Los deseos del bebé o los míos

MATERNIDAD PLENA

Los deseos del bebé o los míos

Podemos satisfacer las necesidades de nuestros hijos sin dejar de ser nosotras mismas, pero a veces no lo sentimos así y vivimos sus reclamos como una lucha. Nuestras vivencias infantiles pueden habernos condicionado.

Laura Gutman

11 de febrero de 2018, 14:06 | Actualizado a

Hay un sentimiento difícil de describir que compartimos casi todas las madres: que nuestro bebé nos va a dominar.

Es una sensación rara e innombrable, es algo parecido a tener la impresión de que si el deseo del bebé se pone de manifiesto, automáticamente irá en detrimento del nuestro.

Profundamente, sentimos que el suyo se impone, que no podemos convivir con dos deseos simultáneamente.

Si un bebé llora y reclama la presencia reconfortante de un adulto, sea su madre o la persona que está a su cuidado, es porque para el bebé su deseo no entra en confrontación con el del adulto.

La madre puede entrar en sintonía y responder al deseo del niño sin dejar de ser ella misma.

En cambio, si la madre no puede responder (porque considera que no es adecuado, porque está cansada, porque cree que el niño se va a mal acostumbrar o por lo que sea), su hijo aprenderá que solo hay lugar para un deseo. O "gana" el deseo de la madre, y el niño no puede satisfacer su necesidad, o "gana" la necesidad del niño, y aparece en la madre el consiguiente sentimiento de rechazo, de pérdida de su tiempo y disponibilidad.

Una vez establecida esta manera de vincularse, comenzarán también las estrategias, porque el niño necesitará igualmente satisfacer sus necesidades básicas y recurrirá a todo tipo de habilidades para sobrevivir física y emocionalmente.

Está claro que se ha declarado una lucha y que en este enfrentamiento entre adulto y niño, obviamente, y en gran parte de los casos, ganará la persona de más edad y experiencia.


Tolerar e integrar

Todo reclamo que el niño manifiesta será inmenso si el adulto que lo cuida no tolera un deseo diferente al propio. O si no logra la integración y la convivencia de dos deseos.

Aunque el término nos parezca exagerado, en este caso estamos hablando de un tipo sutil, invisible, de imposición, de violencia emocional.

Creemos que la violencia es algo muy diferente, ajeno a nosotros, que se ve en la televisión o se lee en las noticias; pero la violencia es también la imposibilidad de que convivan dos deseos en un mismo campo emocional.

Es importante tener en cuenta este concepto, porque si lo pensamos bien está en el origen de las dinámicas de violencia individual y colectiva.

Para que un adulto no tolere la convivencia de dos deseos diferenciados, incluso en presencia de un ser tan amado como su bebé, necesita haber vivido la misma realidad emocional en su infancia.

Dicho de otro modo, cuando este adulto fue niño y tuvo que supeditar sus propias necesidades básicas a las del adulto, este individuo aprendió que en el intercambio afectivo solamente hay lugar para uno.

Si solo cabe el deseo individual y la otra persona, literalmente, tiene que dejar de ejercer como sujeto deseante, es porque no hay ni convivencia, ni integración, ni diálogo.

Disponibilidad real

Incluso las mujeres más amantes de sus hijos pueden sentir, en un lugar muy profundo, que ese hijo en cierto sentido las está expulsando de su propia vida. Pero este es un sentimiento que a menudo se intenta ignorar porque nosotras mismas lo juzgamos negativamente.

Somos madres amorosas y con todas las ganas del mundo de cuidar, proteger y amamantar a nuestro hijo, pero rápidamente el niño deseará algo diferente a lo que nosotras deseamos. Querrá tomar el pecho cuando ya no estamos disponibles, protestará aunque consideremos que lo hemos acunado mucho, llorará de forma desesperada cuando deseemos conversar plácidamente unos minutos con nuestra mejor amiga.

En fin, no se necesita estar ante una situación extrema para darnos cuenta de que nuestro hijo, aunque muy pequeñito, es un "otro".

Todas las madres creemos tener disponibilidad absoluta para el bebé. Pero ocurre algo que va más allá de nuestras intenciones, son las ex-periencias de nuestra primera infancia las que nos harán vivir la presencia de nuestro hijo como devoradora o bien como complementaria.

La realidad de si nuestra infancia estuvo basada en una guerra de deseos o, por el contrario, en la integración de dos deseos podemos corroborarla en presencia del niño.

Raramente hemos tenido la oportunidad de encontrarnos tan visceralmente en estas situaciones de "guerra" emocional. Posiblemente, en otros vínculos con hermanos, amigos o parejas, hemos podido "vencer", imponer nuestros deseos. En otras situaciones, hemos logrado evitar el enfrentamiento, hemos podido retirarnos en algún momento de la escena. Pero con un niño en brazos nos sentimos atrapadas porque, evidentemente, no podemos abandonar esa relación.

Y es precisamente esa sensación de estar capturadas la que nos da pistas sobre cómo hemos organizado nuestro "estar en el mundo" desde niños.

Hemos de poder identificarlo y entenderlo, porque si seguimos perpetuando el mismo mecanismo, perpetuamos la guerra.

Una lucha infantil con el otro

Si procedemos de una vivencia de amparo y cuidados maternales, no sucederá nada, no habrá conflicto. Pero si procedemos de una situación emocional de desamparo, en mayor o menor grado, inconscientemente se declarará esta lucha.


Nosotras buscaremos alianzas, alguien que nos dé la razón. Y será fácil, ya que la sociedad está organizada basándose en este enfrentamiento de deseos. Habrá profesionales que certifiquen que el niño necesita límites, aunque tenga pocos días, y también múltiples libros sobre cómo inculcarles disciplina.


Lo que las madres no encontraremos fácilmente es alguien que sea el portavoz de nuestro hijo. Alguien que nos pregunte por qué hemos entablado esta lucha de manera tan decidida. Porque, obviamente, no se trata de algo en contra de nuestro hijo, sino en contra del "otro", ese "otro" que en nuestra mente infantil viene para imponerse.

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