Criar a nuestros hijos sin presión

SLOWPARENTING

Criar a nuestros hijos sin presión

Nuestro desafío como padres es pensar en el futuro sin perdernos la magia del presente, alejando a los hijos de exigencias propias de adultos. Dejar paso a la intuición y olvidarnos de recetas milagrosas.

Carl Honoré

2 de octubre de 2018, 09:27 | Actualizado a

Hoy es más fuerte que nunca la presión para empezar a trabajar antes de hora y comenzar con ventaja.

La ciencia ha demostrado que un bebé es la máquina de aprender más potente del mundo. Usando funciones de marionetas en las que desaparecen personajes, los investigadores han demostrado que los bebés son capaces de entender la idea de “permanencia de un objeto” −cuando mamá sale de la habitación no deja de existir− a las diez semanas, no a los nueve meses como se creía.

Un estudio de 2007 concluyó que pueden distinguir distintas lenguas sólo observando el rostro del hablante: bebés de cuatro meses miraron un vídeo donde aparecía un adulto hablando inglés o francés, con el volumen bajado; cada vez que el hablante cambiaba de lengua, se despabilaban y prestaban más atención.

Todo bebé experimenta un Big Bang neuronal que establece la red de conexiones sinápticas que en años posteriores se ordenará y pulirá. Para sacar máximo provecho de esta fase temprana de construcción cerebral, los bebés necesitan estímulos.

Lo mismo se aplica al reino animal. En una serie de conocidos estudios, ratas criadas con otras ratas en una gran jaula llena de juguetes desarrollaron cerebros de mayor riqueza neuronal que los que se criaron solos en jaulas pequeñas y vacías.

El problema es que este tipo de indagación ha entrado en el torrente sanguíneo cultural en forma de decreto taxativo: cuantos más estímulos reciba su bebé, y cuanto antes, más inteligente será. Y si no se saca el máximo de este desarrollo neuronal temprano, la ventana de las oportunidades se cerrará de golpe a los tres años y ya puede decir adiós a la universidad.

De ahí no hay más que un pasito a los altavoces que se sostienen pegados a la barriga y que llenan el útero de música “enriquecedora para las neuronas” o al cochecito I'coo Pico cuyo soporte iPod integrado permite al bebé oír canciones o vocabulario mandarín, lo que convierte el paseo por el parque en una “experiencia multisensorial”.

No está tan claro si este aluvión de estímulos surte efecto realmente. Los últimos avances en neurociencia indican que la cría humana no necesita más enriquecimiento que el que ya está contenido en la experiencia cotidiana de un niño normal, y que en lugar de ser una tabula rasa que espera pasivamente a que la llenen los adultos, los bebés están programados para buscar las entradas que necesitan para construir sus cerebros. Por eso la humanidad ha logrado criar niños durante miles de años sin teléfonos móviles electrónicos ni DVD.

Claro está que algunos niños crecen en un entorno familiar que les deja en inferioridad de condiciones para la escuela. Un estudio de la Universidad de Londres siguió a 15.500 niños nacidos entre 2000 y 2002 en varios ámbitos sociales. Cuando los niños cumplieron tres años, los descendientes de padres licenciados en la universidad, más proclives a llenar el hogar de libros, cuentos y charlas, iban diez meses por delante de los de los padres menos preparados en lo concerniente al vocabulario, y un año por delante en la comprensión de formas, tamaños, colores, letras y números.

Los programas adicionales tempranos pueden ayudar a los niños de hogares menos privilegiados a salvar esta diferencia. Pero eso no significa que todos los demás necesiten apuntarse también, ni que acumular estímulos pueda mejorar las conexiones básicas del cerebro.

Cuando unos investigadores averiguaron en los años noventa que escuchar Mozart mejoraba el razonamiento espacial de los universitarios, surgió toda una industria basada en la afirmación de que inundar la guardería de conciertos para piano podía representar un estímulo para el cerebro de los niños. La idea resultaba tan atractiva que a finales de los noventa y principios del siglo XXI, los hospitales del estado de Georgia enviaban a todos los bebés a casa con un CD titulado Cree la capacidad cerebral de su bebé a través del poder de la música, que contenía piezas de Bach, Händel y Mozart.

Hoy todavía se pueden comprar álbumes y DVD que anuncian el denominado efecto Mozart. El único problema es que el efecto Mozart es una absurdidad.

