Una educación sin castigos

LIBRO RECOMENDADO

Una educación sin castigos

implicarnos todos en la construcción de nuestra familia, ser sinceramente coherentes y tratarnos con respeto, procurar ver las acciones de los otros con empatía. Este sería un buen principio.

Rosa Jové

31 de diciembre de 2018, 12:30 | Actualizado a

Este artículo ha sido extraído y adaptado del muy recomendable libro Ni rabietas ni conflictos, de Rosa Jové (La Esfera de los Libros).

Hay personas que creen que si no castigamos estamos abocados al caos porque nuestra juventud está cada día peor. Muchos nostálgicos creen que los valores de antes se han perdido y dicen frases como: “En nuestros tiempos esto no pasaba”. Pues bien, lea estas frases:

“Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura.” (Inscripción babilónica de hace más de 4.000 años)

“Nuestra juventud gusta del lujo y es maleducada, no hace caso a las autoridades y no tienen el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. No se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos.” (Sócrates, 470-399 a. C.)

Llevamos miles de años castigando a nuestros hijos y parece que el panorama no ha cambiado demasiado. ¿Y si probamos a cambiar de táctica? Quizás nos cueste como sociedad, al fin y al cabo dicen que el hombre es animal de costumbres y tendemos a perseverar en el error, pero que cueste no quiere decir que no se pueda. Hace más de doscientos años, Cesare Beccaria, jurista y criminólogo, dijo: “La falla que el niño nunca pierde es aquella por la cual es más castigado que por ninguna otra”.

El castigo es un fracaso del educador: si el educador, mediante explicaciones, razonamientos, etc., consigue educar o cambiar una conducta, es que tiene éxito. Cuando no lo consigue es cuando debe recurrir al castigo. Si los padres y educadores fueran mejores en su “trabajo” y supieran conseguir con otras técnicas lo que se proponen, seguramente no deberían castigar.

Rápido y cómodo, pero no lo mejor

Está claro que dependiendo del estilo educativo de los padres, la formación puede ser más punitiva o menos. Por lo tanto, es cuestión de ver cómo son y actúan estas familias. Para reflexionar sobre una crianza sin castigos, vamos a dividirlas en función del apoyo que dan a sus hijos o del control que ejercen sobre ellos:

  • Padres vigilantes. Ejercen excesivo control y poco apoyo. Es un modelo bastante tradicional y arcaico de familia que busca que el niño no pueda hacer nada que se salga de la norma. Son familias o padres bastante castigadores, puesto que tan solo a través de la coerción pueden lograr sus propósitos. Propósitos para los que no se requiere la opinión del niño.
  • Padres permisivos. No ejercen ni control ni apoyo. Hay pasividad e indiferencia respecto a los hijos, a los que no se suele prestar atención. Los padres suelen ser imprevisibles en sus actuaciones pues sus castigos dependen de su estado anímico o de que los niños les hayan molestado más o menos. Acostumbran a castigar bastante, pero al hacerlo sin criterio los niños suelen ser muy ansiosos, pues perciben esa incoherencia. Los niños tampoco son tenidos en cuenta: ni en opiniones ni en aportaciones.
  • Padres incondicionales. Suelen dar mucho apoyo y poco control. Estos padres están más interesados en formar, orientar e informar a sus hijos e hijas que en vigilarlos. Los niños forman parte activa en la toma de decisiones y en la educación. Cuanto más nos acerquemos a este modelo y más nos alejemos de los otros, tendremos una mejor base para educar sin castigar.

Hay gente que piensa que los padres que no castigan son padres “dejados”. A veces peyorativamente se les acusa de “modernos”, “hippies”, “blandos”... Nada más falso: son los que más apoyo dan a sus hijos y los que invierten más tiempo en su educación (que no en su vigilancia).

