Crecer con los hijos

LIBRO RECOMENDADO

Crecer con los hijos

Todo aprendizaje real es mutuo. Acompañar a nuestros hijos en cada una de sus etapas de desarrollo, disfrutar de sus iniciativas y descubrimientos, nos ofrece esa magnífica oportunidad.

Rebeca Wild

16 de diciembre de 2018, 07:00 | Actualizado a

El siguiente texto ha sido extraído y adaptado del recomendable libro Etapas del desarrollo, de Rebeca Wild (Herder)

Cuando nace su primer hijo, muchas mujeres se sorprenden al descubrir su instinto materno. Pero conectar con ese instinto, que tiene su origen en el sistema límbico con las estructuras cerebrales, requiere de decisiones de diferente cariz, y en cierta manera depende también de las características del entorno social. Aunque al comienzo, huelga decirlo, los adultos tenemos algo en común: al coger un bebé en brazos, lo acercamos a nuestro corazón de la manera más natural posible, lo que nos despierta un instantáneo sentimiento de amor.

Pero los niños crecen y comienzan a hacer una serie de cosas que no entendemos y que a veces nos molestan. Encontrar en cada situación un nuevo equilibrio entre las propias necesidades y las del niño ya es el primer paso importante para que no solo los niños, sino también los adultos, podamos madurar.

Dado que los niños pequeños lloran con bastante frecuencia, esto incluso puede activar nuestro talento musical: ¿Es un llanto de desahogo por un sufrimiento antiguo o actual, o un llanto de protesta por la manera como lo tratamos, a lo mejor porque no diferenciamos entre sus necesidades de atención dividida y sus necesidades de autonomía? ¡O tal vez es un llanto de manipulación para conseguir algo, o porque el hijo siente que los padres siguen las ideas de otros y no son auténticos en su relación con él!

¿Reaccionamos con ira o impaciencia cuando un hijo se enoja o se entusiasma en el momento menos esperado, cuando exige nuestra atención justo cuando estamos ocupados, o logramos detenernos un rato, analizando si las circunstancias son adecuadas para las necesidades del niño y tratando de modificarlas?

¿Nos parece normal comportarnos con un niño de manera como no nos atreveríamos a tratar a un adulto que nos viene a visitar, por ejemplo, diciéndole con un tono imponente: siéntate, cállate, pórtate bien, no te da vergüenza, come lo que te doy, deja eso, date prisa?

Al estar con niños, ¿cuidamos de nuestras propias emociones y tratamos de sentir si ahora es el momento adecuado para poner un límite claro, pero con una actitud de amor y sin alterarnos?

O cuando estamos ocupados, ¿decidimos interrumpir lo que estamos haciendo para prestarle la debida atención?

Al observar sus actividades en la temprana infancia, ¿estamos dispuestos a reflexionar sobre lo que le llama la atención: la forma, la textura, el tamaño, el color, el olor u otra característica de los objetos? O en la etapa operativa, ¿nos damos cuenta de en qué estadio de crear su propia lógica está el niño, o nos orientamos simplemente por su manera más o menos cuerda de utilizar el idioma?

Realmente, alcanzamos un sentimiento de paz y placer cuando logramos entrar en sintonía con el estado de los niños, pero cada vez que creemos que ya sabemos cómo tratarlos, ellos siguen creciendo, no solo de estatura sino también en sus conexiones neurológicas, de forma que recibimos señales que indican que ahora tienen nuevas necesidades, lo que significa que nosotros también podremos crecer si nos abrimos a lo desconocido, tal como hacen ellos.

Por ejemplo, ¿manejamos el idioma como lo hemos absorbido de nuestro entorno social cuando éramos pequeños? ¿Abrimos la boca antes de pensar, sin esforzarnos en buscar en cada situación las palabras adecuadas, tal vez reaccionando con irritación, con un tono de voz enojado, instructivo o de cariño artificial?

Esta manera bastante frecuente de usar el idioma sin una consciencia real, quizá como arma o para sacar a flote nuestros malestares, se podría transformar en algo positivo si, antes de hablar, nos tomáramos el tiempo de reflexionar sobre las circunstancias del momento, sobre lo que pasa dentro de la otra persona y sobre nuestro propio estado interno. Entonces, experimentaríamos que también nuestro lenguaje pasa por procesos de desaceleración, algo que conlleva una aportación a nuestro desarrollo individual, no importa la edad que tengamos.