En 2007, el Ministerio de Investigaciones alemán encomendó finalmente a un equipo de grandes neurocientíficos, psicólogos, pedagogos y filósofos que analizara todas las investigaciones relacionadas con este fenómeno. Concluyeron que, suponiendo que escuchar piezas de Mozart mejore el razonamiento espacial- temporal (y no todos los estudios lo han demostrado), el efecto no dura más allá de 20 minutos. Y lo que es más, el equipo alemán no halló ninguna prueba de que escuchar música clásica afine en modo alguno el cerebro del bebé.

Una interpretación errónea de la ciencia, combinada con las expectativas desorbitadas, también impulsa muchos intentos condenados al fracaso de enseñar lenguas extrangeras a los bebés.

Indagaciones de los años noventa que demostraban que los bebés poseen una capacidad única para aprender cualquier lengua hicieron que los padres se lanzaran en tropel a comprar cintas de casete Berlitz con la esperanza de convertir a sus recién nacidos en minipolíglotas. No funcionó.

¿Por qué? Porque los bebés sólo sintonizan con una lengua cuando la oyen regularmente hablada por una persona de verdad. En experimentos más recientes, bebés expuestos sólo a DVD en lenguas extrangeras o cintas de audio o juguetes bilingües no absorbieron nada: ni una palabra ni una expresión, ni un solo sonido. Tampoco llegaron a la escuela con más ganas de conjugar verbos franceses o de identificar símbolos mandarines.

Conclusión: los bebés, para aprender, necesitan una conexión humana y práctica, no estímulos artificiales. Las investigaciones demuestran que, para llegar a ser bilingües, los niños necesitan estar expuestos a una lengua extrangera como mínimo durante el 30% de sus horas de vigilia. Esto implica clases de inmersión adecuadas o pasar una gran parte del día hablando la otra lengua con un progenitor o una niñera, o con otros niños en una guardería.

La gente puede aprender lenguas durante toda la vida y el modo de aprenderlas cuenta más que el cuando. Y no sólo es así con las lenguas. Los últimos sondeos indican que el cerebro continúa desarrollándose mucho después de los primeros años, y que para la mayoría de conocimientos y destrezas no hay una “ventana decisiva” que se cierre para siempre en el tercer aniversario.

Respetar su ritmo de crecimiento

El balance final parece ser que la memorización en los bebés es a menudo absurda, y hasta puede ser contraproducente. Un exceso de estímulos puede interferir en el sueño, necesario para que los bebés procesen y consoliden lo que han aprendido durante las horas de vigilia.

Cuando los padres se ponen nerviosos en relación con los hitos, cuando dedican más tiempo a cultivar a su bebé que a reconfortarlo, también éste puede estresarse.

Si se inunda el cerebro infantil de hormonas de estrés como la adrenalina y el cortisol, el cambio químico puede ser permanente con el tiempo y dificultar el aprendizaje o el control de la agresividad en la vida posterior, así como aumentar el peligro de depresión.

Así, ¿cuál es el modo correcto de tratar a un bebé? La pregunta en sí ya es tramposa. Por mucho que deseemos que la ciencia nos proporcione una guía minuciosa para los primeros años, el conocimiento incompleto que tenemos del desarrollo cerebral lo hace imposible. Aún más, todos los niños y todas las familias son diferentes, lo que significa que jamás podrá haber una sola receta para criar un bebé.

Las emociones, el mejor estímulo

Sin embargo, hay unas pautas claras. Una es que a todos los bebés les convienen las interacciones individuales con abundante contacto visual. Repetidos estudios han demostrado que los contrastes fuertes y los colores fascinan a los bebés, y eso es lo que encuentran en el rostro humano, con su complejo y cambiante paisaje de arrugas, ángulos, grietas y sombras.

Un bebé que escrute la cara de su padre y descifre las emociones y expresiones que apuntan en ella lleva a cabo el equivalente neuronal de los ejercicios gimnásticos de Jane Fonda. Un vídeo educativo o un póster con dibujos blancos, negros y rojos no pueden competir con ello.

