Crecer sin premios ni castigos

CRIANZA RESPETUOSA

Crecer sin premios ni castigos

No hay nada más injusto y frustrante para un niño que pensar sus acciones en virtud del amor y la aceptación que recibirá de sus padres.

Laura Gutman

13 de abril de 2018, 06:44 | Actualizado a

Si los adultos fuéramos cada día a trabajar sabiendo que nunca lograremos alcanzar las expectativas que nuestro empleador tiene proyectadas en nosotros, y que, por lo tanto, seremos castigados por no cumplir con sus deseos, nuestra vida sería horrorosa. Realmente sería una vida indigna. Solo en las películas que narran historias de tiempos pasados aparecen esas escenas desgarradoras de individuos poderosos, que haciendo uso y abuso de su inmenso dominio, someten a los más débiles, pretendiendo que entiendan la vida, la moral y las costumbres tal y como el gran soberano desea vivirlas.

Viéndolo así, nadie puede dudar de que en esas historias se relatan hechos terriblemente injustos, quedando también en evidencia la ignorancia de quien supuestamente tiene autoridad. El poderoso que somete al más débil suele ser un verdadero miserable.

Esto que nos subleva al evocar las narraciones de dominadores y sometidos, creyendo que la arbitrariedad en la historia de la humanidad es cosa del pasado, resulta que forma parte de nuestra vida cotidiana cuando se trata de las relaciones entre las personas mayores y los niños.

Relaciones muy desiguales

Si fuéramos capaces de revisar con honestidad la cantidad de actitudes o respuestas que esperamos de los niños, y el esfuerzo que ellos hacen para satisfacernos, veríamos que la relación es absolutamente desigual. Abundan los supuestos sobre todo lo que los niños “deberían” hacer para ser buenos y educados.

Los mayores nos valemos de esas creencias para someterlos sin llegar a verificar si “eso” que esperamos es adecuado para la edad que tiene el niño, si sirve para algo más que para complacernos, si tiene algún valor, o si simplemente repetimos actitudes que nuestros padres han tenido con nosotros y ahora decidimos perpetuarlas porque sí. Es decir, los adultos esperamos algo que se nos ocurre, lo que sea: que el niño coma quieto en la mesa, que juegue un rato solo, que diga “gracias” y “por favor”, que nos ayude con su hermano menor, que sonría cuando alguien le habla en la calle, que le gusten las legumbres, que no interrumpa cuando alguien está hablando o que tenga paciencia. Sobre todo eso: paciencia.

Algunos niños no lo lograrán nunca. Esos son los que terminarán castigados. Otros niños lo lograrán casi siempre: esos recibirán premios.

La mala noticia es que tanto unos como otros estarán alejados de su condición de niños, perdiendo a cada instante el hilo invisible que los une con lo más sagrado que hay en su interior: el propio ser esencial. Y se convertirán en seres totalmente confundidos, sin saber qué es bueno o malo según sus propias percepciones.

¿Entonces no sirve de nada premiar a los niños cuando hacen algo “bien”? ¿No sería esta una buena manera de que registraran las buenas acciones para luego volverlas a repetir? El problema es que tendríamos que revisar qué es una “buena acción” para cada uno de nosotros.

Recompensas de origen incierto

Cuidar de un hermanito puede ser una tarea noble, si surge del amor que circula en la familia, de la solidaridad que el niño siente en todas sus formas y, por lo tanto, de la manera natural con la que el niño se relaciona –por imitación–, conectado con una modalidad que es permanente y de la que también es beneficiario.

Pero cuidar de un hermanito, o de varios, porque está obligado a ser más maduro que su propia madre, o porque se responsabiliza de las atenciones que hay que prodigar en un escenario donde no hay ningún adulto cumpliendo con las funciones que le atañen, entonces eso ya no es una buena acción, eso es aprovecharse de un niño, que siendo dependiente de los cuidados maternos, hará lo que sea necesario para sentirse amado.

Si ese niño –obligado por las circunstancias, esperando recibir cuidados solo en la medida que satisfaga a su propia madre– recibe algún premio por haber cuidado a un hermano, estamos hablando de abuso. Es decir, el niño, esperando un nuevo premio, volverá a cuidar a su hermano. Pero dentro de su corazón no estará creciendo afecto hacia su hermano pequeño ni el calor del reconocimiento amoroso de los adultos que deberían cuidarlo y amarlo sin condiciones. Solo hay uso y abuso de alguien más débil, que responde a una orden porque no tiene otra opción.

Los premios funcionan otras veces como promesa: “Si te comes toda la verdura, luego saldremos a dar un paseo”. Ahora bien, el niño quizás se trague alguna zanahoria, pero seguramente no logrará comer tantas como el adulto considera necesario, con lo cual el paseo quizás no se concrete, o el adulto encontrará que hay algo que el niño no hizo del todo bien. Para colmo, el niño terminará por odiar las zanahorias y, además, sentirá una permanente traición: No importa cuánto intente satisfacer a sus padres, nunca estarán contentos.

O bien, haga lo que haga, nunca lo amarán como es –un niño al que no le gusta la verdura, a la que, de hecho, detesta–. Eso se llama frustración. Y no hay nada más debilitante que la frustración, porque no hay horizonte al cual arribar.

