Cuando llegamos a casa

MATERNIDAD

Cuando llegamos a casa

Tenemos tanto deseo de regresar al hogar para estar con nuestros hijos después de un largo día de trabajo, que ese mismo ímpetu nos traiciona. El reencuentro, emocionante, delicado y sin lágrimas, nos pide rebajar nuestro ritmo, acompasándolo al del niño.

Laura Gutman

27 de octubre de 2018, 07:00 | Actualizado a

La energía que necesitamos para trabajar, para movernos en el mundo de las relaciones públicas, para ganar dinero, para buscar nuevos horizontes, para estudiar, para tener relaciones amorosas, para alimentar las amistades, para vincularnos con nuestros familiares, para asumir desafíos, para viajar, para tomar decisiones, para hacer las compras, para movernos, para dejar nuestra casa en orden, para ser creativos, para destacarnos, para desplegar nuestras virtudes en el mundo de intercambio social, es activa. Es masculina. Es yang, utilizando un término oriental que describe exactamente el tipo de potencia, vitalidad, dureza, visión y fuerza que se requiere en casi todos los actos que realizamos cada día. Quizás por el hecho de asumirlos cotidianamente, dejamos de dar valor a la fuerza que encauzamos en esa dirección. Las mujeres hemos aprendido en muy poco tiempo a usar esta energía, históricamente reservada a los hombres. Por lo tanto, es lógico que estemos atragantándonos de vitalidad y vértigo en los espacios públicos, y posiblemente tengamos menos entrenamiento para calibrar la cuota de adrenalina y entusiasmo que volcamos en cada pequeño acto.

Ahora bien, las mujeres y los hombres, en general, trabajamos fuera de casa y funcionamos según los códigos que circulan en el terreno público. Mucho pensamiento, acción, rapidez, decisión y ejercicio. Habitualmente disfrutamos mucho estos espacios porque logramos reconocimiento, ganamos dinero, obtenemos beneficios y un importante sentido de pertenencia.

Pero si hay niños pequeños en casa, pasa algo muy especial –a diferencia de otros hogares donde no hay niños–. Es importante tener en cuenta que la energía que se establece en el hogar es exactamente opuesta. Es pasiva. Es yin, es femenina, es tranquila, calma, profunda, envolvente, interna, suave, delicada, silenciosa, lenta, cálida. Los niños que pasan muchas horas dentro de casa al cuidado de otras personas –incluso si durante algunas horas han estado en una guardería– están respirando aire en un tono más bajo. No hay objetivos ni horarios. No hay olor a cigarrillos ni ruido de la calle. No hay estrés. No hay móviles sonando sin parar. No hay nada muy importante que hacer, salvo jugar, comer, ser limpiado y cambiado, estar, volver a jugar, relacionarte con quien esté dispuesto, dormir, volver a jugar y esperar a mamá o a papá.

Un cambio de perspectiva

Si observáramos la situación de la llegada de mamá a través de los ojos del niño que la espera, por ejemplo, a las seis de la tarde en casa, veríamos una película extraña. Mamá entra a toda velocidad, irrumpe con su voz en un tono muy alto, tiene el móvil pegado a su oído mientras cierra el maletín del portátil y con el pie empuja la puerta de casa. Intenta ser cariñosa con el niño que la espera. Está ávida por recuperar el tiempo perdido con su hijo pequeño. No hay nada que quiera más en este mundo que regresar a casa, descansar y acompañar a su hijo a tomar el baño y leerle unos cuentos.

Del choque al desencuentro

Sin embargo, la energía con la que llega entra en colisión con la energía que reinaba en el hogar antes de su llegada. Entonces, contra todos los pronósticos, el niño empieza a llorar angustiado. La madre no comprende qué sucede. El niño pequeño llora más fuerte. La madre lo consuela y le ofrece unos dulces. Luego se arrepiente, sintiendo que el niño la manipula con sus caprichos y le hace pagar el precio de haberse ido durante el día. Entonces la madre reflexiona y se dice a sí misma que ella tiene todo el derecho a trabajar y a ser libre. Y que, eso, el niño tendrá que comprenderlo y aceptarlo. Luego el niño se calma, pero 10 minutos más tarde suena nuevamente el móvil y resulta ser una llamada importantísima que la madre no puede dejar de responder. Y probablemente implica realizar algunas otras llamadas breves.

Cuando la madre regresa al salón, el niño ya se ha calmado, está mirando la televisión y no quiere quitarse la ropa para tomar su baño. La madre insiste. El niño se pone caprichoso. La madre siente que no tiene ni un gramo más de paciencia, que ha trabajado todo el día, que ni siquiera ha comido robándole unos minutos a su hambre para llegar más temprano a casa, y que incluso haciendo esos sacrificios, las cosas no funcionan. El niño se aferra a su tele y no hay forma de convencerlo para que se levante y vayan juntos al cuarto de baño . ¿Qué puede hacer? ¿Acaso tendría que ponerse más firme?

Todos podemos reconocernos en situaciones como ésta. Quizás no sea urgente encontrar la solución ideal, pero al menos podemos mirar y registrar que hay dos energías opuestas que chocan de pleno en un segundo: un individuo adulto con energía muy activa llega a casa, donde se encuentra con una energía relajada.

