Divorcios: evitar que los niños sean rehenes

CRIANZA

Divorcios, lo más cuidados posible

¿Cómo podemos evitar que los niños se sientan perdidos?

Laura Gutman

23 de junio de 2018, 08:58 | Actualizado a

Los adultos peleamos por lo que no estamos dispuestos a ceder, pero hay que evitar que los hijos se sientan perdidos durante la batalla. Cuando se produce el divorcio, hay dos instancias que antes formaban parte de la sociedad matrimonial y que ahora son motivo de discusión:

  • qué se hace con el dinero
  • y qué se hace con los hijos.

Básicamente todos los desacuerdos van a girar entorno a estos temas, por eso será necesario retomar la historia concreta de cada pareja y revisar los desencuentros históricos sobre dinero e hijos que han sido siempre motivo de disputa.

Cerca de la realidad

Durante las separaciones y los divorcios no suele suceder nada demasiado diferente a lo que acontecía cuando la pareja funcionaba como tal. Justamente por eso hemos decidido dar por terminada la relación. Y tendremos que aceptar que aquello que no fue posible solucionar dentro del matrimonio, va a ser absolutamente imposible de solucionar fuera de él. Por lo tanto, nos conviene atenernos a la realidad. Lamentablemente, la perspectiva que solemos mirar apunta a lo más negativo de la otra mitad de la pareja. Sin embargo, sería esclarecedor reconocer también quiénes hemos sido nosotros al construir esa relación, qué hemos aportado al vínculo, si estuvimos dispuestos a aceptar al otro tal cual era o bien si hemos forzado situaciones pretendiendo que el otro se acomode a nuestras necesidades o fantasías.

Reconocer los errores

Tomando en cuenta que el final de una relación amorosa suele sacar a relucir lo peor de nosotros mismos –inundados de rencor o desilusión– pongamos énfasis en la capacidad de aceptar el lado negativo personal. Estas épocas críticas se convierten en una perfecta oportunidad para observarnos honestamente y reconocer cuánto hemos aportado nosotros al sufrimiento de la pareja, a la falta de mirada, al descrédito, al desprecio o al desamor.

Porque sólo en la medida que podamos dilucidar cuál fue nuestro juego dentro del vínculo amoroso, podremos también entender cuáles son las consecuencias en tiempos de divorcio. Generalmente peleamos por lo que no estamos dispuestos a perder. En algunos casos se trata de comodidad, seguridad, amparo, conflicto, dinero, lugar social, pertenencia, identidad, reconocimiento familiar... e incluso hijos, claro. La guerra va a estar basada en lo que poseemos para defendernos y en lo que no tenemos pero deseamos obtener.

Si los hombres han generado mayores recursos económicos a lo largo del matrimonio, las mujeres no estaremos dispuestas a perder cierto confort. Lucharemos para seguir viviendo con la comodidad de entonces. Y si las mujeres hemos desplegado gran parte de nuestra energía en el cuidado de los niños, usaremos a esos niños como aliados, porque sabemos que responden a nuestros requerimientos. Los consideraremos propios, criados y educados por nosotras. Inversamente, si las mujeres hemos sido sostenedoras económicas del hogar, no estaremos dispuestas a que el varón siga disfrutando del producto de nuestros esfuerzos. Si en esos casos ni las mujeres ni los varones hemos afianzado vínculos fuertes con los niños... pues los niños quedarán a la deriva, como testigos permanentes de las guerras entre los adultos. Entonces, por un lado, pretendemos no perder aquello que teníamos antes del divorcio. Cosa imposible: el divorcio es la manifestación de la pérdida. Por el otro lado, pretendemos ganar algo, lo que sea. Cosa también imposible: no son tiempos de ganancia, son tiempos de introspección y de duelo.

Cambiar de actitud

Quiero demostrar que las guerras que libramos durante los divorcios suelen ser exactamente iguales a las discusiones y peleas que fueron moneda de cambio permanente cuando vivíamos juntos. Por lo tanto, continuar con la misma pelea va a ser frustrante porque no habrá solución amigable. Sólo odio, rencor y acusaciones mutuas.

Ahora bien, si estamos hablando de las batallas entre los adultos, la pregunta es dónde quedan los niños mientras tanto. Entendiendo que ese “mientras tanto” puede durar muchos años. La verdad es que, si las mujeres y los varones tenemos puesta la libido en la guerra, los niños permanecerán muy solos. Además, en realidad no importa quién tiene razón, porque en las guerras cada uno tiene sus razones.

Dinero y niños ocupan el mismo rango de preocupaciones y de contrapropuestas. En los divorcios, quienes no llegan a buenos acuerdos en cuanto al dinero, tampoco llegan a buenos acuerdos respecto al cuidado y la crianza de los niños.

Un padre ausente

Cuando el padre no se hace cargo de los hijos, hay que fijarse en la edad de los niños. Si son menores de seis o siete años, habría que revisar qué tipo de vínculo han tenido esos niños con el padre y si la madre ha sido capaz de mediar en las relaciones entre ellos. Si el matrimonio ha sido complejo, si el maltrato verbal o emocional fue una modalidad frecuente, es posible que la madre haya desacreditado al padre de tal forma que ni el padre ni los niños cuenten con el aval emocional para sostener un vínculo de amor.

Si nos importa que el padre continúe la relación con los niños pequeños, es importante saber que los varones necesitan la mediación de una mujer. En esos casos, la nueva pareja del padre, o la abuela paterna, pueden ser excelentes mediadores.