La construcción de valores y normas

Cuando a uno le piden ideas para un proyecto, se implica más que cuando se lo dan hecho. Lo mismo sucede con nuestros hijos: si les pedimos su ayuda para elaborar aquellas normas de convivencia que consideramos imprescindibles para nuestro hogar, será más fácil que se cumplan. Al fin y al cabo, son suyas también.

Si posibilitamos su participación en la construcción del modelo de familia y de persona que queremos, estamos facilitando una educación sin métodos punitivos. Para ello es importante conseguir que haya un marco afectivo adecuado, que los hijos puedan expresar libremente sus opiniones y que toda la familia pueda participar activamente en la toma de decisiones que les incumben. Quizás pensemos que somos muy generosos dándoles ese poder, cuando la verdad es que es un derecho que tienen y que casi nadie cumple, como queda reflejado en el artículo 12 de la Convención de los Derechos del Niño.

Saber equivocarse y aprender del error

Nadie es perfecto ni se pretende que lo sea. Los adultos en general, y los padres en particular, también pueden equivocarse y no pasa nada: se pide perdón y se intenta mejorar. ¡Cuántas veces hemos metido la pata con los compañeros de trabajo! ¡Cuántas veces nos hemos enfadado con un amigo o con un familiar! Pues eso, pedimos perdón e intentamos que no pase más. Ya se sabe, rectificar es de sabios. Los niños también pueden equivocarse y para eso les vamos a ayudar a que sepan pedir perdón y a mejorar.

El error debe ser visto como una oportunidad de mejorar y aprender. Mientras veamos el error como un fallo intencionado de nuestros hijos o lo vivamos como un fallo de nuestra pedagogía, será muy difícil educar desde el respeto.

La verdadera falta de coherencia

Los padres deben predicar con el ejemplo. Si no hay una coherencia de las normas impuestas con el estilo de vida de los padres, la cosa no fuciona. Puede que un padre opine una cosa y otro otra, pero no pasa nada porque los niños están acostumbrados a que las opiniones de todos se tomen en cuenta y saben que su familia es democrática. Que el padre y la madre piensen diferente puede ser enriquecedor si entre todos valoran cada una de las opiniones. El problema es cuando el padre le pide a su hijo que no fume cuando él tiene un cigarro en la mano, o que le grite por levantar la voz.

Buscar la legitimidad y la autoridad

La legitimidad se da cuando los hijos e hijas otorgan a sus padres la autoridad para realizar su función. Es importante que ellos vean que los padres son los más capaces o los que más experiencia tienen para poder ejercer ese papel. Antes de intentar ejercer una autoridad, debemos conseguir que nuestros hijos nos otorguen legítimamente ese derecho. Eso se gana cada día demostrando que uno es el más indicado. Si somos los primeros que no cumplimos con las normas propuestas, ¿cómo van a legitimarnos?

Todos merecemos respeto

Una educación sin castigos debe basarse en el respeto mutuo de todos los miembros de la familia. Nadie tiene derecho a menospreciar o faltar al otro. Si eso sucede, la familia debe activar las herramientas educativas que crea necesarias: consejo de familia, informar de las normas establecidas, uso del perdón... El niño está aprendiendo, está construyéndose como adulto y como persona, y si falta el respeto a alguien puede que todavía no tenga adquirido ese valor. Podemos comprender que todavía es pequeño y perdonar. Pero los padres no deberíamos fallar en este aspecto, pues se supone que es un aprendizaje que ya tenemos hecho. No obtante, si fallamos, no solo hemos de saber pedir perdón, sino entender que nuestros hijos pueden fallar con más frecuencia que nosotros.

Empatía: comprendiendo sus motivos

La empatía puede definirse como la capacidad de ponernos en el lugar del otro, intuir lo que puede pensar o sentir y actuar con la comprensión y la sensibilidad que eso requiere. Todo esto nos lleva a la idea de que no podemos juzgar las acciones de un niño sin saber las razones que le han llevado a realizarlas.

