¿Está preparado para ir a la escuela?

NIÑOS FELICES

¿Está preparado para ir a la escuela?

La vida laboral de los padres provoca que la escolarización de los hijos sea cada vez más prematura, pero es necesario tener en cuenta el desarrollo madurativo de cada niño.

Yolanda González

8 de septiembre de 2018, 11:29 | Actualizado a

Hoy en día es muy frecuente escuchar conversaciones entre adultos sobre la escolarización de los hijos.

Muchas de ellas están repletas de consejos que pretenden ayudar a madres y padres confusos o desorientados a decidir cuál es el momento idóneo para escolarizar a sus pequeños: “Tiene que socializarse, cuanto más tardes en llevarlo, peor. Déjale en el comedor, verás como aprende a comer”. Consejos bienintencionados, sin duda, pero que no siempre resultan adecuados para todo el mundo, porque cuando hablamos de escolarización es fundamental conocer, respetar y valorar el desarrollo madurativo e individual de cada niño.

No es fácil decidir cuándo escolarizar a nuestros hijos en esta sociedad actual, caracterizada por el ritmo vertiginoso y poco saludable que llevamos los adultos. Y mucho más difícil todavía, saber cómo y por qué ha llegado ese momento tan importante para ellos. La dificultad radica esencialmente en nuestro modo de vida. Por eso, la pregunta básica que debemos hacernos es: ¿Qué vamos a priorizar?

Conciliar lo irreconciliable

Desde hace unos años, el concepto “conciliación de la vida familiar y laboral” ya no resulta extraño. Se pretende que la familia pueda realizar un puzle de difícil encaje entre las necesidades de los niños pequeños y el derecho al trabajo que tenemos como mujeres. Pero la realidad es que atender a sus pequeños y al mismo tiempo no renunciar a su trabajo no resulta nada fácil para las mujeres-madres que realizan esta doble función.

La edad de la escolarización en la primera infancia ha ido adelantándose cada vez más, en estrecha relación con las exigencias laborales de los padres, que necesitan trabajar. Ante la ausencia de una política laboral adecuada que respete y apoye económicamente el ejercicio de la maternidad y la paternidad coherentes, las familias buscan soluciones para poder trabajar y, al mismo tiempo, no abandonar a sus hijos. Es entonces cuando surge la “necesidad” de escolarizarlos.

¿Pero los niños lo necesitan en edades tempranas? Miremos este delicado tema desde los ojos de niño, es decir, desde el proceso madurativo de cada pequeño en particular, antes de tomar cualquier decisión prematura.

Recordar la propia experiencia

Te invito a rememorar por unos instantes cómo fue tu primer día de escuela. ¿Recuerdas cuál fue tu reacción emocional? Quizás sentiste alegría, o quizás llanto y también miedo. ¿Cuántos años tenías? Es posible que cuatro, o quizá fuiste a una guardería previamente. O incluso puede ser que tus padres te escolarizaran a los seis años. ¿Quién te acompañó ese primer día? ¿Recuerdas a tu maestra y a los otros niños?

Realizo esta práctica en los grupos de padres y en la formación de profesorado de Educación Infantil para favorecer la empatía con los pequeños. Y habitualmente el abanico de respuestas suele ser sorprendente, casi siempre en función de la edad de escolarización. ¿Por qué? Por un motivo fundamental: madurativamente, no es lo mismo acceder a la escolarización en la franja de cero a tres años que en la etapa de tres a seis. De hecho, todos hemos visto a un niño que se despide de sus padres tranquilo y contento en su primer día de escuela, mientras otro llora desconsoladamente y se aferra al cuello de mamá o papá, pese a que éstos le prometen que se lo pasará muy bien jugando con sus amigos.

La vivencia emocional de los niños pequeños también afecta a los adultos. Su llanto despierta angustia en los padres y estrés en los profesores, que tratan de consolarlos, a veces sin éxito. Son temas importantes sobre los que tenemos que cuestionarnos, evitando caer en el inservible sentimiento de culpa ante las decisiones tomadas.

Como padres o maestros intentamos ofrecer la mejor respuesta posible, aunque no siempre sea la más adecuada para el niño por múltiples motivos, entre ellos, la presión social o el desconocimiento del tema.