Pretender que el padre actúe como una madre no sólo es descabellado, sino que nos va a traer frustración.

En todos los casos, si un padre no está afectivamente en condiciones de visitar a sus hijos, de hacerse cargo de ellos, de aportar económicamente o de estar presente físicamente, no hace más que reflejar una realidad que ya funcionaba en el matrimonio y que, seguramente, fue posible gracias al aval y la complicidad de la madre, que ahora no perdona esta actitud.

Con quién debe estar

Si el padre quiere llevarse a sus hijos pequeños a toda costa, obviamente necesitamos determinar qué edad tiene el niño en cuestión. Si es menor de dos años, y sobre todo si es amamantado por la madre, es evidente que no pedirá pasar la noche con su padre. Muchas mujeres creemos que tenemos la obligación de entregar al niño “porque el padre tiene derecho a dormir con él”. Insisto en que el único que tiene derechos en estos casos es el niño.

Si un niño está apegado a la madre, si toma el pecho, si se alimenta de presencia materna cada noche, entonces, sin duda alguna, el niño no necesita pasar ninguna noche con su padre hasta que el mismo niño lo reclame. En estos casos, es indispensable considerar si el padre es suficientemente maduro para ofrecer al niño lo que éste necesita, o bien si ese padre tiene tantas carencias que pretende nutrirse con la presencia del hijo.

Porque es llamativo que el padre quiera llevarse al niño a toda costa, cuando aún no han podido construir un vínculo social. Hay una gran diferencia entre querer ocuparse y proveer al niño de cuidados, o necesitar al niño para llenar el propio vacío interior. Si nos importa el bienestar del pequeño, tendremos que ser capaces de distinguir si quien reclama su presencia está en condiciones de ofrecerle lo que necesita en lugar de recibir la ternura que emana del menor.

Cuando los niños se expresen y decidan será más fácil, porque será el propio niño quien tendrá recursos para pasar un tiempo con su padre, en lapsos y en circunstancias acordes a su edad. También podrá avisar cuando sienta que necesita regresar con mamá.

Las nuevas parejas

Ni las mujeres ni los varones podemos pasar mucho tiempo a solas con los niños. Por eso, si nuestros hijos nos importan de verdad y no los usamos como rehenes de nuestras luchas personales, desearemos que nuestra ex pareja tenga una buena compañía. Porque en principio, y salvo algunas excepciones, esa compañía permitirá a nuestro ex cónyuge hacerse cargo de los niños de un modo más amable, más pleno y relajado. A nosotras/os nos sucederá lo mismo. Por supuesto que esto va a depender de la intención que tengamos de continuar vinculándonos con los niños o no, porque la elección de pareja que haremos va a depender de esa decisión.

A veces son las familias ascendentes quienes reclaman la presencia del niño. Una vez más, tendremos que determinar si esos abuelos, tíos o padrinos tienen amor y cariño para prodigarle, o bien si ese niño es usado como parte de los tesoros ganados en batallas ancestrales. El niño no sólo suele ser rehén de la madre o el padre. Lamentablemente y con frecuencia, las familias enteras peleamos por los menores como si fueran bienes de consumo, tironeándoles hacia un lado y otro, suponiendo que nos pertenecen más que a “los otros”. Mientras tanto, el niño no pertenecerá a ningún lugar, perdido en su desierto emocional.

Palabras negativas que dañan

  • Cargar con la culpa. Si hemos vivido el divorcio de nuestros padres, sabemos que el peor sufrimiento han sido las palabras cargadas de rabia, acusaciones o amenazas dichas por un adulto amado, que a veces recordamos con todo detalle. Esos sentimientos han lastimado nuestros oídos, nos han dejado desprovistos de confianza y hemos estado obligados a optar por uno de nuestros padres. Desde entonces cargamos con la culpa y el miedo por el fracaso de ese amor.
  • Sentimiento de soledad. Sin embargo, si hoy en día nos preguntamos quién nos observaba como niños en ese entonces... quizás no recordemos ni una sola mirada, ni una sola actitud de acompañamiento, ni una sola preocupación hacia lo que estábamos viviendo siendo muy pequeños. Sólo importaban los sufrimientos de las personas mayores. Eso se llama soledad, aunque en ese entonces no lo sabíamos. Y ocurre cuando el adulto no piensa en el bienestar del niño.


Cuando los usamos como mensajeros

  • Les robamos la inocencia. Si el niño es el encargado de transmitir los mensajes entre los adultos cuando éstos no son capaces de comunicarse, quedará atrapado en un lugar sin retorno. Perderá para siempre la inocencia, aprendiendo estrategias que favorezcan a los adultos de ambos bandos.
  • Huimos de responsabilidades. Sepamos que los temas pendientes entre hombres y mujeres nos corresponde asumirlos a nosotros con los recursos que tengamos a mano, nuestros propios recursos. Dejemos a nuestros hijos al margen.
  • Les traspasamos obligaciones. El peor daño que podemos hacer a los hijos es pedirles que logren traer dinero a casa o que no le cuenten a mamá que papá tiene novia. Cuando actuamos así, les obligamos a asumir una responsabilidad que no les corresponde, la de alegrar o tranquilizar a sus padres.
  • Olvidamos que ellos son la prioridad. Recordemos siempre que a los niños no les corresponde cuidarnos. Son ellos los que deben ser atendidos.