algunas veces sin saber siquiera nuestro nombre, mucho menos nuestro origen, ni si tenemos otros hijos o no, o si tenemos pareja o una madre que nos apoye. Sin preguntarnos nada, opinan. Dan indicaciones. Y las mujeres recién paridas, desbordadas y perdidas, otorgamos un valor enorme a lo que opina quien sea que haya pasado por nuestro lado. En este punto, las opiniones del ginecólogo, de la enfermera, del médico de guardia, de la señora que entra en la habitación a hacer la limpieza, de nuestra propia pareja, de nuestras amigas, de la suegra o de nuestras hermanas, se convierten en un conjunto de supuestas verdades que nunca nos sentimos en condiciones de desarmar. Simplemente porque estamos perdidas, y porque hemos llegado al parto después un lento proceso de despersonalización y de pérdida de confianza en nosotras mismas.

Esto no sucede sin más. Acontece en los casos en los que no hemos sido protagonistas de nuestro parto, ni hemos asumido esa experiencia en total libertad ni con nuestro poder femenino al servicio de nuestra sexualidad. Si ése ha sido nuestro caso, difícilmente el encuentro con nuestro hijo ocurrirá en libertad y en sintonía con nuestra sabiduría interior. Si hemos permitido ser desposeídas de nuestra naturaleza y nuestro juicio personal, no sabremos qué hacer con el niño en brazos, y nos perderemos en los laberintos de las opiniones de los demás, sin conseguir llegar a ninguna certeza ni ninguna actitud satisfactoria.

Pero el problema no son las opiniones ajenas que siempre circularán, sino el nivel de desprotección emocional, despersonalización, deshumanización e infantilización que lentamente hemos ido acumulando hasta llegar a la situación en la que nos encontramos. Devenimos madres sin recordar absolutamente nada de nuestro sentido común, nuestro criterio personal ni nuestra manera original de encarar la vida.

Verdades surgidas del interior

Si registramos que esto es lo que está sucediendo, que formulamos demasiadas preguntas a los demás, o que estamos inundadas interiormente de opiniones que nos desestabilizan porque no sintonizan con las necesidades del bebé ni con las nuestras, hay una sola urgencia: recuperar nuestro criterio personal y nuestro sentido común, que pueden ser completamente diferentes a los de otras personas. Es indispensable permanecer en silencio. Apartarnos prácticamente de toda la gente que haya a nuestro alrededor. Entrar en contacto con nuestras intuiciones meditando, teniendo al bebé en brazos, percibiendo sus señales y sus efímeras manifestaciones, al igual que nuestras propias verdades que emergen de nuestro interior.

Y no preguntar a nadie, salvo a nuestro bebé.

Si no sabemos qué hacer, qué actitudes tomar, cómo calmar al bebe, cómo alimentarlo, cómo dormir, cómo atravesar las jornadas... tratemos de no definir qué es lo correcto. Sólo sintamos qué tenemos deseos de hacer. Dónde nos lleva nuestra intuición, que manifiesta la sabiduría organizada después de cientos de miles de años de evolución de nuestra especie.

Eso que brota de nuestro corazón no es un hecho aislado ni un capricho individual. Es consecuencia de un entramado histórico mucho más inmenso de lo que podemos imaginar, funcional y milimétricamente probado para la supervivencia de la especie humana.

Si no toleramos escuchar llorar a nuestro bebé es porque estamos programadas genéticamente para no dejarlo llorar, justamente porque la supervivencia de la cría depende de la satisfacción de sus necesidades. Por eso, no hay mayor devastación que abandonar la intuición personal, que no responde a ningún mandato, cultura, ni intereses sociales. El criterio personal sin necesidad de justificaciones ni razones funciona en las decisiones cotidianas respecto a la crianza cuando estamos en armonía con el lado más verdadero y sensible del alma femenina.

Reencuentra la armonía

Si estamos confundidas, preguntémosle a nuestro hijo qué necesita. El bebé lo sabe.

Por eso se constituirá en nuestro guía más fiel, absolutamente enlazado con nosotras. Y en la medida que, conectados, podamos fluir en el descubrimiento de las virtudes maternantes, todo lo que hagamos será correcto. No importarán las opiniones de los demás, porque nosotras constataremos que vivir en armonía con nuestro pequeño hijo nos resulta provechoso. El único aprendizaje está centrado en cómo calmar al bebé.

Si el bebé se calma, si está satisfecho, está feliz y confortable, es porque estamos haciendo las cosas como el bebé espera, es decir, todo está en orden.

Cuando hay estabilidad, placer y dulzura entre nosotras y el bebé, el mundo aparece sólo para proveer consuelo y comodidad. Entonces, usemos nuestra madurez emocional, nuestro criterio personal y nuestra fina intuición cuando más lo necesitamos: durante la crianza y el cuidado de los niños pequeños, que nacen y se desarrollan dependiendo de las decisiones que los favorecen.


Atrapadas en grandes prejuicios

Cuando somos profesionales de la salud o la educación, cuando nosotras mismas hemos estudiado y aconsejado durante muchos años de práctica profesional a otras madres, el desconcierto es mayor al encontrarnos con nuestro propio hijo en brazos.

Nuestros propios consejos no nos funcionan. Nuestros prejuicios, sostenidos por años de teorías y repeticiones de frases escuchadas, nos han amparado en el pasado, pero hoy, habiendo devenido madres, caen sin sentido frente a la inutilidad de sus supuestas ventajas. Tendremos que tener humildad, rendirnos a la evidencia de la sabiduría de los bebés, reconocernos como novatas y empezar de nuevo. Como si no supiéramos nada de nada.

Tensiones en la pareja

Es natural que todos estemos nerviosos frente a las decisiones que tenemos que tomar a cada instante:

  • ¿Tiene que volver a tomar el pecho?
  • ¿No debería ya dormir?
  • ¿Por qué le duele la barriga?
  • ¿Le molestará el pañal?
  • ¿Tiene calor?
  • ¿Mi leche sirve?
  • ¿Se da cuenta de que estoy nerviosa y por eso no se calma?

El cansancio y la intención de hacer lo correcto nos irrita, generando discusiones dentro de la pareja sobre qué es lo que deberíamos hacer.

Sin embargo, es indispensable que mantengamos la confianza en las intuiciones de la madre. Si somos el padre del bebé, permanezcamos disponibles, preguntando qué necesita de nosotros, aquí y ahora. Sin aconsejar. Sin agregar opiniones sobre qué debería hacer la madre en cada instante. Seamos capaces de minimizar nuestras pretensiones de tener razón.

Agreguemos buen humor y calidez. Estemos presentes. Hagámonos cargo del bebé sólo si la madre lo solicita. Y, sobre todo, recordémosle a la madre cuánto la amamos y qué orgullosos estamos de ella.