Divorcio y sentimientos de culpa

CRIANZA

Divorcio y sentimientos de culpa

Poder transitar estos momentos difíciles pasa por reconocer errores o debilidades, y conversar con los niños sin inundarlos con nuestros problemas.

Laura Gutman

6 de julio de 2018, 13:59 | Actualizado a

Educadas entre cuentos de hadas y telenovelas, nos refugiamos en la idea del matrimonio feliz por siempre jamás. En ocasiones hemos sido capaces de mantener esos sueños, porque pudimos concretarlos y sostenerlos en la realidad. Otras veces los sueños fueron eso: sueños que hemos soñado pero que no nos hemos ocupado de nutrir, cuidar y convertir en nuestra verdad cotidiana. La cuestión es que alguna vez nos hemos enamorado, hemos sostenido una pareja en mejores o peores condiciones, hemos construido acuerdos o, por el contrario, no hemos tenido la capacidad de dialogar, ni de comprender o de mediar entre necesidades y realidades diferentes.

Hemos tenido hijos. Los hemos deseado, engendrado y parido en compañía de otro. Nos hemos encontrado con problemáticas insospechadas en el pasado. Hemos discutido. Hemos llorado. Hemos amenazado. Hemos peleado. Nos hemos enfrentado con nuestros propios demonios. Y en algún momento, a pesar del dolor y la rabia, apareció el divorcio como la única o la mejor solución para aliviar las penas. Decidimos separarnos. En algunos casos esta determinación no ha sido compartida: o bien hemos empujado al otro a salir del hogar, o bien ha sido nuestro cónyuge quien ha decidido cortar los lazos afectivos con nosotras. En todos los casos, ha llegado el fin de la vida en común y, generalmente, ha comenzado una relación bajo otras condiciones, ya que compartiremos hijos para siempre.

Todo sigue igual

En primer lugar, es importante aclarar que el modo en que transcurre un divorcio –o los acontecimientos durante años con un ex cónyuge– se parece mucho a la vida vivida cuando éramos pareja. Si el divorcio es controvertido, así ha transcurrido la vida en pareja. En esos casos, seguiremos comunicándonos en los mismos términos, nos pelearemos por los mismos temas, querremos que el otro cambie exactamente por las mismas razones, no toleraremos las mismas actitudes que antes, no le creeremos, o lo despreciaremos, o le exigiremos de un modo absolutamente similar. En cambio, si el divorcio sucede en medio de buenos acuerdos, es posible que el matrimonio haya sido relativamente tranquilo y eso beneficie las decisiones que se tomen en relación a los hijos.

En todas las situaciones, abordar el tema del divorcio y los hijos estará en concordancia con el nivel de comprensión y diálogo, o de pelea y rabia, que ha circulado entre los adultos. Y el modo en que lo encaremos dependerá del grado de consciencia y honestidad que conservemos respecto a la propia responsabilidad en los hechos.

El divorcio es un hecho traumático. Siempre es doloroso y, en parte, “no deseado”. El problema es que, para no afrontar el dolor, solemos taparlo con enfado o rabia. Obviamente, la rabia trae consigo la acusación que descargamos en el otro –en este caso, el ex cónyuge–, como si fuera el culpable de nuestro malestar. Si ésta fuera nuestra sensación, y si tenemos hijos pequeños, es importante que hagamos algo con nuestra manera de ver las cosas. Si creemos que la culpa es del otro, hablaremos, opinaremos y desahogaremos nuestra frustración así. El niño quedará sometido a nuestras opiniones usualmente despreciativas sobre su otro progenitor, también amado. Una prisión emocional para él.

El niño tiene derecho a saber y comprender qué es lo que sucede entre sus padres, y enterarse de cuáles serán las consecuencias para él. Pero sobre todas las cosas, tiene derecho a ser cuidado, protegido y amado sin convertirse en rehén de las disputas entre mayores. La mayoría de las veces, los niños pequeños suelen permanecer al cuidado de sus madres. El drama es que solemos dedicar más energía a la pelea contra el hombre que al tiempo de permanencia, contacto y cuidados amorosos para con nuestros hijos. Así, el divorcio se torna una situación lamentable: los niños pierden presencia cariñosa de su madre.

Pretensiones inútiles

Hay otra opinión que circula entre mujeres que nos encierra en mayores disgustos: las madres creemos que los padres deberían ocuparse de los hijos de una determinada manera y durante una cierta cantidad de tiempo. Más allá de lo que puede ser correcto o esperable, lo único que importa es la realidad. Si nos hemos enamorado y hemos tenido tres hijos con un hombre que ha desplegado su identidad en el trabajo, del que nos hemos beneficiado, y nuestro acuerdo pretérito no estuvo basado en sus demostraciones afectivas hacia los hijos; es irrisorio que hoy pretendamos que se convierta de la noche a la mañana en un padre que viene a buscar a los niños para leerles cuentos antes de ir a dormir.

Suena gracioso, pero es lo que hacemos: pretendemos que ese individuo se comporte de un modo que no encaja con su manera de ser ni con los acuerdos que sostuvimos durante el tiempo de convivencia. Pero al no obtener lo que infantilmente hemos deseado para nosotras y nuestros hijos, tenemos motivos suficientes para aumentar la furia, que al final deja heridos a los niños.

