Cuando su comportamiento no nos gusta

CRIANZA CON AMOR

Cuando no nos gusta su comportamiento

Los niños necesitan que sus necesidades básicas sean atendidas para crecer felices y en armonía con sus entorno.

Yvonne Laborda

16 de noviembre de 2017, 19:51 | Actualizado a

Para poder criar a nuestros hijos de la forma en que la naturaleza y la vida misma lo diseñó, primero tenemos que ser capaces de conectar con nuestras propias necesidades no satisfechas, y luego averiguar qué es lo que necesita un niño realmente.

Hoy en día tienen que recordarnos cuáles son sus necesidades básicas porque hemos perdido la capacidad de fusionarnos y conectarnos con nuestros bebés, niños y adolescentes. Sabiendo lo que ellos sienten, el cubrir sus necesidades es algo instintivo. Pero cuando no existe tal posibilidad de fusión, debido a la falta de recuerdo emocional de este vínculo en nuestra experiencia infantil, ser la madre que nuestros hijos necesitan que seamos no es tarea fácil ni se puede lograr solo con voluntad, sino que requiere que conectemos con nuestra realidad personal. En su lugar, lo que solemos hacer es intentar interpretar lo que le pasa.

Llénalo de atenciones

“¿Querrá mamar?”, “¿Estará sucio?”, “¿Tendrá hambre, frío, calor?”. Si llora mucho, podemos pensar que es muy demandante. Esto solo se ve desde nuestra mirada adulta, no desde lo que realmente le está sucediendo al niño, que tiene dos instintos básicos de supervivencia: el de succión, para proporcionarle alimento, y el llanto, para asegurarse de que su madre le presta las atenciones esenciales en cada momento.

El bebé nace inmaduro y dependiente, confiando y necesitando satisfacer sus necesidades, y cuanto más se satisface su necesidad de apego, contacto, mirada, sostén..., más seguro y lleno de mamá estará y, por tanto, menos dependiente será en posteriores etapas. Normalmente, se suele pensar lo contrario, que cuanta más madre le damos, más va a querer; y, en cambio, lo que ocurre en realidad es que, cuanta más madre obtiene en la primera infancia, más saciado está a la hora de afrontar su deseada independencia.

No obstante, hay veces en que las madres no pueden satisfacer dichas necesidades, por falta de fusión con el bebé y de conexión con ellas mismas –aquí juega un gran papel su propia infancia–, y entonces quedan carencias emocionales no satisfechas en el niño, las cuales arrastrará toda la vida. Seguirá necesitando la aprobación de los demás, la aceptación, le costará estar solo, e incluso dichas carencias pueden llegar a desplazarse hacia algún tipo de adicción. Y es que este tipo de conductas suelen utilizarse para tapar emociones; intentamos llenar esos vacíos con comida, alcohol, tabaco, drogas...

Con los ojos de un niño

Ninguna mamífera del reino animal necesita que nadie le explique qué tiene que hacer para parir y amamantar a su cría, ni que lo más importante para el cachorro es el contacto continuo entre ellos... Una hembra mamífera lo hace por instinto, porque eso es lo que ella recibió y eso es lo que sabe dar. Entonces, ¿qué nos impide a las mamíferas humanas fusionarnos y conectarnos con nuestros hijos?

Precisamente, esa falta de fusión y conexión en nuestra infancia. Quizá nuestras abuelas ya no pudieron establecer este vínculo tan especial con nuestras madres, porque, en algún momento en la era de la industrialización, se cortó la cadena. Nuestro instinto se perdió por el camino y empezamos a criar a nuestros hijos desde otra mirada. Podemos imaginar o interpretar lo que le pasa al niño, pero para volver a vivirlo y sentirlo en nuestras entrañas vamos a necesitar que pasen varias generaciones.

La psicología moderna suele escuchar primero y luego interpretar desde la mirada adulta. Nos cuesta ver y sentir desde el punto de vista del bebé, del niño o del adolescente y darles voz. Los adultos deberíamos poder cubrirles dichas necesidades y no esperar que ellos satisfagan las nuestras. Los niños solo piden lo que necesitan, y cuando no podemos darles lo que nos reclaman, decimos que son niños de alta demanda. Quizá el problema no esté en los niños, sino en nuestra capacidad de fusionarnos y conectarnos con ellos.

En realidad, es muy difícil dar algo que no se tiene o que nunca se ha tenido. Pocos adultos contamos con un registro emocional donde esté reflejado que nuestras necesidades más básicas, emocionales y motrices han sido satisfechas. Más bien teníamos que cumplir las expectativas de los adultos.

¿Por qué se enfada?

Muchos padres pensamos que estamos criando con conciencia, respeto y apego, y que estamos satisfaciendo las necesidades de nuestros hijos, pero en algunas ocasiones su comportamiento nos demuestra que no siempre es así. La próxima vez que nuestros hijos estén inquietos, incómodos o tengan alguna actitud molesta que no nos guste preguntémonos:

  • “¿Qué necesidad no está siendo satisfecha?”
  • “¿Podría hacer yo algo para ayudarlo?”.

Es posible que necesite moverse, que tenga hambre, calor o sed. Quizá se sienta solo y le haga falta nuestra presencia, nuestra escucha y nuestra mirada. A lo mejor se siente inseguro, o tiene miedo a no ser aceptado, comprendido y querido.

Cuando nos sintamos tentados a querer cambiar el comportamiento de nuestros hijos, podemos preguntarnos:

  • “¿Qué podría hacer o decir para que se sienta mejor?”
  • “Esto que quiero hacer o decirle ¿puede ayudarlo, nos conecta o, por el contrario, nos distancia?”.

