Cuando tu hijo dice NO

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Cuando tu hijo dice NO

No ¡No quiero! ¿Cuántas veces ha dicho tu hijo estas palabras? No estamos acostumbrados a respetar sus negativas, y ha llegado la hora de hacerlo. Entender sus noes y tomarlos en serio es la base de una relación sincera y amorosa.

Jesper Juul

4 de diciembre de 2017, 07:00 | Actualizado a

Desde siempre los padres hemos dicho que los niños deben aprender a respetar un “no”. ¡Ha llegado el momento de que también los padres lo aprendamos! Nos gusta más recibir como respuesta un sí que un no. Con toda probabilidad, el hecho de que el sí se considere una respuesta más amorosa y solidaria está relacionado con las pretensiones y expectativas de la familia patriarcal; pero a mi parecer los verdaderos motivos hay que buscarlos más en profundidad.

Nuestras relaciones afectivas comienzan con un sí: un sí a la pareja y, en la mayoría de los casos, un sí incondicional a los hijos cuando nacen. Entra en la naturaleza de la relación del amor decir sí al otro y continuar diciéndolo incluso cuando ya no podemos mantenerlo. Por lo general, pasan de cinco a 10 años antes de que empiece a percibirse el desequilibrio que se ha ido creando.

No es que hayamos dicho demasiadas veces sí al otro y a la convivencia, sino que nos hemos dicho muy pocas veces sí a nosotros mismos.

En la relación con los niños la crisis comparece en general un poco antes, entre los dos y los tres años de edad, cuando el niño comienza a decir con mayor convicción no a los padres y a decirse sí a sí mismo. En torno a este periodo, la individualidad del niño y su diferencia respecto de sus padres se hacen más evidentes, y el niño sabe articularlas mediante el lenguaje.

El no del niño a sus padres es una respuesta amorosa porque no es un no a su relación con ellos. Es más bien un sí que el niño se da a sí mismo como persona, es un modo de delimitar el propio espacio respecto de sus padres. Pero como los niños de dos años piensan y se expresan solo en momentos fugaces de manera abstracta, deben decir sí a algo concreto: a quitarse ellos solos los zapatos, lavarse los dientes...

El niño se esfuerza igual que antes en cooperar y en decir sí a los padres, y si se respetan sus noes, en el futuro dirá sí la mayoría de las veces. Respetar el no significa entenderlo o tomarlo en serio, no necesariamente acomodarse a él.

Por lo que se refiere a los padres, se trata de lo mismo, tanto en la relación entre ellos como con respecto al niño. Preferirían decir sí y tienden a hacerlo demasiado a menudo o en circunstancias equivocadas. Algunos dicen sí porque creen que es su deber; otros, porque temen las consecuencias de un no; otros, porque no están seguros de sí mismos, y otros, porque aman de tal modo al otro que se olvidan de sí mismos.

Para muchos de nosotros es tan importante decir sí a los seres queridos que el no, cuando finalmente lo pronunciamos, suena contundente, y nos vemos obligados a justificarnos en ese mismo instante. Pero decir siempre sí es problemático, porque luego esperamos que los demás hagan lo mismo. Si no se reacciona a esta tendencia, la vida familiar dejará muy pronto de ser un don para convertirse en un deber que solo puede cumplirse llevando complicados cálculos sobre el dar y el recibir (hoy te he dicho cinco veces sí, aunque en realidad habría querido decir no; por tanto, estás cinco veces en deuda conmigo). Al cabo de los años, nos encontramos que hemos acumulado una serie de créditos sobre la vida de los demás que no cobraremos nunca.

Por este motivo es importante para la salud de la familia aprender a decir tranquilamente no y ayudarse mutuamente a hacerlo.

No se trata de algo difícil. Basta con tener presente la expresión del rostro del otro cuando está a punto de decir sí mientras querría decir no, e invitarlo a decirlo: “Puedes decir no, si lo prefieres”.

Muchos hemos aprendido a hacer lo contrario. Cuando estamos dispuestos a decir no, nos apresuramos a dar explicaciones e intentar persuadir. A menudo, durante un corto periodo de tiempo, tenemos éxito, pero a la larga se pagan elevados costes en términos de menor proximidad y mayor conflictividad.

Solo cuando sentimos que podemos decir también no y que este será respetado, podemos decirnos sí uno al otro sinceramente. De lo contrario, el sí se dice con reservas y la historia acaba con un gran ¡no!

Algunos padres temen que, al introducir este principio, la vida familiar acabe siendo un caos. Tras años de convivencia piensan que podría aportar algo a la relación de pareja, pero excluyen que pueda aplicarse a los niños. ¿Cómo vamos a hacer lo que debe hacerse si cada cual hace lo que quiere? La práctica enseña que cuando el no obtiene paso franco, pasado un tiempo en familia se dice no menos que antes, cuando el no se decía por lo general de forma no verbal.

El no del que hablamos no es un no a la convivencia, sino un sí a nosotros mismos. Tiene la ventaja de que cada miembro de la familia aprende a asumir su responsabilidad. Y las personas que son capaces de asumir su propia responsabilidad se sienten más responsables también respecto de los demás.

Cuando el no a los hijos sea un sí a sus propias necesidades, el no es un acto de amor. Pero un no a la defensiva –que se ven obligados a decir por haber ido demasiado lejos con los síes– no funciona. Entoces también vale este principio: si los padres quieren que su no sea respetado, deben respetar el de sus hijos.

Cuando toca negociar: Él dice no, tú dices sí...

  • Si padres e hijos tienen deseos y necesidades que entran en contradicción, es necesario recurrir al diálogo y a la negociación para resolver los conflictos. Para el bienestar de la familia, la cualidad del discurso es más importante que el resultado, lo que requiere reflexión y tiempo.
  • Pero no hay métodos para aprender este tipo de discurso, porque esta carencia es una característica de las relaciones humanas que descansan en lo esencial, en el amor. Lo que ayer dio resultado, puede que hoy no sirva, porque en el ámbito de lo personal se cambia continuamente.
  • En la familia debemos tomarnos en serio las necesidades de los demás igual que las nuestras. En este aspecto niños y adultos tenemos algo en común: cuando vemos que nuestros deseos se toman en serio, consideramos menos importante tener razón e imponer nuestro criterio.

Para saber más

¡Aquí estoy! ¿Tú quién eres? (Herder) es un libro que, como habrás podido comprobar con este pequeño fragmento, intenta demostrar a los padres que los conflictos forman parte de la convivencia entre las personas y, por tanto, también entre padres e hijos. La clave está en encontrar la mejor forma de resolverlos, que será distinta en cada caso.

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