Cuando es tu hijo quien te mira a ti

CRIANZA

Cuando es tu hijo quien te mira a ti

Si están pendientes de nuestros gestos y palabras, intentando descifrar qué nos ocurre, algo no funciona. Somos los adultos los que tenemos que ofrecerles el cobijo de nuestra mirada, la seguridad de nuestro corazón.

Laura Gutman

4 de diciembre de 2018, 13:37 | Actualizado a

Hay un hecho relativamente invisible en las dinámicas familiares, y es que, en la necesidad de todo niño de ser amado, suele quedar atrapado mirando excesivamente a los padres, sobre todo si estos son infantiles, demandantes, o si, simplemente, están centrados en sí mismos.

Estas realidades son mucho más habituales de lo que creemos. Basta con pensar en nuestras propias infancias y registrar todos los detalles que conocemos sobre nuestras madres. También podemos hacer el ejercicio de recordar si nuestra madre sabía de nosotros, si estaba pendiente de nuestros temores, dificultades u obstáculos. Si se ocupaba de facilitarnos la vida o si, sencillamente, estaba muy lejos de nuestras vivencias infantiles.

Si constatamos que ha sido así, si nosotros sabemos más sobre las vicisitudes de la vida de nuestros padres que lo que ellos sabían sobre nosotros, esto significa que las cosas funcionaban al revés, es decir, que nosotros, siendo niños, mirábamos a nuestros padres en lugar de que ellos nos miraran a nosotros.

Nunca lo habíamos pensado, y por otra parte, nunca habíamos percibido que podía haber nada malo en ello. Simplemente, sucedió así. Eran tiempos difíciles, tal vez mamá o papá trabajaban mucho, era otra época y los niños esperábamos no sabemos muy bien qué.

Repetir errores sin darnos cuenta

Si esa ha sido nuestra realidad emocional durante la infancia, es posible que hoy, siendo adultos y tal vez convertidos en padres, repitamos la misma modalidad; es posible que no estemos acostumbrados a mirar a los niños, que estemos centrados en nuestras propias preocupaciones, y de ese modo, es probable que los niños nos miren esperando la ocasión justa para pedirnos algo o dispuestos a satisfacer nuestros deseos.

Si los niños miran a sus padres, es porque la dinámica familiar está en desequilibrio. Somos los padres quienes tenemos que mirar a los niños. Y eso debe mantenerse durante todos los períodos de la vida. Si somos maduros y capaces de mirar, atender, satisfacer y proteger a nuestra cría, esa manera de actuar funcionará desde el nacimiento y para siempre.

Si desplegamos la capacidad de atender y proteger, aprenderemos a responder siempre, en cada etapa, a las necesidades que expresa nuestro hijo. Obviamente, la niñez es un largo período durante el cual el niño no puede satisfacer sus necesidades por sus propios medios, por lo tanto, precisa de los adultos para conseguirlo.

A partir de la adolescencia, si ha sido un niño atendido y cuidado, posiblemente será muy poco lo que requiera de sus padres, pero aun así, sobre ellos, o sobre los adultos que lo tienen a su cargo, recae la responsabilidad de saber qué es lo que el joven precisa, mucho o poco. En todos los casos, la obtención de aquello que necesita será fundamental, porque no está en condiciones de alcanzarlo por sus propios medios.

Si los padres hemos sido capaces de atender y estar al servicio de las necesidades de los niños, puede resultarnos llamativo que esta dinámica funcione para siempre, incluso con hijos ya adultos. Claro que un hijo adulto y bien atendido posiblemente será suficientemente maduro como para no necesitar nada de sus padres. Sin embargo, lo saludable es que la función de los padres continúe intacta, sobre todo si siendo ya mayores gozan de salud física y emocional. Así podrán convertirse en guías espirituales, o incluso en apoyos estratégicos, si sus propios hijos tienen hijos. Esa es la ley de la vida. Los mayores cuidan a los menores.

En la mayoría de los casos, como casi todos nosotros hemos sufrido más desamparo y descuido de lo que podemos asumir y aceptar, nos convertimos en adultos aún necesitados y con pocos recursos para dar apoyo incondicional a nuestros hijos. Por eso, los solemos utilizar para llenarnos de ellos.

Llenarnos de mirada, de cuidado, de protección y de amor.

Esta situación tan común de niños que miran a sus propios padres, por ser tan habitual, suele pasar desapercibida. No registramos el desequilibrio que se produce de generación en generación. Entonces, lo que sí podríamos hacer es tener conciencia de estas realidades que invisiblemente producen una continuidad de vacíos afectivos.

Mostrar experiencia y madurez

Los niños no deberían mirar a sus padres porque estos están necesitados. Deberían ser mirados, y en ese “ser mirados”, podrían usar la sabiduría o la experiencia de los mayores para imitarlos o para obtener referencias valiosas para enfrentarse a situaciones de la vida cotidiana.

Mirar a los padres y reconocerlos como guías; eso sí es saludable. Pero para ello los padres deben ser personas maduras, es decir, individuos que se observan a sí mismos, se cuestionan permanentemente y ofrecen a sus hijos visiones globales sobre cada cosa. La mirada sobre los padres es interesante cuando los observamos en acción ante una situación cualquiera –una problemática familiar, social, política o laboral–, y constatamos cuántas herramientas, como el diálogo o la comprensión de otras realidades, tienen en cuenta al tomar una decisión. Si los vemos actuar con sabiduría, entonces vale la pena. En cambio, si solo los escuchamos, y si ellos necesitan que nosotros, como hijos, les demos la razón, ni aprenderemos ni la situación tendrá utilidad alguna.