Si cambiamos su estado de ánimo y satisfacemos su necesidad, veremos, como consecuencia, que su comportamiento también se modifica. Pero desear cambiar su comportamiento sin querer ver el origen no hace que dicha causa o necesidad desaparezca. Una necesidad negada no desaparece, sino que se desplaza. Y ese malestar puede provocar frustración, angustia, tristeza, falta de motivación, dificultades intelectuales, falta de interés, agresividad..., e incluso puede llegar a causar depresión.

La clave está en sanar la causa de los síntomas de nuestros hijos, en vez de intentar cambiar o erradicar la conducta. Cuando las necesidades primarias físicas, emocionales, motrices, sociales e intelectuales de nuestros hijos están satisfechas, no tienen la necesidad ni el deseo de actuar de ningún modo que nos moleste.

Si vemos el comportamiento de nuestro hijo como un “desorden”, es como lavarnos las manos. Dejamos de responsabilizarnos para poder descubrir cuáles son esas necesidades y satisfacerlas.

Los niños y adolescentes necesitan sentirse queridos, valorados, respetados por quien realmente son y no por lo que mamá o papá quiere que sean. Necesitan ser abrazados, acariciados, besados, masajeados, hablados y escuchados con respeto, precisan poder jugar y moverse libremente, así como recibir atención personalizada cada día, o por lo menos de vez en cuando, por parte de sus padres. Necesitan sentirse seguros para poder equivocarse y rectificar si fuera el caso, estar libres de críticas y juicios, poder tomar sus propias decisiones y saber que son importantes, y que su opinión cuenta tanto o más que la nuestra.

Una vez satisfechas sus necesidades más básicas ya estarán preparados para el aprendizaje formal y la autorrealización.

Doble ración de amor

¿Y qué sucede cuando nos damos cuenta de que ha habido necesidades básicas que no han sido satisfechas? Pues en el caso de no haber podido satisfacerlas en un pasado por el motivo que fuese, todavía estamos a tiempo de poder sanar ese vínculo entre padres e hijos, y crear una relación de confianza, respeto y, sobre todo, de mucho amor. Simplemente basta con que, a partir de ahora mismo, estemos dispuestos a ofrecerles a nuestros hijos el doble de amor, el doble de comprensión, el doble de conexión, el doble de presencia, el doble de confianza, el doble de empatía, el doble de todo aquello que les faltó en su día, para de esta manera conseguir sanar las posibles heridas emocionales ocasionadas al no haber podido satisfacer sus necesidades.

Siempre podemos parar, volver atrás y empezar a satisfacer todas esas necesidades congeladas. Nunca es demasiado tarde, puesto que no existe nada más reconfortante y sanador que tratar a cualquier niño de la misma manera en la que nos hubiese gustado que nos trataran a nosotros los adultos cuando éramos pequeños. Al romper esa “cadena” comienza un nuevo ciclo. Seamos el cambio que nuestros hijos necesitan.

Permítele que se mueva con libertad

  • No es raro escuchar a los padres quejarse de que sus hijos se mueven y se ensucian, pero es que todo esto es parte fundamental de su desarrollo.
  • La motricidad es esencial para su desarrollo. Un niño en plena etapa sensorio-motriz necesita poder moverse libremente todo el tiempo que su cuerpo se lo pida. No obstante, nuestra sociedad no está diseñada para dar voz a los niños y, además, pocos adultos nos damos cuenta de la importancia que realmente tiene cubrir esta necesidad.
  • Muchos niños a los que se les hace estar quietos, cuando su cuerpo hierve por dentro, desplazan esa necesidad en forma de malestar, el cual no les permite concentrarse. Esto puede ocasionarles lo que hoy se denominan “problemas” de aprendizaje. Y es que los niños necesitan moverse más de lo que muchos adultos estamos dispuestos a dejarles. Vivimos en pisos o casas pequeñas decoradas por y para los adultos donde no tienen mucho espacio para desplazarse. Además, la mayoría pasan muchas horas en la escuela, donde tampoco suelen poder moverse lo suficiente.
  • Hay niños que no son capaces de prestar atención cuando se les pide que estén quietos y callados, incluso pueden estar más pendientes de que su cuerpo no se mueva que de lo que les estamos diciendo. El hecho de que se muevan, los adultos lo vemos como un “problema” porque se nos olvidó que nosotros también necesitábamos movernos para pensar y quizá no se nos dejó.
  • Nadie nos ha enseñado a respetar las necesidades motrices de los niños. Según la doctora austríaca Emmi Pikler, estas necesidades son primordiales para luego tener un desarrollo óptimo del cerebro y más tarde un aprendizaje formal (intelectual).

Nuestro hijo no nos obedece

¿Cuántas veces no te has enfadado con tu hijo porque no ha hecho lo que le pedías? Quizá te sorprenda saber que tu reacción no tiene que ver con él sino con lo que ocurre en tu interior.

  • Queremos que nuestros hijos dejen de comportarse de cierta manera, pero cuando no pueden hacer lo que les pedimos, quizá el problema no esté en ellos, sino más bien en nuestra demanda.
  • Les pedimos que sean de un modo que ni nosotros mismos somos capaces de ser. Cuando nos sentimos frustrados por lo que pasa, solemos gritarles, castigarlos... Solo vemos su comportamiento, y no por qué lo ha hecho o cómo se siente.
  • Saber y poder nombrar lo que pasa en nuestro interior es de vital importancia si queremos que ellos también puedan llegar a hacerlo.
  • Cuando nos enfadamos suele ser porque alguna de nuestras necesidades no está siendo satisfecha. Entonces, nos sentimos mal y por eso reaccionamos así.

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