Dejar de juzgarnos

MATERNIDAD PLENA

Dejar de juzgarnos como madres

La maternidad es una oportunidad para crecer en amor. No para lo contrario.

Laura Gutman

7 de julio de 2017, 19:45 | Actualizado a

Con nuestro bebé en brazos, ahora toca dejar atrás las fantasías y asumir la realidad: ya no somos las mismas. Hay que adaptarse o reinventarse.

Lo esperable es que ser madre nos cambie para siempre. Si eso no sucede, si nos aferramos a la identidad que habíamos desplegado antes, es posible que las mujeres nos sintamos bien, pero con seguridad, quien se sentirá mal será el bebé.

Por eso, cambiar cuando una deviene madre no solo es lógico y normal, sino que es lo que debe suceder si lo abordamos desde el punto de vista del recién nacido. Y es muy probable que durante el embarazo no lo hayamos imaginado; que nuestras fantasías sobre cómo organizar nuestra vida, nuestras prioridades y relaciones, hayan sido muy distintas. Pero eso ahora no importa.

Lo que la maternidad pretende es que haya un único beneficiado: el niño. Al menos mientras sea pequeño y necesite toda nuestra disponibilidad emocional y corporal.

Compromisos y fantasías

Claro, si durante el embarazo hemos proclamado que seguiríamos siendo independientes, autónomas, autosuficientes y trabajadoras, es posible que en nuestro entorno nos hayan creído. Una vez nacido el niño, nada de eso ocurrió. Lógicamente los demás (pareja, amigos, familiares, empleados...) reclaman que respondamos a nuestros compromisos asumidos.

Es verdad que aparentemente los hemos “engañado”. Pero no fue un engaño consciente. Simplemente no teníamos idea de lo que iba a acontecer. Sobre todo si somos mujeres ordenadas y puntillosas, no podíamos imaginar que la maternidad desorganiza todo y ya nada tiene un inicio ni un final.

¿Y ante eso qué podemos hacer?

En principio, sería pertinente que expliquemos con humildad que las primeras sorprendidas somos nosotras. Que estamos sumidas en un caos y que estamos dispuestas a ir hasta el final, en lugar de escaparnos de esto que nos está sucediendo.

Que hicimos promesas basadas en nuestras fantasías y que ahora necesitamos pedir disculpas, y además que necesitamos ayuda. Ayuda para atravesar el desorden, no para cumplir con promesas imposibles. Necesitamos contar con sencillez y sentido común que la vivencia de la maternidad es indescriptible, que estamos hondamente felices pero a veces completamente perdidas. Y que ya no podemos responder a nada con certeza.

Una nueva realidad

¿Hemos cambiado? ¡Por supuesto! Y si nuestra pareja o nuestros amigos desean que volvamos a ser las mujeres que éramos antes, pues... tendrán que madurar.

Y reconocer que ahora es tiempo de observar y apoyar. Todos tenemos que cambiar. Todos necesitamos adaptarnos a la nueva realidad. Todos somos responsables, en diferente medida, del confort del niño pequeño.

¿Nos gustaría que las cosas no hubieran cambiado tanto? ¡Claro! Las madres somos quienes más deseamos eso, pero es una irrealidad.

¿Cuál es la parte que menos reconocen nuestros seres queridos? Probablemente nuestros registros sutiles, nuestro cambio absoluto de prioridades, nuestras percepciones ligadas al mundo de las emociones, nuestra poca paciencia para cubrir necesidades de otros adultos, nuestro desinterés por temas superfluos o nuestra desmotivación para los encuentros sociales.

Para lograr que nuestro entorno no se ofenda, creo que lo mejor es contar lo que nos pasa con palabras sencillas y amorosas.

También puede ayudar el hecho de buscar otras madres con niños pequeños que estén conectadas con estos cambios y dispuestas a responder prioritariamente a las necesidades de los bebés. Entonces no nos sentiremos tan solas ni raras ni locas ni distintas. Es importante explicar, relatar, compartir lo que nos pasa. Justamente, cuando hay cambios, todos tienen derecho a estar enterados de esos cambios. Nuestro entorno no puede adivinarlo, sobre todo cuando les hemos prometido, ingenuamente, que todo seguiría su curso como hasta entonces.

De todas maneras, pienso que si el entorno no nos reconoce, es porque somos nosotras mismas las que no logramos reconocernos ni aceptar los cambios que operan en nuestro interior.

Es muy probable que el mayor desafío sea ese, amigarnos y amar esos aspectos que aparecen por primera vez: tal vez una gran sensibilidad, cierta torpeza, impuntualidad, cansancio extremo, cambios corporales, sueños recurrentes o un desplazamiento de los intereses personales.

Tiempo para descubrirnos

Habitualmente nos juzgamos ferozmente, suponiendo que las cosas deberían ser de otra forma. Resulta que no. La única verdad es la realidad. La verdad es que necesitamos un tiempo para acomodarnos, para reconocernos, para tejer la trama de una nueva imagen personal y de un nuevo lugar en el mundo.

Esto no sucede automáticamente, y tendremos que tolerar el hecho de vivir durante un lapso de tiempo habiendo dejado de ser quienes éramos pero sin saber aún en quiénes nos vamos a convertir. Lo tendremos que inventar con nuestro hijo a cuestas, con ese amor que crece, se desarrolla e inunda la totalidad de nuestro ser.

Quién cuida de quién

Si en el intercambio de roles dentro de la pareja hemos asumido el lugar de quien sostiene, ampara y toma decisiones, es posible que al nacer el niño el matrimonio se resquebraje y echemos la culpa a “nuestros cambios”.

Pero aquí el problema no es que hayamos cambiado, sino que hay un hombre infantil que no tolera que, quien hasta ese momento se había acupado de cuidarlo, ahora esté cuidando a un niño real.

Así se pone de manifiesto un desequilibrio que ya operaba antes, pero que cuando no había bebés en casa, no traía conflictos. ¿Qué hacer? Revisemos la historia de la pareja. Asumamos los beneficios que ambos obtuvimos en el pasado y tomemos decisiones nuevas, en base a esta nueva realidad. Ahora hay un niño real que no puede competir con un niño ficticio.