Intercambio injusto de papeles

Comprender estas dinámicas puede resultar más fácil si las observamos en tres generaciones simultáneamente. Por ejemplo, supongamos que desde niñas hemos mirado a nuestra propia madre quejosa, necesitada y demandante, que hemos tratado de satisfacerla siempre. Hemos estudiado la carrera que a ella le hubiera encantado estudiar, aunque nosotras también la disfrutamos. Hemos escuchado las penurias que ha pasado al lado de nuestro padre. Sabemos de los problemas de salud que ha sufrido. Conocemos todas sus historias de escasez, soledad y esfuerzos. Hoy en día hemos formado nuestra propia familia, pero continuamos viviendo cerca de nuestra madre, que ha enviudado. Tenemos hijos pequeños; sin embargo, solemos estar preocupadas por ella: tiene problemas de salud. Nos ocupamos de acompañarla al médico y la visitamos a menudo. También la ayudamos económicamente siempre que nos resulta posible. Muy bien. No parece haber nada malo en esto. Salvo que... si tenemos tanta mirada para nuestra propia madre –como ha sido la modalidad histórica–, es muy probable que no tengamos tanta disponibilidad emocional para mirar a nuestros propios hijos.

Y como, invisiblemente, acostumbramos a estar preocupadas por nuestra madre, alguno de nuestros hijos se hará cargo de nosotras. Sí, de ese modo imperceptible sucede que alguno de nuestros hijos es extremadamente responsable, serio y maduro. Cómo no va a serlo, con lo preocupado que está por su propia madre (es decir, nosotras).

Así obtenemos niños que miran a sus padres, aunque no les corresponda esa función. Ningún niño debería preocuparse por el bienestar de los mayores. Es al revés: los mayores debemos preocuparnos por ofrecer bienestar a los niños.

Palabras sinceras que alivian

¿Qué podemos hacer si nos damos cuenta de que tenemos hijos que están pendientes de nuestros sufrimientos? ¿Acaso no es bueno que los niños sepan qué es lo que nos pasa? Sí, pero hay una gran diferencia entre ambas situaciones. Cuando el niño se siente responsable de resolver las dificultades de los mayores y anhela poder hacer algo para que sus padres sean felices, termina abrumado y obsesionado con que sus propios padres solucionen los problemas, sea cual sea su naturaleza. En esos casos, los adultos delegamos en los niños nuestras preocupaciones. Habitualmente lo hacemos sin querer, ya que simplemente estamos instalados en nuestros propios sufrimientos y no medimos las palabras que utilizamos, palabras que los niños escuchan sin filtro. En esas ocasiones, los niños quedan entrampados mirando a sus padres milimétricamente, adivinando cada gesto, cada sufrimiento, cada desilusión, cada esperanza, como si fuera la última respiración. Comprendamos que, en esos casos, el niño no despliega su imaginación, su juego o su fantasía, porque está atrapado en problemáticas de adultos. En cambio, nombrar con palabras simples lo que sucede en casa, explicando cuáles son las acciones que los adultos harán para facilitar o resolver las cuestiones que nos aquejan, es otra cosa. En este caso, los adultos asumimos nuestros problemas y, simplemente, ofrecemos respuestas, soluciones y alivio.

Observadores y listos para imitar

Los niños nos miran y nos escuchan. Luego repiten nuestro vocabulario y nuestros gestos. Si utilizamos palabras hirientes, ellos también las usarán. Si despreciamos a los demás, ellos harán lo mismo. Si somos malhumorados, ellos usarán el malhumor para conseguir lo que necesitan. Si despotricamos contra el mundo, ellos lo vivirán como un lugar hostil.

En cambio, si somos amables, si usamos palabras bonitas, si somos curiosos y abiertos, si afrontamos los obstáculos con esperanza y buena voluntad, probablemente los niños, mirándonos, aprenderán a usar el buen humor, la apertura y las sonrisas incluso en circustancias adversas.

Los niños nos observan todo el tiempo. Es como tener una filmadora siempre encendida. A través de sus actitudes tenemos la oportunidad de mirarnos en un espejo permanente.

La influencia de otros adultos

Los maestros también somos personas de referencia para los niños. Todo aquello que decimos, hacemos e incluso sentimos, los niños lo toman como ejemplo. Pasamos el día erguidos frente a ellos, por lo tanto, asumamos que la responsabilidad sobre nuestras actitudes es inmensa.

La escuela es el ámbito donde el niño se relaciona con parámetros diferentes a los del propio hogar, ya que está con otros niños de su misma edad, pero que provienen de familias con otros códigos, culturas o modalidades vinculares. Es el territorio perfecto para aprender a amar las diferencias.

Por eso la palabra del maestro es tan importante. Frente a las dificultades cotidianas, define los valores morales, expresa el poder de la verdad, evalúa lo que cada niño precisa y desparrama amor en abundancia. Si no lo hace, no puede asumir el rol de maestro. Porque todo niño lo mira, lo imita y confía en él.

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