Conflictos entre hermanos

CRIANZA CON RESPETO

Conflictos entre hermanos

Una pelea nos invita a incrementar nuestra presencia. Porque el conflicto no es más que una manera de reclamarnos.

Laura Gutman

12 de mayo de 2018, 16:26 | Actualizado a

Las peleas entre hermanos no son “normales” ni “anormales”. Cuando un hermano se pelea con otro es porque tiene una dificultad personal y no cuenta con herramientas para asumir ese problema de otro modo. Posiblemente, uno de ellos asuma el rol de “ganador” y otro el rol de “perdedor”; o bien uno será, en principio, más visiblemente agresivo que el otro. Pero, en realidad, las modalidades utilizadas no importan mucho cuando abordamos esta cuestión en profundidad.

No es imprescindible saber “por qué pelean”, sino que es necesario comprender qué es lo que están buscando a través de la pelea, sabiendo de antemano que el hermano no está en condiciones de ofrecérselo.

Una llamada encubierta

La mayoría de las peleas comienzan cuando los niños se quedan sin la mirada de un adulto. Esto es sumamente importante, ya que la mayoría de nosotros suponemos que los niños pueden permanecer solos o “jugando entre ellos” durante más tiempo de lo que realmente son capaces.

Con frecuencia, la pelea aparece como un modo posible de pedir ayuda; una especie de grito: “Auxilio, niño solo en su cuarto, que alguien venga a salvarme”. Claro, como esto nos resulta absurdo, porque suponemos que si estamos en la misma casa, el niño está exagerando, se produce la llamada: el niño entonces pega, o le quita los juguetes al hermano, o destroza sus torres de bloques, o le rompe el cuaderno. Lo que sea, siempre y cuando obtenga la presencia de un adulto.

Intercambio afectivo

El malentendido aparece porque los adultos pretendemos que el niño nos responda por qué pelea con su hermano. Pero no obtendremos una respuesta fehaciente, porque el niño no lo sabe. Sólo sabe que pidió ayuda a un adulto. Aunque tampoco él obtiene respuestas, porque recibirá un “eso no se hace”, un “deja tranquilo a tu hermano, que es menor que tú”, o, a lo sumo, un “ya basta, arregladlo entre vosotros”. Es decir, la nada misma.

Frente a una pelea entre hermanos sólo se puede hacer una cosa: ingresar en la dinámica, permanecer, establecer una actividad, una conversación, un juego... lo que sea. Si hay intercambio afectivo, el niño no necesitará nada más, y el conflicto desaparecerá.

  • Los menores de siete años necesitan momentos de mirada exclusiva de un adulto. Y muchas veces no la obtienen. Debilitados emocionalmente, cualquier situación los desestabiliza, y desbordan hacia lo que está más a mano.
  • En el hermano descargan la frustración, el enfado o el cansancio, y lo peor que podemos hacer es culparlos o castigarlos. Al contrario, merecen mayor comprensión y presencia.
  • La satisfacción emocional de los niños depende de los mayores. Si los niños se pelean, revisemos si podemos mirarlos más, para que obtengan cobijo y resguardo.

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