Aceptar y reconocer

Es verdad que, cuando se produce la separación, las mujeres solemos quedar en peores condiciones económicas y, a veces, con menos ayuda para la crianza de los niños. Estos hechos también generan sentimientos de injusticia que, una vez más, terminan perjudicando a los niños.

¿Qué podemos hacer para salir de esta espiral de soledad, ira, rabia, demanda excesiva de los niños y culpas? En primer lugar, reconocer qué parte de responsabilidad nos toca en el modo en que encaramos nuestras relaciones afectivas. Si aceptamos que nuestras trabas personales también han causado parte de los desencuentros, será más fácil transmitir los hechos a los hijos desde nuestra “voz interior”.

Podremos explicarles qué cosas hemos sabido resolver favorablemente y cuáles no, qué miedos nos han atormentado, qué situaciones hemos decidido no acompañar, qué historias personales arrastramos y, sobre todo, qué ayudas o herramientas estamos buscando ahora para mejorar nuestra vida, y con ella, la vida de los niños. No importa qué decisiones está tomando el otro progenitor respecto a ellos. Sería estupendo concentrar nuestras energías en reflotar el vínculo con los niños, al que posiblemente hemos prestado poca atención mientras luchábamos en las aguas turbulentas de las guerras conyugales.

Si los niños se sienten suficientemente protegidos, amados, tenidos en cuenta y abrazados, el divorcio en sí no es un drama para ellos. No nacen con el “chip” de la familia ideal. Los niños pequeños responden de acuerdo a sus satisfacciones personales, porque son seres dependientes de los cuidados y la protección afectiva de los mayores. Por eso, no pasa nada si crecen con padres biológicos que no viven juntos, siempre y cuando reciban los cuidados, la mirada, la escucha, la presencia y el contacto mínimos para saberse totalmente seguros.

El bien más preciado que pueden recibir los niños es la capacidad de sus progenitores de preguntarse a sí mismos, permanentemente; sobre sus actos, sus opiniones, sus problemáticas y sus mecanismos de defensa. Si somos permeables para cambiar y para reconocer equivocaciones o debilidades, no habrá culpas para repartir, simplemente experiencias vitales de las que aprender. Grandes y pequeños podemos transitar juntos los acontecimientos difíciles.

Con la mirada en el futuro

Si todo esto nos resulta inabordable, pidamos ayuda. Tal vez necesitemos que otras personas permanezcan más horas con nosotras acompañando la vida cotidiana con los niños. En algunas ocasiones precisaremos ayuda profesional para entender nuestros procesos, para comprender por qué y para qué hemos llegado a tales situaciones, y para concretar cambios profundos en nuestro modo de vincularnos que nos garanticen uniones más saludables en el futuro. Una buena manera de emprender esos cambios será abandonando la lucha contra el ex cónyuge. Constataremos cómo las tensiones aflojan, cómo los niños responden amablemente a nuestras demandas y cómo nos sacamos un peso de encima. No importa quién tiene razón. Todos tenemos nuestras razones. Necesitamos trazar un camino hacia el futuro, apuntando la brújula hacia la consideración de todos los estados emocionales, y dando prioridad al bienestar de los niños pequeños.

Cuando la realidad se impone

El mecanismo de responder a mandatos familiares, sociales o religiosos nos obliga a encontrar amparo en la fantasía, probablemente el único lugar donde ejercemos la libertad. Inmersas en nuestros sueños pretendemos casarnos con el Príncipe Azul. En la fantasía no hay metas inalcanzables ni deseos reprimidos. El problema aparece cuando la realidad y la fantasía se encuentran por azar. La realidad nos muestra a nuestro Príncipe sin su traje plateado, pero también nos despoja a nosotras –supuestas Hadas del Bosque– de nuestro traje dorado. La realidad nos encuentra desnudos con nuestros pobres corazones de villanos. Cada uno enfadado por lo que imaginó del otro, pero viendo en el otro su triste verdad.

Palabras y silencios que hieren

Si hemos vivido el divorcio de nuestros padres, sabemos que el peor sufrimiento han sido las palabras cargadas de rabia, acusaciones o amenazas dichas por un adulto amado.

Esos sentimientos han lastimado nuestros oídos, nos han dejado desprovistos de confianza, y hemos estado obligados a optar por alguno de nuestros padres. Desde entonces cargamos con la culpa y el miedo por el fracaso de ese amor.

Pasados los años, es posible que todavía recordemos con lujo de detalles todas las acusaciones que se cruzaron. Sin embargo, si hoy en día nos preguntamos quién nos observaba como niños en aquellos momentos difíciles… quizás no recordemos ni una sola mirada, ni una sola actitud de acompañamiento, ni una sola preocupación hacia lo que estábamos viviendo siendo muy pequeños.

Sólo importaban los sufrimientos de las personas mayores. Nosotros no contábamos.

Eso se llama soledad, aunque en ese entonces no lo sabíamos.

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