Crecer en pareja gracias a los hijos

CRIANZA

Crecer en pareja gracias a los hijos

La llegada de un bebé nos puede convertir en adultos más dialogantes y comprensivos. Apoyados en la compañía que hemos elegido, el esfuerzo habrá valido la pena.

Laura Gutman

31 de marzo de 2018, 14:24 | Actualizado a

Solemos decir que durante las crisis vitales se ponen a prueba nuestras virtudes y nuestras limitaciones. Los acontecimientos difíciles suelen ser los que nos obligan a madurar emocionalmente y, en consecuencia, logramos mayor crecimiento espiritual. Pues eso mismo sucede cuando nacen nuestros hijos: es tal vez uno de los mayores desafíos en la vida de un adulto, sobre todo porque queda en evidencia la capacidad o discapacidad dadora, la disponibilidad o la generosidad a favor de las necesidades del prójimo.

Decirlo es fácil, pero concretarlo cada día es muy difícil.

Las parejas organizamos nuestros propios acuerdos que, en general, funcionarán bien mientras cada uno de los miembros cumpla con lo pactado al inicio. Si una mujer pactó que sería siempre cariñosa con el hombre, pues en la medida que siga siendo cariñosa, las cosas irán bien. El hombre puede haber pactado ser responsable económicamente; mientras esa realidad no se modifique, la pareja estará en sintonía.

A veces, hay factores externos o internos que obligan a cambiar el “contrato” firmado entre los dos miembros de la pareja. Si ambas partes están dispuestas a modificarlo, eso significa que llegan a un nuevo acuerdo afectivo. Pero, a veces, alguno de los miembros no quiere o no puede cambiar, pretendiendo que las cosas no se muevan de su lugar. En esos casos, puede suceder que la pareja llegue a su fin.

Cuando planeamos tener un hijo, solemos ponernos de acuerdo en el deseo y el amor que esperamos prodigar al niño. Hasta ahí las cosas funcionan y –salvo excepciones– es bastante frecuente que la etapa del embarazo sea un período de esperanza, de alegría, y repleto de buenas intenciones.

Las complicaciones aparecen con el niño real. Porque el niño real se lleva nuestro tiempo personal, nuestro tiempo de pareja, nuestro tiempo de ocio, nuestra comodidad, nuestros descansos, nuestros placeres cotidianos... y prácticamente todos los lugares, encuentros y actividades que hacíamos en pareja, libres de demandas y de obligaciones.

Tiempos muy complejos

Es lógico que sintamos que la pareja se resiente. Claro, se resienten el confort y el placer que disfrutábamos juntos. Empieza un período arduo, crítico, complejo, exigente e incómodo. Es importante saber que esto es así. Es lo común y corriente.

El bienestar de la pareja ya no será la prioridad, sino que la prioridad será satisfacer las demandas del niño pequeño. Tendremos que resignarnos a perder durante un tiempo ciertos placeres y satisfacciones personales. Y eso nos duele.

Es posible que uno de nosotros reaccione con rabia, poniéndose a pelear por un espacio que ahora está ocupado por nuestro hijo.

También puede suceder que la mujer devenida madre se sienta abandonada, o bien que el hombre devenido padre se sienta abandonado o menos amado por su mujer.

Ambos estamos agotados. Ambos queremos dormir y no podemos. Las mujeres perdemos el apetito sexual y los hombres suelen traducir esa situación como falta de amor. Los hombres escapan hacia actividades fuera del hogar y las mujeres también traducimos eso como falta de amor. Es decir, se instalan los malentendidos.

Justamente –como es un momento crítico– no tenemos más remedio que conversar mucho más que antes, apelar a nuestra mayor madurez emocional y tratar de crecer.

Tenemos que convertirnos en adultos mucho más respetuosos, comprensivos y capaces de mirar las realidades emocionales con lentes más amplias y bondadosas.

Eso es crecer en pareja. Es muy difícil, ciertamente, pero si ha llegado un niño a nuestras vidas, es porque estamos en condiciones de superar vivencias infantiles, reclamos obsoletos y exigencias desmedidas que nos remiten a nuestra propia niñez, pero que nada tienen que ver con el altruismo que requiere la situación.

Proponer nuevos pactos

La pareja debería ser el lugar donde conversar honestamente sobre todo aquello que nos pasa, sobre los recuerdos que emergen, sobre las rabias contenidas, sobre los deseos o las fantasías que no se han concretado.

También es el momento de mirar a nuestra pareja a los ojos y recordar cuál fue el contrato que habíamos firmado, y si ahora no podemos sostenerlo, proponer un nuevo convenio que nos comprometeremos a cumplir. Para ello, será indispensable abrir el corazón, relatar a nuestra pareja las fantasías que habíamos tejido con relación a nuestra vida en presencia del niño, reconocer nuestras limitaciones y pedir ayudas que sean lógicas teniendo en cuenta la realidad del otro.

