¿Es necesario poner más límites a mi hijo?

CRIANZA CON RESPETO

¿Es necesario poner más límites a mi hijo?

Este falso problema no se resuelve imponiendo más normas sino reconociendo sus necesidades y llegando a acuerdos satisfactorios para todos.

Laura Gutman

19 de mayo de 2018, 12:10 | Actualizado a

Cuando los adultos no logramos reconocer con sencillez y sentido lógico una necesidad personal, tampoco podemos comprender la necesidad específica del otro, y menos todavía si está formulada en el plano equivocado. Sin darnos cuenta, pedimos lo que creemos que será escuchado y no lo que realmente necesitamos. A este fenómeno tan frecuente lo denomino “pedido desplazado”.

Por ejemplo, necesito que mi marido me abrace y me diga cuánto me ama. Sin embargo, en lugar de explicitar mi necesidad afectiva le pido que se ocupe de cambiar al bebé. Cuando un deseo es expresado a través de otro deseo, aparece el malentendido. Reclamo algo diferente de lo que necesito, por lo tanto, no obtengo lo deseado; entonces me siento incomprendida, desvalorizada y enfadada.

En el plano emocional, cuando no sabemos lo que nos pasa o no lo podemos explicar, obviamente nada ni nadie nos puede satisfacer.

En relación a los niños esta situación es tan corriente que la vida cotidiana se convierte en un campo de batalla. Levantarse para ir a la escuela, comer, tomar un baño, ir de compras, hacer los deberes, llegar o irse de algún lugar, ir a un restaurante en familia... todo parece ser una lucha, no se sabe muy bien contra quién. Y hemos encontrado un rótulo muy de moda aplicable a casi cualquier situación: “A este niño le faltan límites”.

CONECTAR CON ELLOS

Un niño pasa por el quiosco y pide un caramelo. La madre se lo compra, pero luego pide otro. O bien no se lo compra y el llanto se vuelve intolerable. Tanto en la primera escena como en la segunda, el niño se quedó sin mamá, ya que no se trata del caramelo –comprar muchos caramelos no resuelve la insatisfacción– sino de un pedido desplazado.

Si somos capaces de plantearnos qué sucedió cinco minutos antes del “conflicto”, constataremos que con frecuencia no estábamos conectados, no lo podíamos atender o el niño ya había intentado algunos reclamos menores sin conseguir interrumpir nuestra actividad. En vez de decir: “Mamá, quiero jugar contigo”, simplemente pide algo que cree será satisfecho con rapidez: “Quiero un caramelo”. El pedido molesto tendrá más posibilidades de ser escuchado independientemente de que lo obtenga o no, lo cual no tiene ninguna importancia.

¿Cuál podría ser una alternativa saludable frente a los pedidos compulsivos de los niños?

–Mamá, quiero un caramelo.

–¡Qué buena idea! Iremos juntos a comprarlo y aprovecharemos para jugar al “veo veo” por la calle.

–¡Juguemos al “veo veo” con los colores de las golosinas!

En este ejemplo el niño está en franca comunicación con su mamá, y no tiene ninguna importancia obtener o no el caramelo, ya que el pedido fue comprendido y respondido en su esencia. Veamos otro caso:

-Julieta, ve a ducharte.
-Después...
-Julieta, si no te duchas luego no mirarás la tele.
-No tengo ganas...
-¿Y tú crees que yo tengo ganas de hacer la comida?

Resulta que Julieta nunca se enteró por qué es importante para su mamá que se duche, ni sabe que su mamá se siente sola y cansada. Nunca conversaron sobre lo que les pasa ni llegaron a ningún acuerdo sobre las necesidades de una y otra. Por otra parte, la mamá está limpiando y ordenando la casa a toda velocidad después de un día de trabajo fuera del hogar, y lograr que la hija se duche es un trámite más sin sentido.

-Julieta, ¿te acompaño a tomar tu ducha?

-No tengo ganas.

-Aprovechemos este rato, que después tengo que preparar la cena. ¿Qué quieres que organicemos para el fin de semana?

-Quiero invitar a Manuela.

-Hoy mismo llamo a su madre. Puede quedarse a dormir el sábado.

-Bueno. ¿Qué hay de comer?

Y Julieta ya está bañada.

Son sólo unos minutos de atención y de interés. Luego, la mamá resolverá mucho más eficazmente la preparación de la cena.

El tema de los límites –como se lo denomina vulgarmente– es un problema falso, ya que no se resuelve con autoridad ni con la firmeza con que decimos “no”. Al contrario, tiene que ver con llegar a un acuerdo entre el deseo de uno y el deseo del otro, siempre con un sentido lógico para ambos. Y para ello se necesita capacidad de escucha, una cierta dosis de generosidad, reconocimiento de las propias necesidades, y luego la comunicación verbal que legitima y establece lo que estamos en condiciones de respetar sobre el acuerdo pactado.

LA RAZÓN ORIGINAL

En la convivencia entre adultos suponemos que los acuerdos básicos son esenciales para estar juntos. Siempre me llamó la atención que no consideremos igualmente necesarios los acuerdos con los niños. Por ejemplo: Mi hija me pide que le cuente su cuento antes de ir a dormir. Yo le respondo que se tiene que lavar los dientes. Se enfada. Discutimos. Ni se lava los dientes ni le cuento el cuento. Por la noche se hace pipí en la cama. Estamos todos confundidos y amargados.