Absolutamente dependientes

No podemos reflexionar sobre esta cuestión sin hablar del vínculo. La especie humana se caracteriza biológicamente por tener una de las infancias más largas en comparación con el resto de mamíferos. Nacemos muy inmaduros y esta inmadurez se traduce en una profunda vulnerabilidad física y emocional, que nos marca con la señal de la dependencia. No podemos sobrevivir sin el otro. Los bebés y los niños son absolutamente dependientes del adulto para desarrollarse no sólo físicamente, sino emocional e intelectualmente. Gracias a esta dependencia inicial se va creando el vínculo. Y ese vínculo afectivo entre madre/ padre-bebé necesita de continuidad para desarrollarse. Necesita seguridad y coherencia en las respuestas de los papás. Y, sobre todo, necesita presencia y disponibilidad afectiva.

Un vínculo bien establecido

Existe una reacción, llamada “conducta de apego”, que se observa ya desde el primer año de vida de los bebés ante la partida de la madre o la figura vinculante: el bebé siente inseguridad y reclama la presencia de mamá a través del llanto o del seguimiento. Si la madre restablece el contacto y el bebé se calma, saber que ese vínculo se está constituyendo de forma segura. Existen otros factores, pero este dato nos ofrece una pista fiable.

Esta conducta de apego continúa en el tiempo y se activa ante situaciones diversas que provocan inseguridad, siendo a los tres años, aproximadamente, cuando, tras un largo y costoso recorrido, el niño adquiere poco a poco la seguridad de que cuando mamá o papá se van, regresarán.


Es un hecho comprobado que, desde el nacimiento a los tres años, los niños necesitan de lo conocido y lo repetido para sentirse seguros. Evidentemente, más adelante también lo necesitan, pero de otra manera. Cuando no se sienten seguros, los menores de tres años suelen reaccionar ante la ausencia del vínculo segurizante en tres fases, ampliamente descritas desde la investigación en la Teoría del Apego:

  • Viva protesta. Lloran. Protestan buscando el reestablecimiento de la seguridad con la madre o figura vincu- lante. Se observa cuando mamá no está o se va y no tienen otro vínculo sustitutivo, por ejemplo papá o la abuela.
  • Desesperación. No aceptan ningún consuelo externo. Lloran desconsoladamente, buscando reestablecer el contacto que han perdido.
  • Resignación. Renuncian al derecho de sentirse seguros con la figura vinculante. Aparece la apatía. No protestan aunque se queden sin la figura de referencia en un lugar desconocido y con una persona desconocida.

Incomprensión social

Cuando los menores de tres años lloran ante las separaciones, con frecuencia se recurre a tópicos −“déjale, ya se acostumbrará”, “qué mañoso”, “está enmadrado”− que pretenden salvar la situación ignorando la respuesta emocional del pequeño. Los padres, que asisten perplejos a la escena, se encuentran ante la disyuntiva de dejar a su hijo llorando o llevárselo a casa, mientras intentan creer la afirmación “tranquilos, se le pasa en cuanto os vais”. Y muchas veces es cierto. Otras, sin embargo, el llanto continúa.

Estas reacciones, aunque fuertes, son saludables porque cumplen una función de protección emocional: sólo in- tentan evitar el dolor que los niños experimentan ante la vivencia de soledad o inseguridad a lo desconocido. Son reclamos para reestablecer la seguridad que ofrece el adulto con el que el bebé o niño ha realizado el vínculo más sólido. Son reacciones sanas y naturales, aunque resulten molestas para el adulto, que desearía que el niño fuera más “independiente”.

También son respuestas que debemos escuchar para evitar el sufrimiento infantil, reflexionando y buscando alternativas menos estresantes para todos.

Pero hoy en día las cosas se complican un poco más. Vivimos en una sociedad enferma de estrés, consumismo y falta de contacto afectivo. Y los padres, agobiados por compatibilizar el trabajo fuera del hogar con el de la casa, se encuentran con bebés y niños pequeños que emocionalmente siguen necesitando tiempo para crecer y les reclaman atención con su natural y necesaria dependencia infantil. Es entonces cuando surge la prisa para hacerlos independendientes: prisa para que crezcan, para que aprendan, para que se relacionen. La sociedad estresada y tecnológica, aplica la palabra mágica de conciliar las necesidades laborales con las familiares. ¿Pero a costa de quién?

Ni los padres ni los niños pequeños deberían tener que soportar semejante tensión.

Y, desde luego, no se puede exigir a una mujer ser buena trabajadora y madre disponible a la vez. Así lo entienden algunos países europeos que remuneran a uno de los dos progenitores por excedencia maternal o paternal durante al menos el primer año de vida, si así lo solicitan.