Del mismo modo, apoyaremos a nuestra pareja para que también se sienta libre de relatarnos qué le pasa y qué espera de nosotros en un momento tan crítico como es el que estamos viviendo. Y trataremos de responder a algunos de los requerimientos o necesidades que nuestro cónyuge manifiesta.

Todos tenemos que dar un poco más que antes. Todos estamos haciendo un gran esfuerzo. Todos estamos cansados. Pero no sirve de nada echar las culpas al otro. Eso sería retroceder unos cuantos casilleros en la capacidad de amar. Por el contrario, cuando el agotamiento físico y emocional está a punto de hacer estragos, siempre podemos apoyarnos en la capacidad de dialogar con la persona que amamos.

Tenemos una crisis de pareja

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Desoír voces externas

Hay algo más a tener en cuenta: no escuchemos a quienes nos hablan mal de nuestra pareja. Son palabras tóxicas. Podemos sentir algo de alivio al creer que alguien “nos comprende”, pero ese alivio es pasajero. Luego queda una carga de frustración y de distancia que no resuelve absolutamente nada.

Enfoquémonos en los diálogos y en la confianza que siempre hemos tenido con nuestra pareja. Si creemos que está demasiado enfadada, es el momento perfecto para no esperar un minuto más e invitarla a conversar.

Sin reclamaciones. Sin quejas. Sin exigencias.

Hablando en primera persona y siendo cariñosos con relación a lo que nos ocurre. No hay nada que traiga más alivio a nuestras vidas que la verdad interior.

La mejor compañía

Estar en pareja es un modo de vivir la vida. Pretendemos ser amados, pero para lograrlo es indispensable amar y estar al servicio del otro. Podremos valorar la vida en pareja cuando sepamos que somos verdaderamente capaces de afrontar juntos todas las adversidades, que habitualmente no son románticas, sino por el contrario, duras de vivir. Tener un bebé o varios niños pequeños en casa puede resultar romántico en el ideal colectivo, pero los niños de carne y hueso, y los días concretos y las noches concretas, tienen su aspecto desgastante y abrumador.

Sin embargo, si no estamos solos, si nos apoyamos en la compañía que hemos elegido para vivir nuestra vida, el esfuerzo habrá valido la pena. No perdamos la oportunidad de crecer, de madurar, de comprender y de volvernos más listos, especialmente cuando ese desarrollo lo podemos hacer en compañía de un ser amado.

La ternura inesperada del hombre

  • La presencia de un bebé en casa puede hacer aflorar en el hombre la ternura que tenía guardada y que en el pasado no había tenido oportunidad de expresar, quizás porque no formaba parte de su personalidad o, simplemente, porque nunca había sentido ese nivel de delicadeza y bondad que le despierta el recién nacido que hoy tiene entre sus brazos.
  • Para las mujeres, este cambio puede ser una agradable sorpresa. Se abre, además, la posibilidad de entrar en contacto con ese lugar más tierno del varón, permaneciendo en fuerte sintonía con un período que nos arroja a un mar de sensibilidad e intuición.
  • Si el hombre se permite vivir y manifestar sus sentimientos y su amor infinito hacia el niño que hemos engendrado juntos, esta puede ser también la oportunidad de experimentar –en pareja– una nueva mirada sobre nosotros mismos y sobre el mundo en general. Una mirada con mayor profundidad, otorgando prioridad a lo que realmente vale la pena, sin malgastar energía en temas superficiales y apoyándonos mutuamente para que el amor hacia el hijo se convierta en nuestro mayor desafío.
  • Es el momento también de descubrir en nuestra pareja aspectos bellos y humanos que no solía demostrar con frecuencia antes de convertirse en padre, pero que ahora nos hacen recordar por qué lo habíamos elegido precisamente a él.

Ahora somos responsables

  • Convertirnos en madre y padre de un niño nos obliga a caminar juntos un camino de por vida. Lo deseemos o no, compartimos la responsabilidad por el bienestar de nuestro hijo. En este aspecto no hay vuelta atrás: hemos devenido adultos definitivamente, ya que hay otra vida que depende de nuestras decisiones, nuestra capacidad de amar y nuestros cuidados.
  • Podemos convivir en pareja o no, podemos querernos como antes o no, pero seguiremos siendo la madre y el padre del niño, es decir, somos ambos responsables. Lo ideal sería ponernos de acuerdo sobre todo aquello que atañe a la crianza del hijo en común, valorando en primer lugar aquello que el niño necesita en lugar de poner el foco en aquello que nos gustaría o que nos parece adecuado.
  • Apoyémonos mutuamente cuando alguno flaquea o se queda sin fuerzas o está acaparado por otros problemas cotidianos.

Seamos como dos caballos que tiran del carro en la misma dirección.

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