Todos los niños tienen una razón para obrar, aunque puede que sea equivocada. Si la adivina y ve que la razón es errónea, podrá educar a su hijo haciéndole ver que aquello es equivocado. En otros casos descubrirá que quizás su hijo tiene razón. Empatía no es sinónimo de simpatía, pero tienen puntos en común.

Se puede educar sin castigar, y lo cierto es que es más fácil y menos cansado que estar imponiendo castigos y vigilando que se cumplan. Miles de familias lo demuestran cada día. Sí, se puede educar sin castigar, y por lo tanto se debe. La balanza de las ventajas frente a las desventajas está totalmente inclinada hacia las primeras.

¿Cómo podemos prevenir las rabietas?

En primer lugar, comprendiendo que el niño tiene sus razones, aunque no las entendamos; en segundo lugar, permitiendo que pueda hacer de cuando en cuando lo que quiere si no es nocivo para su salud; y en tercer lugar, distrayendo al menor con otra cosa. También sirven:

  • La evitación. La mejor guerra es la que no se da. Si usted tiene un niño que cada día al ir al colegio pasa por delante de un quiosco y le pide que le compre algo y coge una rabieta ante su negativa, ¿no cree que es mejor cambiar la ruta para ir al cole? Si ir al supermercado es un motivo de conflicto, ¿no puede turnarse con su pareja para que vaya uno y el otro se quede con el niño?
  • Paciencia y flexibilidad. Si usted está convencido de que las rabietas son un problema pasajero, eso le ayudará bastante en este período. En cambio, si cree que si no las soluciona a base de mano dura, el niño será un malcriado toda la vida, lo va a tener muy difícil. Si usted es de este último grupo, hay una pregunta que puede ayudarle mucho: ¿En cinco años esto importará? Y es que las cosas tienen una importancia relativa y, a veces, castigamos a nuestros hijos por algo de lo que, al cabo de los años, nos reímos. ¿Cuántos niños se han cortado el flequillo? Eso no merece un castigo (bueno, a los padres sí, por dejar unas tijeras a mano; si lo hubiera hecho una profesora, seguro que habrían ido a quejarse); en lugar de un castigo o quitarle las tijeras bruscamente, es mejor separarlo con suavidad y darle una explicación.
  • Las expectativas cumplidas. Los niños no se conocen a sí mismos; lo saben por lo que les decimos, y como nos creen, acaban pensando que son así y comportándose así. Es lo que se llama expectativas cumplidas. Nosotros terminamos siendo su espejo: si lo que ven allí es bueno, crecerán con una autoestima alta, y si lo que ven es reprobación hacia su forma de ser, crecerán con una autoestima baja. Nunca censuraremos a nuestro hijo, sino a su conducta.

La mayoría de conflictos entre padres e hijos se resolverían si los adultos no esperáramos de los niños algo que no son capaces de hacer.

Por supuesto, no es fácil, nada lo es, pero no lo fuerce, no corra, comprenda que (su hijo) a veces no le entiende. De esta manera, notará cómo muchos de los problemas se desvanecen.

Para saber más

Este recomendable libro "Ni rabietas ni conflictos", de Rosa Jové (La Esfera de los Libros) habla del castigo, de los límites, los hábitos y las rutinas, pero no porque la autora los crea necesarios, sino porque cree llegado el momento de replantearnos su utilidad... o inutilidad. Desde la comprensión y el respeto, con el amor que todos los padres damos a nuestros hijos, encontraremos un lugar donde entendernos. Al fin y al cabo, “debemos ver el conflicto como una oportunidad de aprendizaje (...). Es imposible que dos personas distintas quieran siempre lo mismo de una forma complementaria”.

Rosa Jové es psicóloga clínica infantil y juvenil, psicopediatra y especialista en antropología de la crianza. Dormir sin lágrimas, su primer libro, se convirtió en un título de referencia que desmitificó los “problemas de sueño” de los bebés y los niños pequeños.

Artículos relacionados