Cuando estén preparados

¿Es lo mismo escolarizar que socializarse? La escolarización, representa el paso a la vida escolar. Generalmente, es una decisión que parte desde el adulto. En cambio, la socialización responde a la necesidad del niño de ampliar su círculo familiar y de compartir con iguales espacios comunes a través del juego como aprendizaje vital. Es una necesidad que nace del niño según su propio ritmo madurativo. Es el momento en que entienden el sentido y el placer del juego compartido. Los menores de dos años difícilmente aceptan compartir objetos.

No es lo mismo escolarizar que socializar. Hay pequeños preparados para escolarizarse, porque para ellos ha llegado el momento de la socialización. Otros, necesitan más tiempo para poder dar el salto a la escuela.

Entonces, ¿qué hacemos con los niños? Ésta es una pregunta habitual y difícil de responder, pues cada caso es único. Y la respuesta guarda relación, irremediablemente, con las prioridades de cada uno. Con todo el respeto que me merecen los profesionales que se dedican a los niños de 0-3 años, si para los padres es inevitable trabajar durante los dos primeros años de vida del bebé, hay otras opciones.

  • Atención por una persona de confianza en casa. Para el pequeño, el lugar es conocido y eso representa una ventaja. En la actualidad, hay grupos de madres que se organizan para atender a los hijos en el hogar.
  • Pedir una reducción de jornada suficiente que garantice el máximo de tiempo con el menor. El padre también puede pedirla.

Si ninguna de estas opciones es posible, la escolarización debería darse sólo si se cumplen unos criterios mínimos que garanticen la seguridad emocional del niño. Por otra parte, los padres que temen que sus hijos “pierdan” aprendizajes esenciales en los tres primeros años, es importante que sepan que los niños aprenden jugando acompañados y seguros.

Asegurar su bienestar

Si optamos por la escolarización temprana, tengamos presente unos requisitos básicos para asegurar el bienestar emocional del niño. Padres y profesorado de educación infantil han de ir de la mano para lograrlo.

  • La integración. Se produce cuando el niño siente que escolarizarse responde a su propio logro. Se manifiesta a través del disfrute y la actitud exploradora y curiosa en el aula. Es decir, se trata no tanto de que se adapte o resigne sino de que se integre en su grupo de iguales y realice un vínculo seguro con su profesor.
  • Un período de adaptación. Para ello es necesario que en todos los centros existan unos períodos de aclimatación hasta la completa integración de cada pequeño en particular. Es un período fundamental en edades tempranas, que evita la innecesaria exclusión de la figura vinculante en el momento de la escolarización. Para llevarlo a cabo adecuadamente, se requiere una buena organización familiar y también es- colar. Además, todo el proceso debería de vivirse desde el punto de vista del niño pequeño: “Soy pequeño. Si voy a la escuela, iré con mamá o papá durante el tiempo que necesite para sentirme seguro. No conozco a la profesora ni tampoco a esos amiguitos desconocidos.”
  • La relación entre familia y escuela. Pasar de permanecer mucho tiempo con la familia a pasarlo en la escuela debería representar un tránsito sin rupturas para el niño. Esto significa preservar el vínculo con la familia, mientras se favorece el vínculo con la profesora. Por tanto, la presencia de la familia de forma cooperadora y activa en el centro es muy importante.

Estar muy atentos a sus señales

Tres puntos clave nos dirán si el niño que empieza en la guardería o en la escuela de educación infantil está realmente preparado para hacerlo.

  • Ausencia de angustia y llanto en el niño. Los primeros días, algunos niños con dos años pueden reaccionar sin temor y despedirse contentos. Quizás recaigan más adelante, o quizás se integren porque están maduros. En cambio, otros necesitarán cumplir los tres o los cuatro años para acceder a la escuela. Hasta los seis años, la escolarización no es obligatoria en la mayoría de las comunidades.
  • Ausencia, retraimiento y pasividad. Algunos niños pequeños que empiezan en la guardería no lloran. Se quedan calladitos y son la mar de buenos... pero no interactúan con otros niños ni exploran el espacio. Éste puede ser un síntoma de inhibición a tener en cuenta, un signo que indicaría una integración no adecuada.
  • Presencia de exploración y juego. Éste es un indicio positivo de integración. Un niño que juega con los objetos que tiene a su alcance, que intenta la actividad compartida con sus iguales y busca la atención de la profesora está participando y adaptándose bien a la nueva situación.
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