Levantar el pie del acelerador

Cuando las mujeres permanecemos en casa con los niños pequeños, y es nuestra pareja quien trabaja fuera de casa y llega cansado por las noches, somos capaces de darnos cuenta de la velocidad o la tonalidad con la que regresa, desorganizando de una manera sutil el delicado equilibrio que habíamos logrado sostener con el niño en el hogar. Si observamos, tendremos la certeza de que el niño estaba tranquilo antes, y a pesar de que todos estamos ansiosos por la llegada de papá o hemos servido la mesa esperando sentarnos a comer juntos, algo se ha desarmado, sin saber cómo. Justamente, es el choque de estados de ánimo, es el encuentro entre dos maneras de estar, aunque ninguno tengamos plena conciencia de ello.

Tanto si somos testigos junto al niño de la entrada abrupta de una energía avasallante, como en el caso de que seamos nosotras quienes llegamos envueltas en la vorágine de trabajo, sepamos que el niño siempre va a sufrir ese choque. Y quienes tenemos que adaptarnos, desacelerando la velocidad y el impulso, somos los adultos. El niño está en un eterno “ahora”. No puede “subirse” al vértigo laboral que traemos los mayores, y si lo hace, será a cambio de un coste importante. De hecho, es frecuente que durante las últimas horas del día, los niños estén más nerviosos, menos permeables, más demandantes, y les cueste explicar qué les pasa.

La situación es extraña porque, por un lado, todos queremos regresar rápido a casa para disfrutar en familia; por el otro, algo sucede que nada transcurre como habíamos imaginado: los nervios, el llanto, los desencuentros y las demandas son moneda corriente cuando hay niños pequeños. Sin embargo, no necesariamente nos llevamos mal. Pero tendríamos que prestar atención a ese funcionamiento de las energías, cuya acción está más allá de nuestra voluntad.

En principio, es importante saber que esto sucede. Luego ya veremos cómo podemos prepararnos para llegar a casa con una actitud más cercana a la realidad cotidiana del niño, dejando de lado los temas de trabajo y aquietando la mente antes de entrar a casa, en la medida de lo posible. Seguramente, constataremos el alivio y la tranquilidad que imperceptiblemente se irán instalando en nuestro hogar.

Compartir espacios con calma

Las cosas no son muy distintas cuando vamos a buscar a nuestro hijo a la guardería o a la casa de la persona que lo cuida. Observemos que, a veces, estamos muy ansiosas por llegar y coger rápidamente al niño para llevárnoslo.

Con toda probabilidad, el niño va a llorar, situación que vamos a atribuir a que algo puede haber sucedido durante el día y que el niño, al ser tan pequeño, aún no lo puede explicar. Sin embargo, tendríamos que poder buscar al niño otorgándonos un pasaje calmado entre nuestra ansiedad por cogerlo y el encuentro afectivo con él.

Si el niño ha pasado varias horas en un ambiente determinado, con cierto clima, con calma, con música, con alguna actividad o vinculado con pocas personas... aunque sea su madre quien vaya a recogerlo, el choque de dos energías tan distintas convierte el encuentro en un estallido, y el niño va a reaccionar.

Lo peor del caso es que nadie sabe qué sucede exactamente. Y en realidad, ocurre algo muy sencillo: hemos ingresado en su territorio con una velocidad y una energía demasiado dominantes. Necesitamos detenernos. Introducirnos en el lugar donde el niño estaba jugando. Jugar un rato con él, integrarnos en la actividad que estaba realizando. Tenerlo en brazos permaneciendo en ese mismo sitio. Y cuando nuestro hijo nos haga un ademán, indicando que se quiere ir, entonces sabremos que, justo en ese momento, está listo para salir.

Apaciguarse y apaciguar el ambiente

La premisa más importante es calmar nuestros ánimos. Pero también puede suceder que el niño esté muy excitado, simplemente porque nosotros hemos llegado a casa. En lugar de intentar calmarnos imponiendo orden con amenazas, lo mejor es que intentemos apaciguarnos cantando alguna canción, respirando suavemente... Así, el niño se va a ir acompasando y, poco a poco, se va a apaciguar también.

Recordemos que no es fundamental ordenar la casa, ni preparar la comida, ni que el niño esté con su pijama puesto a tal hora para poder sentarse a la mesa a cenar. Aunque todo eso no lo podamos resolver del todo bien, no pasará nada.

En cambio, los minutos que pasemos juntos mirándonos, abrazando a los niños, jugando corporalmente o recostados en la cama, aunque sea mirando la tele, eso sí es un tesoro que dará frutos dorados cada día, hoy, mañana y en el futuro.

Posponer las rutinas

Un recurso para poder llegar a casa y bajar la velocidad a la que vivimos durante nuestra vorágine diaria, hasta llegar a la energía del niño, es dar prioridad a las conversaciones, incluso si nuestro hijo es muy pequeño y aún no habla.

Llegar y cambiarnos de ropa, contarle aquello que hemos hecho durante la jornada y poner palabras a lo que sabemos que ha hecho el niño, es una buena manera de ir integrando las realidades de ambos.

Lo ideal sería no tener que realizar ninguna rutina –ni comida, ni baño, ni compras, ni orden– sino simplemente estar sin hacer nada, en lo posible en el cuarto del niño o en el ambiente donde el niño prefiera estar. Ese “no hacer nada” envuelto en palabras, relatos, canciones, risas o cuentos, nos conduce suavemente al encuentro con nuestro hijo.

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