Cuando el deseo de ser madre no es compartido

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Cuando el deseo de ser madre no es compartido

La ilusión por dejar de ser dos para convertirnos en tres no siempre es compartida por la pareja. Conviene pensar sobre ello.

Laura Gutman

7 de diciembre de 2018, 18:50 | Actualizado a

Es más habitual que seamos las mujeres quienes tengamos el deseo explícito de ser madres en algún momento de nuestra vida adulta. A veces, simplemente, porque el reloj biológico empieza a sonar. O porque estamos dentro de una relación amorosa estable y sentimos que es el momento adecuado para tener un hijo y sellar así la convivencia, el matrimonio o el hecho de tener un proyecto en común.

En todo caso, el “funcionamiento” de los deseos es bastante misterioso cuando se refieren al anhelo o la fantasía de tener un hijo. En primer lugar, porque se desea algo que no se ha experimentado, por lo tanto, está cargado de ilusiones y supuestos. Y en segundo lugar, porque es un deseo que no podemos explicar, o incluso que casi no tiene razón de ser.

Sin embargo, allí está, y suele ser un sentimiento poderoso.

Ahora bien, cuando surge el deseo de tener un hijo pero al intentar compartir este deseo con nuestra pareja nos damos cuenta de que a él no le pasa lo mismo, o incluso rechaza de plano la idea, obviamente tenemos un problema.

Un problema que quizá no tenga solución.

¿Intentamos convencerlo? ¿Tendríamos que tener una lista de bondades y situaciones positivas que nos aportaría un hijo? ¿Tener un hijo es algo bueno? Verdaderamente, no hay forma de saberlo. Un hijo no es algo positivo ni algo negativo. No sabemos por qué tenemos hijos. Muchas personas tenemos hijos sin haberlos deseado; muchos otros los deseamos, pero no logramos tenerlos. Por otra parte, ¿sabemos cómo ha surgido nuestro deseo? ¿Hay algo específico que podamos explicar a nuestra pareja?

Incluso comprendiendo los orígenes de nuestro deseo, ¿eso es suficiente para que nuestra pareja se sume a ellos o sienta lo mismo que nosotras?

Así como las mujeres no podemos explicar por qué o para qué deseamos engendrar un niño, es común que los hombres tampoco logren explicar por qué no quieren saber nada del asunto.

Simplemente les resulta incómodo y lejano, y no comprenden por qué tendrían que ocuparse de un tema que no les interesa en absoluto.

Vibrar en la misma sintonía

Quizá sea útil reconocer que tantos pensamientos y discusiones, tantas evaluaciones y argumentos, no suelen facilitar los embarazos. Por el contrario, la actividad que más posibilita que aparezca un embarazo son las relaciones sexuales satisfactorias, placenteras, orgásmicas, recurrentes y felices. ¿Es una obviedad? Lamentablemente no.

Muchísimas parejas en crisis, con peleas, malentendidos y enfados, tienen como principal motivo de queja los desacuerdos y la incompatibilidad de deseos... que consumen mucha energía que no se dedica al contacto sexual entregado y amoroso.

Cuando las mujeres estamos identificadas con las actividades intelectuales y racionales, solemos tener menos entrenamiento en la entrega emocional.

Eso suele jugar en contra de los embarazos.

Por otra parte, cuanta más discusión hay entorno a estos temas –y, al mismo tiempo, menos sexo– la posibilidad de “llegar a acuerdos” se complica. Tal vez porque engendrar niños no tiene tanto que ver con acuerdos conscientes, sino con compatibilidades sensoriales y corporales que nos hacen vibrar a ambos en una sintonía misteriosa.

Es posible que el deseo de tener hijos no sea algo que podamos discutir ni defender. Simplemente, alguna vez sucede. O no.

De cualquier manera, cuando deseemos desesperadamente engendrar un niño, la mejor manera de conseguirlo será profundizando el vínculo de amor con nuestra pareja. Si el amor es cotidiano, si es palpable, si hay un hondo respeto mutuo, si estamos juntos porque queremos contribuir a que nuestra pareja tenga una vida agradable y feliz y nuestra pareja quiere lo mismo para nosotras, si estamos pendientes del bienestar del otro y somos capaces de generar en él las mismas sensaciones hacia nosotras, es posible que todo aquello que sea importante para uno de los miembros de la pareja se convierta automáticamente en una prioridad para el otro. En definitiva, cuando amamos, solo queremos complacer.

Capaces de dar y compartir

Por eso, cuando no llegamos a esa sintonía del deseo es porque las discordias y los malentendidos están presentes en todas las demás áreas del vínculo afectivo. Entonces quizá haya que revisar qué es lo que nos pasa en la comunicación y también en nuestra capacidad de amar.

Observemos si nuestro vínculo de pareja se ha basado en el altruismo y en el deseo de ofrecer lo mejor de nosotros al otro –y viceversa–, o si ha sido una suma de incompatibilidades.

Observemos cómo hemos constituido la pareja, en base a qué nivel de armonía o madurez. Y si nos damos cuenta de que no hemos compartido todo lo que nos ocurría, o no hemos sido capaces de estar a la altura de la necesidades de nuestro compañero, o lo hemos dejado solo con sus dificultades u obstáculos, quizá el desacuerdo no haya sido puntual, sino histórico.

Ahora solo se pone de manifiesto a través de un deseo que es más contundente y que demuestra que estamos afectivamente separados.

En esta situación, no vale la pena pelear por el deseo en sí mismo, sino, en todo caso, revisar nuestra capacidad de amar. La nuestra y la de nuestra pareja. Si podemos superarla y decidimos aprender a amarnos, el deseo del hijo podrá existir. Pero si no somos capaces de incluir dentro de la pareja la aceptación y la bienvenida de todo lo que nos pasa, será el momento de tomar decisiones realistas. Quizá menos felices, pero definitivamente relacionadas con la verdad interior de cada uno de nosotros.

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