Compartir tus noticias difíciles con tu hijo

CRIANZA CON RESPETO

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Ocultar o minimizar nuestra pena no ayuda a nuestros hijos. Sólo si saben lo que ocurre, lo que sentimos, son capaces de sentir alivio.

Laura Gutman

22 de abril de 2018, 09:01 | Actualizado a

Si estamos pasando una situación que nos hace sufrir –un divorcio, el fallecimiento de un ser querido o la pérdida de un empleo–, hemos de tener en cuenta que los niños viven dentro del universo familiar y, por lo tanto, sienten, perciben, experimentan todos los sentimientos que nos atraviesan a las personas mayores. No es que los niños pequeños se den cuenta de lo que está pasando. No. Los niños saben lo que pasa porque pertenecen al mismo campo emocional que sus padres. Por esta razón, de nada sirve tratar de ocultar o minimizar el dolor.

Nombrar las emociones

Lo mejor que podemos hacer es poner palabras a eso que nos ocurre a todos. De ese modo, el niño encontrará alivio sencillamente porque contará con palabras que expliquen y acomoden los sentimientos ambivalentes o complejos que siente de todas maneras.

Que un adulto nombre lo que pasa trae consuelo al niño y mitiga su sufrimiento.

De lo contrario, carga con la angustia de sentir algo sin comprenderlo. Sin embargo, el niño necesita mucho más comprender nuestras reacciones, nuestros miedos, nuestros anhelos o nuestras contradicciones, que lo que sucede objetivamente. Es decir, no precisa saber que hay una crisis económica en España, precisa saber cómo viven esa incertidumbre su mamá y su papá.

Para que quede claro: el niño merece saber lo que sienten, anhelan o detestan sus padres. Porque en base al ordenamiento emocional que sus padres puedan hacer de una situación crítica, ellos podrán ordenar lo propio.

A los adultos nos ocurre exactamente lo mismo: en todo acontecimiento confuso necesitamos comprender qué está pasando, porque entonces contamos con herramientas para acomodar la rabia o el dolor.

Es frecuente que los padres tengamos miedo de dañar a nuestro hijo. En verdad, si no compartimos abiertamente los hechos que son evidentes en nuestra familia, lo estamos abandonando, pretendiendo que se arregle solo con sus fantasías, que serán mucho peor que la realidad.

Podemos perfectamente tener confianza en la sabiduría de los hijos, que además de comprender todo aquello que sea dicho con honestidad, también serán capaces de ser solidarios con nosotros.

  • Supongamos que muere alguien muy querido, por ejemplo, un compañero de trabajo de muchos años. En ese caso, creemos que si el niño no lo ha conocido, no sufre, y no hay que preocuparlo. Eso es falso.
  • Si la madre o el padre estamos dolidos, al niño le duele, aunque no sabe por qué. Si es pequeño, probablemente tenga manifestaciones físicas o de conducta que no relacionaremos con nuestra pena.
  • Llegó la hora de saber que nuestro hijo es nuestro, salió de nuestras entrañas, y vive exactamente lo mismo que vivimos los mayores.
  • Es nuestra obligación explicarle y aliviarle el dolor.

Expliquémosle qué nos pasa

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