La opción contraria sería tomar en cuenta el pedido original, formulado bajo la forma desplazada de contar el cuento. Me doy cuenta de que trabajé todo el día, que mi hija me extraña, que quiere un momento de intercambio a solas, que ya no sabe cómo pedirlo. Para responder no tenemos que olvidarnos de la expresión mágica “¡ah!”. “¡Ah! ¿Quieres que te cuente el cuento?, ¿qué te parece si nos lavamos los dientes?” O bien, “yo también deseo estar a solas contigo”. Acordemos algo intermedio entre lo que ellos necesitan y lo que nosotros como adultos estamos en condiciones de ofrecer. Mediar significa acercar posiciones.

UN RECURSO POCO EFICAZ

No toques el enchufe. No saltes encima de la cama. No le pegues a tu hermano. No revuelvas mis cajones. No grites. No cojas el móvil que puede ser un cliente. No juegues con el mando a distancia. No te acerques al iPod de papá. No llores. No te levantes de la mesa. No interrumpas. No mires los dibujos. No despiertes a tu hermanita. No juegues con mi agenda. No desordenes tu cuarto. ¡Nooo! ¡¡¡¡Te he dicho que no!!!!

Si pudiéramos filmarnos durante un día cualquiera en casa, nos daríamos cuenta de la cantidad de veces que decimos “no” a nuestros hijos antes que cualquier otra palabra. Es imprescindible constatar que estos “no” son tremendamente ineficaces. De hecho, estamos obligados a repetirlos una y otra vez. ¿Por qué? Porque lo usamos como primer y único recurso. En cambio, podríamos intentar:

  1. Reconocer las necesidades del niño y verbalizarlas o legitimarlas.
  2. Verbalizar lo que nos pasa o la realidad “objetiva”.
  3. Plantear acuerdos optando al principio por una actitud de “sí” que incluya luego el “no” pertinente.

1. Hablar de sus necesidades

Es fácil si usamos la expresión mágica “¡ah!...”: “Ah... quieres explorar los enchufes de la casa”. “Ah.... qué divertido que resulta saltar encima de la cama”. “Ah... tú te lanzas a atender el teléfono igual de bien que mamá y papá”. “Ah... estás enfadado y necesitas llorar”. “Ah... quieres que me quede contigo”. Etcétera.

Esto no significa que vamos a acceder a cualquier cosa que el niño desee. Significa sólo que lo vamos a reconocer y nombrar.

2. Verbalizar la realidad

Se trata de que el adulto busque respuestas alternativas. Por ejemplo: “¿Vamos juntos a descubrir todos los enchufes de la casa? Lo tenemos que hacer siempre juntos. También podemos abrir y cerrar los interruptores. Vamos al balcón... parece que aquí no hay enchufes.” Incluso, “Vamos a escuchar la música que le gusta a papá, pero yo pongo los CD, y tú apretas este botón y este otro.”

De este modo, un “no” no adquiere dimensiones de privación de la totalidad de su ser. Hay cosas que sí se pueden hacer con un poquito de voluntad. Y de presencia.

3. Lograr acuerdos

Es posible si reconocemos y nombramos las necesidades y deseos de ambos. ¿Cómo se logra? Comunicándonos. ¿Quién aporta las palabras adecuadas? El adulto:

“Yo comprendo que quieres dibujar en mi agenda, pero para mí es importante que se pueda leer bien. ¿Qué te parece si dibujamos juntos en este cuaderno?”. O bien: “Estuviste esperándome todo el día y en casa estamos todos ocupados. Debe ser frustrante sentir que nadie se ocupa de ti. Estoy agotada pero si nos recostamos un rato podemos cantar hasta dormirnos y mañana nos despertamos antes para jugar”.

Ese es todo el secreto: o dedicamos sinceramente un tiempo prolongado cada día a alimentar las relaciones afectivas con nuestros hijos, o la vida cotidiana se convierte en un infierno de prohibiciones. Porque los niños “terribles” son hijos de padres que miran hacia el lado equivocado. No hay niños difíciles. Hay adultos que priorizan su atención y su energía en otros ámbitos.


Presencia y disponibilidad

  • Cuando los padres consultamos por los “niños que no tienen límites” suelo sugerir una tarea muy difícil: permanecer 15 minutos sentados en el suelo del cuarto de los niños sin hacer nada. No es necesario que juguemos con el niño si él no lo requiere. Sólo observarlo y estar disponibles. Aunque nos parezca increíble, casi ninguna madre lo logra. Porque sonó el móvil, o porque regresamos tarde de una fiesta de cumpleaños, o hicimos las compras, o se enfermó la abuela.
  • No podemos dedicar 15 minutos al día en exclusiva a nuestros hijos, a quienes denominamos el sol de nuestras vidas. Siempre hay situaciones prioritarias. Permanecer quietos junto al niño, permite que él se aquiete. Las madres hacemos lo contrario: cuando está tranquilo, huimos “aprovechando” que está entretenido. Entonces el niño interpreta: “Cuando estoy tranquilo y juego solo, pierdo a mi mamá. En cambio, si molesto, reclamo o lloro... se queda conmigo”.

Convertirlos en pequeños tiranos

Ésta también es una cuestión de incomunicación entre los adultos y nuestros hijos. Cuando lo que la madre o el adulto necesitan no es explicitado, obviamente no será tenido en cuenta por el niño.

Las madres que tenemos miedo de comunicar a nuestro hijo lo que nos pasa, los privamos de un aprendizaje esencial.

Los adultos acompañamos a los niños y algunas veces es muy esperable que los niños acompañen a los mayores. Porque también nos lo merecemos. Por eso, cuando un niño se convierte en tirano, es necesario que los adultos nos tomemos tiempo para ofrecerle explicaciones sencillas sobre algo que nos sucede, compartir nuestros asuntos, y permitir que se sienta valioso sabiendo que su sola presencia alivia y facilita nuestra vida cotidiana.

Es esencial para él saber que ambos nos necesitamos mutuamente.

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