Comprender qué está sucediendo

Los castigos son aún más desestabilizadores. Porque usualmente las escenas comienzan al revés: no a partir de un pedido del adulto sino a partir de un pedido del niño. Pero como los padres no escuchan, o no comprenden o minimizan o descartan “eso” que el niño pidió, este se ve en la obligación de desplazar el pedido hacia una modalidad diferente, más “escuchable” por el adulto.

Por ejemplo, un niño pide a su madre que lo acompañe a mirar la tele. La madre le responde que no tiene tiempo. Luego el niño pide a la madre que se siente a mirar cómo juega. La madre le responde que para qué quiere que se siente a mirarlo. La madre sale de la habitación. El niño, desesperado y solo, pega al hermano menor. La madre regresa velozmente y le impone un castigo. También recita un discurso completo sobre por qué es muy malo pegar a los hermanos, sobre todo si son pequeños.

El niño no escucha, simplemente se siente solo.

Como no está pendiente de lo que le dice su madre, esta lo castiga aún más. Por ejemplo, le dice que permanecerá en su habitación hasta que llegue la hora de irse a la cama. Es decir, se queda más solo que antes. Ese castigo nunca le servirá al niño para “aprender” que no tiene que pegar a su hermanito. Lo único que ha interpretado es que está solo y que seguirá estando solo en este mundo, que nadie lo ama ni lo comprende.

Ningún castigo ha servido jamás a ningún niño (ni tampoco a ningún adulto) para rectificar una necesidad personal de ser amado.

Insistiremos siempre, pese a todo, en reclamar amor, por más castigos y soledades que suframos. Insisto en la comparación con tantos dramas, leyendas, películas antiguas o modernas, donde a pesar de los castigos, el héroe tiene un solo objetivo; seguir su camino. El niño hará exactamente lo mismo: no hay castigo que le ayude a comprender lo que le está sucediendo, porque generalmente nadie ayuda a los más pequeños a poner palabras a eso que les pasa. Por lo tanto, persistirá en sus pedidos desplazados, aunque cada vez será menos tenido en cuenta.

Instalados en la injusticia

Es habitual que dentro de una misma familia haya niños que sean permanentemente castigados, y otros permanentemente premiados. Nada más cruel para unos y otros. Somos los padres quienes generamos la división, la distancia, el odio y el rencor entre los hermanos. Quienes suelen estar castigados sentirán que sus hermanos obtienen el amor familiar al que ellos no acceden.

Pero resulta que quienes son premiados sentirán que sus hermanos tienen libertad, que no están obligados a responder a las exigencias paternas o maternas, porque “ya se sabe” que son niños imposibles, desobedientes o muy malos. Con lo cual, visto desde el punto de vista del niño encerrado en su obligación de satisfacer los deseos de los mayores, la situación del hermano da mucha envidia. Porque aquel que recibe premios tampoco es visto, ni amado, ni tenido en cuenta. Solo es un niño usado para la satisfacción de las personas mayores.

Los premios y los castigos no sirven para nada. Intentemos recordar en cuál de esos dos personajes fuimos encerrados cuando éramos niños. ¿Nuestros padres nos castigaban a menudo? Recordemos entonces el odio, la rabia, la impotencia y las fantasías de venganza que surgían de nuestro interior. ¿Fuimos el niño que eternamente cuidó a mamá? Tratemos de rememorar entonces la prisión, la timidez y la quietud que nos abarcaban. Solo eso.

Niños felices sin recompensas

Si un niño es feliz, si vive feliz, juega, ríe, explora, se relaciona y crece... Si un niño se siente pleno, amado, comprendido, mirado, atendido, cuidado y cobijado, simplemente actuará en armonía con su tranquilidad.

Entonces será fácil y fluido vincularse con él. Aunque ese niño no necesita premios. Su mayor premio es sentirse bien. No se le ocurre pedir a cambio algo más que su propio bienestar. Sin embargo, es posible que ese niño sea especialmente generoso y que esté saludablemente atento a las necesidades de los demás, adultos incluídos.

Paradójicamente, es posible que responda positivamente a los deseos de sus padres. Sin embargo, esos deseos estarán centrados en la armonía del niño, no surgirán de las necesidades no satisfechas de los padres. Toda una diferencia.

Actitudes que causan daño

Si un adulto castiga a un niño pequeño, simplemente está abusando del poder de ser mayor. Es evidente que se alimenta de la superioridad. Es decir, ese adulto o es emocionalmente muy débil o está hambriento hasta el punto de tener que nutrirse de algo tan básico y elemental como es el sufrimiento de alguien que es más débil que él.

Todo esto es triste y absurdo. ¿Acaso nos sentimos mejor cuando le hacemos daño a un niño? ¿Nos creemos así más poderosos, hábiles o fuertes?

Aparentemente estamos “actuando” nuestra revancha, después de haber vivido castigos crueles cuando éramos niños. Y, lamentablemente, no tenemos ni siquiera la valentía de enfrentarnos con nuestros propios padres, con quienes tendríamos que revisar nuestros vínculos. Preferimos perpetuar esas dinámicas injustas con nuestros hijos.

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