Basta fijarse en cómo, a falta de chismes y cachivaches, un padre y una madre se relacionan con su bebé: le miran a los ojos, le sonríen, lo acarician, adoptan expresiones faciales exageradas, le hacen cosquillas, pronuncian palabras muy lentamente, le dan besos, imitan sonidos. Es una conversación rica y estimulante, y no hace falta un especialista que enseñe a hacerlo porque nos sale naturalmente a todos. Además de ser una fuente de energía y asombro, esta charla elemental, esta interacción amorosa, ayuda a a formar el córtex prefrontal de los bebés, la parte “social” del cerebro que gobierna la empatía, el autocontrol y la capacidad de leer señales no verbales de otras personas. Los expertos coinciden en que establecer un vínculo fuerte con uno o más cuidadores es la piedra angular del desarrollo infantil y los aprendizajes posteriores.

Tal vez este mensaje empieza a calar. Los primeros años cuentan mucho, pero no son ninguna carrera. Dedique menos tiempo a tratar de enriquecer a su bebé y más a conocerlo. Confíe en su intuición en vez de imitar lo que haga en el patio de recreo cualquier mamá perfecta.

El hábito de comer juntos

Muchas familias que rebajan la carga extraescolar pasan más tiempo comiendo juntas. Es una cultura apresurada e hiper programada, en la que es corriente cenar a toda prisa, delante del televisor o del ordenador, en la calle o en el coche, la comida familiar a menudo se queda en el camino.

  • Lo irónico es que muchos de los beneficios que prometen las actividades extracurriculares, incluyendo los debe- res, pueden obtenerse con el simple acto de compartir la mesa con la familia. Estudios efectuados en muchos países demuestran que es más probable que los niños que comen regularmente con la familia tengan un buen rendimiento en la escuela, gocen de una buena salud mental y coman alimentos nutritivos.
  • Un estudio de Harvard concluyó que las comidas familiares favorecen el desarrollo del lenguaje más aún que la lectura de cuentos. Otra encuesta determinó que el único denominador común entre los vencedores de las competiciones estadounidenses para conseguir becas de estudios, al margen de la raza o la clase social, eran las cenas en familia habituales. Claro que nos referimos a comidas en las que tanto padres como hijos hacen preguntas, debaten sobre ideas y cuentan anécdotas en lugar de mirar la televisión y gruñir “pásame la sal”.
  • ¿Por qué da tantos frutos una comida familiar adecuada? En lo tocante a la dieta, la respuesta es evidente. Un niño de nueve años probablemente se acabará antes la verdura delante de sus padres que cenando solo delante del ordenador. Sentarse en la mesa, participando en una conversación, también muestra a los niños que se les quiere y aprecia por lo que son y no por lo que hacen. Aprenden a hablar, a escuchar, razonar y comprometerse: todo ello ingredientes esenciales de un coeficiente intelectual alto.
  • Nadie dice que las comidas familiares sean un camino de rosas, desde luego. Reunir a niños cansados, adolescentes huraños y padres estresados en torno a una mesa puede ser la fórmula perfecta para una guerra abierta. Pero enfrentarse a los conflictos también forma parte de la vida.
Inteligencia y amor van de la mano

INTELIGENCIA INFANTIL

Inteligencia y amor van de la mano

Para saber más

Este texto ha sido extraído del recomendable libro Bajo presión (RBA) de Carl Honoré.

Carl Honoré se licenció en Historia Moderna, trabajó con niños de la calle en Brasil y escribió para diferentes periódicos antes de hacerse mundialmente conocido por su defensa del movimiento slow, una revolución cultural contra la creencia de que lo rápido es siempre mejor.

¿En qué momento los hijos han dejado de ser ellos mismos para convertirse en un proyecto de sus padres? Honoré propone rescatar a nuestros hijos de los excesos del siglo XXI, ya que “darles lo mejor para que ellos hagan lo mejor está haciendo fracasar a los niños, a los padres y a la sociedad entera”.

Así nació el concepto slow parenting, padres que dan tiempo y espacio a los hijos para explorar el mundo a su manera, que les dejan descubrir qué quieren y qué son.

Ante la imagen de bebés rodeados de complejos juguetes para incrementar su inteligencia, y de niños ahogados por las actividades extraescolares, Honoré reivindica el papel del juego espontáneo y el poder de las conexiones humanas y significativas.

Secretamente, todos deseamos que los hijos tengan un talento especial... pero la infancia no es una carrera. Dice el autor: “Esa esperanza no me convierte en un sargento de instrucción al primer indicio de potencial. Lo que me propongo es animar a mis hijos a levantar el vuelo pero dejarles escoger la ruta. En vez de meterlos con calzador en mi plan maestro, disfruto averiguando quiénes son a medida que crecen.”

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