¿Niño demasiado activo?

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¿Es "demasiado" activo?

Pretender que un niño sea menos movido es ir en contra de su propia naturaleza. Aun así, a veces, una actividad incansable puede ser el reflejo de conflictos que nos atañen a los adultos.

Laura Gutman

24 de octubre de 2017, 16:48 | Actualizado a

Solemos definir la hiperactividad desde un ángulo subjetivo, es decir, en relación a la quietud o la personalidad que poseemos los adultos que tenemos esos niños a cargo. Los niños son activos por naturaleza, como todas las crías de todas las especies de mamíferos. Esto les permite explorar, aprender y moverse en el ámbito en el cual se desarrollan.

Un niño poco activo es mucho más preocupante.

Por otra parte, confundimos hiperactividad con incapacidad para la concentración mental. En estos casos, tendríamos que evaluar qué edad tiene el niño, porque lo que sucede es que pretendemos que se concentre en un solo juego a los cuatro años, cosa poco probable. También necesitamos evaluar si ese mismo niño se somete a demasiadas horas de quietud, y reacciona luego saludablemente con “demasiada” actividad.

Compensar la inacción

Honestamente, el sistema educativo que se hace cargo de niños cada vez más pequeños es el principal creador de niños “hiperactivos”. La organización establece grupos grandes de muchos niños cuidados por un solo adulto. Para que esto sea posible, se les imponen reglas de conducta bastante severas, generalmente en relación a la quietud física y al menor movimiento posible, y se otorga prioridad a las actividades mentales o juegos que se puedan realizar alrededor de una mesa. Es evidente que, luego, esos niños necesitarán compensar esa inacción impuesta con un dinamismo que les devuelva algo de su vitalidad innata.

Ahora bien, hay un aspecto que pocas veces relacionamos con las actitudes de los niños: lo que llamamos “hiperactividad” suele ser una reacción desesperada del niño por saber “de qué se trata”.

Sí. Es frecuente que haya situaciones de estrés entre los adultos, conflictos laborales, desacuerdos dentro de la pareja de padres, enfermedades de personas allegadas, preocupaciones mundanas, pérdidas materiales o espirituales... y no se nos ocurre compartir con los niños nuestras emociones, ya sean dolorosas o felices. ¿Por qué tendríamos que tenerlos al tanto? ¡Pues porque son nuestros hijos! ¡Conviven con nosotros! ¡Escuchan nuestras conversaciones, nuestros llantos, nuestra rabia, nuestra euforia o lo que sea que nos suceda! Pero al no conversar abiertamente con ellos, no alcanzan a vislumbrar la totalidad de cada situación. Y se desesperan.

La ayuda que querríamos

¿Qué hacemos los adultos cuando estamos desesperados? Pensemos unos instantes. Recordemos algún momento de verdadera exasperación. Hay quienes gritan, quienes se golpean contra la pared, quienes conducen el coche a toda velocidad, quienes vociferan, quienes salen a caminar por la calle a las tres de la mañana, quienes fuman compulsivamente, quienes obsesivamente envían mensajes desde su móvil o su ordenador.

Si alguien pudiera ayudarnos, ¿qué nos gustaría recibir? ¿Un abrazo? ¿Unas palabras tranquilizadoras? ¿Una explicación razonable que nos haga ver el otro lado de la situación? Pues bien, hagamos eso mismo con los niños. Abracémoslos. Nombremos todo aquello que creamos que pueda estar afectándoles. Permanezcamos juntos. No hay “hiperactividad” que no pueda ser calmada.

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