Premios o consecuencias

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¿Existe algún problema con los premios y las consecuencias?

Cuando creamos perder la paciencia con nuestros hijos, la "comunicación no violenta" nos permite conectar con las necesidades de toda la familia, abriendo así las puertas a una compresión y conexión más profunda.

Inbal Kashtan

20 de enero de 2018, 14:44 | Actualizado a

¿Cómo encaramos el problema de nuestra hija de dos años cuando le quita los juguetes a su amiguita? ¿qué podríamos decirle al niño de cuatro años que no deja que los otros niños se deslicen por el tobogán en el parque? ¿Cómo protegemos a nuestros hijos cuando lo que eligen pone en peligro su seguridad? ¿Qué recursos nos ayudarán a trabajar con nuestro propio enfado, frustración o dolor cuando la comunicación con nuestros hijos parece tensa o inexistente? Como padres, nos vemos constanstantemente enfrentados a situaciones similares a estas.

Cuando queremos que los hijos hagan algo que no quieren hacer, a menudo es una tentación tratar de obligarlos mediante el enorme poder físico, emocional y práctico que los adultos tenemos sobre ellos (por práctico me refiero a que los adultos tienen más acceso a los recursos de la sociedad y un mayor control del curso de sus propias vidas y de las de sus hijos).

Sin embargo, estoy convencida de que, si uno intenta obligar a un hijo a hacer algo que no quiere, ni funciona eficazmente a corto plazo, ni satisface las necesidades familiares a largo plazo. (La única excepción a esto es cuando hay una amenaza para la salud o la seguridad, en cuyo caso la comunicación no violenta, CNV, sugiere que usemos la fuerza protectora, no la punitiva).

En la CNV nos referimos al uso del poder para obligar a hacer lo que queremos como "poder sobre" en contraste con el uso del poder para satisfacer las necesidades de todos, a lo cual nos referimos como "poder con".

Nuevas herramientas

María, una madre, me hizo una pregunta que apunta directamente a la tentación de usar el control que tenemos sobre los recursos para influir en el comportamiento de un niño: "He estado "negociando" con mi hijo Noel de dos años, usando premios y consecuencias, y a veces me parece un método bastante eficaz. Por lo menos, consigo que haga lo que yo quiero, como puede ser comerse la comida que tiene en el plato. Sin embargo, no acabo de sentirme cómoda con esto. ¿Existe algún problema con los premios y las consecuencias si funcionan?"

Pues sí, creo que hay un problema con los premios y las consecuencias porque, a la larga, casi nunca funcionan de manera esperada. Es más, creo que puede salir el tipo por la culata.

Marshall B. Rosenberg (psicólogo estadounidense, creador de la comunicación no violenta), explora este punto haciendo dos preguntas a los padres: ¿qué quiere que haga su hijo? y ¿cuáles quiere que sean sus razones para hacerlo? Los padres rara vez desean que sus hijos hagan algo por miedo a las consecuencias, por culpa, por vergüenza, por obligación o incluso por una recompensa.

En este contexto, cuando escucho a los padres, o a los expertos en cómo ser padres, decir que las consecuencias son eficaces, a menudo me pregunto lo que quieren decir. Yo creo que "eficacia", por lo general, significa que los padres logren la sumisión de sus hijos, es decir, que hagan lo que ellos les dicen, por lo menos, un tiempo. Tanto el fin (sumisión) como el medio (premios y consecuencias) tienen un precio.

No solo implican temor, culpa, vergüenza, obligación o deseo de premio, sino que también suelen ir acompañados por el enfado o el resentimiento.

Y dado que los premios y las consecuencias son motivaciones extrínsecas, los niños se vuelven dependientes de ellos y pierden contacto con la motivación intrínseca para satisfacer sus necesidades y las del resto.

Me gustaría que los padres tuvieran más recursos para abordar las causas profundas de la furia, así como también para resolver los conflictos y solucionar los desafíos que se presentan diariamente.

Por desgracia, los modelos de resolución de problemas que seguimos la mayoría de nosotros se apoyan en los juicios, las exigencias, las consecuencias y las recompensas.

Todos ellos pueden parecer efectivos, pero tienen tendencia a reforzar el círculo del enfado, en lugar de paliarlo.

Lo que los chicos aprenden de estos modelos, por lo general, no es lo que los padres quieren.

En lugar de aprender cooperación, armonía y respeto mutuo, lo más probable es que aprendan la dura lección del dominio: que el que tiene más poder se sale con la suya y que los que tienen menos solo pueden someterse o rebelarse. Y de este modo continuamos el ciclo del dominio que cada vez acerca más a los seres humanos a la autodestrucción.

Cuando se usa la CNV, es prioritario crear una calidad de conexión que permita que todos vean satisfechas sus necesidades. A veces, esto podría significar empatizar con las necesidades del niño, pero a veces podría suponer prestar atención a la manera en que los padres se expresan.

Cuando se hace una pausa para reflexionar sobre lo que se ha comunicado, los padres descubren con frecuencia que han estado repitiendo lo que quieren que el niño haga ("Te he dicho que dejes de jugar y que comas!"), pero el niño a menudo deja de prestarles atención. Entonces los padres pueden expresar toda su experiencia: a qué están respondiendo, sus sentimientos, sus necesidades y, luego, que querrían del niño.

Desde la comprensión

La mayoría de las personas -niños incluidos- están más abiertas a considerarse unas a otras cuando comprenden las necesidades y sentimientos subyacentes del otro, porque así se conectan con el ser humano que está detrás de la petición. Si uno empatiza con otra persona, se abre la puerta a una comprensión y conexión más profunda.

Cuando Noel no quiere comer, María puede empezar por la premisa de que algunas de las necesidades del niño no están siendo satisfechas. Incluso con un niño que no esté acostumbrado al lenguaje de la CNV, es muy probable adivinar cuáles son sus necesidades.

Cuando Noel empuja su comida o dice "no", María puede tratar de comprender cómo se siente y las necesidades que está tratando de satisfacer en lugar de intentar cambiar las acciones de Noel. Se puede preguntar en silencio: ¿Está enfadado porque necesita autonomía, elegir qué comer y cuándo? ¿O quizá no tiene hambre y necesita confiar en su capacidad de reconocer lo que le dicta su propio cuerpo?

Retos del presente

Es un gran desafío transformar la manera en que criamos a nuestros hijos. Sin embargo, esta transformación permite una profunda conexión y confianza entre todos los miembros de la familia. Y, además, una crianza que está profundamente conectada puede conducir a la sociedad a un mundo donde a todas las personas les importen las necesidades de los demás y donde la paz sea una realidad.

Para saber más

Este texto ha sido extraído y adaptado del recomendable libro Ser padres desde el corazón (Acanto) de Inbal Kashtan, Coordinadora del Proyecto de Crianza del Centro para la Comunicación No Violenta.

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