Estas reflexiones nos sirven también de guía para seguir enriqueciendo los ambientes en los cuales los niños pueden interactuar, aunque justo al estar cerca de ellos nos daremos cuenta de si nuestras ideas coinciden realmente con sus necesidades auténticas. De este modo, se nos confirma en cada nueva situación que todo aprendizaje real es mutuo, y que podemos crecer juntos con los niños. Aunque tal vez parezca una contradicción absurda, el camino hacia la independencia se va cimentando mediante la seguridad de un acompañamiento de amor, respeto y comprensión en circunstancias en las que el niño no tiene que amoldarse a nuestras expectativas para ganarse nuestro amor. Y al avanzar por ese camino junto a los niños, nos puede también resultar más natural relacionarnos de la misma manera con otros adultos.

Un enfoque educativo equivocado

El problema es que nuestra propia educación se ha concentrado en la transmisión de técnicas y de conocimientos, y eso con la expectativa de un aprendizaje dentro de un marco de tiempo y resultados predefinidos. Este enfoque puede ser útil en ciertos casos: si, por ejemplo, un carpintero hace bien su trabajo, puede estar seguro de que sus muebles son fuertes, bonitos y sirven para lo que los han hecho. Sin embargo, no tenemos estas certezas cuando nos dedicamos a “trabajar” con niños, ni siquiera en el momento de hacer un “trabajo” para nuestro propio desarrollo, pues la vida no es un sistema cerrado, sino algo tan íntimo y a la vez tan infinito que lo único que podemos hacer es tomar contacto con los procesos vitales en cada nueva situación.

Por supuesto, este camino está abierto a cualquiera de nosotros, si tomamos la decisión de crear ambientes enriquecidos con cosas interesantes, donde los niños puedan abrir los ojos frente a un proceso de desarrollo auténtico que les lleve a palpar oportunidades y actividades nunca antes imaginadas. Un ejemplo simple: cuando hacen construcciones con múltiples materiales, ¿vemos solo los resultados de sus esfuerzos o nos preguntamos qué efectos tienen estos ejercicios para sus estructuras neuronales?

Yo, por ejemplo, al estar cerca de la actividad del niño, percibo como un clic en mi cabeza cuando hace sus conexiones cerebrales, a pesar de que no estoy segura de si sus interacciones con los objetos despiertan en él el recuerdo de algo vivido, una nueva comprensión o las ganas de aventurarse en nuevas experiencias. Y sonrío, porque me viene la pregunta de si tal vez era esto lo que Sócrates quería decir con sus famosas palabras: “Solo sé que no sé nada”.

Amor con respeto mutuo

Muchas personas que hacen todo lo posible para crear ambientes relajados dudan sobre si un niño tan pequeño ya necesita límites claros cuando sus interacciones son dañinas para sí mismo, para el entorno físico o social. He aquí otro asunto determinante: ¿cómo poner límites claros con amor y respeto?

Nuestras experiencias nos han confirmado que los niños necesitan alrededor de tres años de experiencias de límites claros, de las cuales se deducen con el tiempo las “regularidades”, hasta que madure su capacidad de percibir las “reglas” como algo importante para mantener el ambiente relajado.

Solamente en un ambiente así, que en esta edad requiere todavía de mucha seguridad de acceso a la madre, son posibles los procesos de desarrollo desde dentro hacia fuera, que llevan a una calidad vital humana, ya que la actividad espontánea, que conecta al ser interno con el mundo externo, solo puede florecer si la persona se siente realmente segura en sus relaciones cercanas y no tiene que protegerse contra peligros activos, imposiciones y manipulaciones.

Cuando tomamos en serio la idea de que hasta los niños más pequeños son individuos con su propio “programa interno”, que tienen mucha necesidad de entrar en contacto con nosotros, comenzamos a comprender la importancia de confiar también en el potencial de crecimiento de nuestra propia individualidad; así seremos más cautelosos cuando, simplemente, nos dediquemos a repetir las costumbres y enseñanzas de otros.

Para saber más

Rebecca Wild (1939- 2015) estudió filología germánica y pedagogía. En 1961 fundó junto a su marido el Centro Educativo Pestalozzi, poniendo en práctica por primera vez su idea de educación no directiva.

Cuando Rebeca y Mauricio Wild se conocieron enseguida descubrieron que tenían algo importante en común: “los dos estábamos convencidos de que las circunstancias bastante agobiantes en las cuales habíamos crecido no deberían determinar nuestro futuro, y que dependía de nosotros explorar las posibilidades de vivir de otra manera”.

Inscribieron a su primer hijo en una escuela común en Ecuador, pero con el segundo tomaron una decisión: continuar con una “educación no directiva”, favoreciendo las actividades espontáneas de los niños.

Así nació el Centro Educativo Pestalozzi, el Pesta, un lugar donde, en la medida de lo posible, “brindarles circunstancias enriquecedoras sin peligros activos y darles mucha atención y respeto a sus procesos de vida”.

Desde 2005 dedicaron sus energías a El León Dormido, un entorno comunitario en el que los niños y los adultos crecen juntos.

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