¿Existe realmente el instinto maternal?

MATERNIDAD PLENA

¿Existe realmente el instinto maternal?

El deseo de cuidar y proteger a nuestro hijo por encima de todo surgirá en cuanto lo tengamos en brazos, cuando empecemos a construir un vínculo amoroso con él.

Laura Gutman

19 de abril de 2018, 10:17 | Actualizado a

Esta es una vieja discusión que no deja de ser subjetiva. Las mujeres que no sentimos el deseo de tener hijos estamos en todo nuestro derecho de opinar que no existe tal instinto. En cambio, quienes desarrollamos el deseo de engendrar y criar niños sostenemos todo lo contrario porque hemos sentido algo en nuestras entrañas. Con lo cual, no importa si existe o no.

Sin embargo, el instinto de cuidar a la cría, o a cualquier ser vivo más débil, es intrínseco a todo mamífero. Pero para ello, tenemos que sentir cercanía o estar involucrados de alguna manera. Nos pasa con frecuencia que tenemos una necesidad interna de cuidar de una planta, un perro o un anciano, siempre y cuando sintamos que tenemos algún tipo de vínculo con ese ser, o bien si sentimos que la supervivencia de ese ser depende de nosotros. Es decir, si percibimos que nos corresponde hacerlo.

Y lo más llamativo es que en la medida que cuidamos a ese ser, empezamos a construir un vínculo. Quizás en relación a los árboles o las plantas no nos resulte cómodo hablar de cariño; pero en relación a los animales, sí. En todo caso, en la medida que cuidamos a otro, va naciendo una emoción compleja de amor, respeto, preocupación y responsabilidad.

Construir la relación

Respecto a los hijos, es importante tener claro que desear un bebé puede ser algo bastante alejado del instinto materno. Porque ese instinto de proteger, cuidar, nutrir y amparar a un hijo sólo puede manifestarse en la medida en que vayamos construyendo una relación concreta y real. Es decir, en la medida que ese hijo exista y tengamos una relación amorosa con él.

Es muy importante, en mi opinión, tener claro este concepto, porque las mujeres cuando no tenemos la idea o la necesidad de programar un hijo en nuestras vidas, creemos que es porque no tenemos instinto materno. No es así. Es posible y habitual no sentir en ningún momento la necesidad de tener hijos, y sin embargo, desplegar en muchas áreas –incluso en el hecho materno– grandes capacidades de protección y altruismo.

Ese automático que surge de nuestras entrañas cuando tenemos un niño en brazos, la certeza de querer cuidarlo y mantenerlo a salvo de todos los peligros, aparece si el niño efectivamente está.

Y es muy probable que ese instinto no aparezca si el niño no está.

En nuestra naturaleza

Ahora bien, ¿necesitamos el instinto materno para quedarnos embarazadas? No, definitivamente una cosa no tiene nada que ver con la otra. Nos quedamos embarazadas porque somos fértiles, porque hemos tenido contacto sexual con un hombre. Nos quedamos más fácilmente embarazadas si somos muy jóvenes, si tenemos orgasmos, si sentimos placer, si nos gusta, si nos abandonamos a las sensaciones oníricas, si no tenemos una personalidad muy controladora.

Pero incluso si ya no somos tan jóvenes, si no nos gusta el sexo, si cargamos una terrible represión sexual, si no disfrutamos del contacto corporal... incluso así, a veces nos quedamos embarazadas. O sea, nos quedamos embarazadas porque forma parte de la naturaleza humana. Esta parte de la historia es relativamente sencilla, porque estamos embarazadas y no hay que hacer nada más. El problema aparece un tiempo más tarde, cuando el niño nace. A partir de ese momento, hay un bebé necesitado de los cuidados maternos.

Historias pasadas

Una vez que el niño ha nacido, ¿podemos hablar de la existencia de un instinto materno? Es engañoso plantearlo así. Nuestra capacidad de protegerlo y ampararlo no depende de si hemos deseado o no a ese hijo, sino del nivel de represión sexual que hemos vivido a lo largo de nuestra vida, del nivel de desamparo al que hemos estado sometidas en nuestra infancia y de la moral, la represión y la rigidez que aún hoy persisten y forman parte de nuestra manera de vivir. Es decir, una vez que tenemos al niño real en brazos, nos encontraremos con nuestra mayor o menor capacidad de cuidarlo. Pero esa capacidad depende de nuestra historia emocional, de la que generalmente no tenemos un claro registro. Aun así, la función maternante se puede aprender buscando referentes externos, siempre y cuando reconozcamos que nos resulta difícil responder a las demandas del niño.

A la mayoría de las mujeres atender al niño nos resulta una tarea exigente. Para intentar explicarlo mejor, volveré al ejemplo del reino animal. En todos los zoológicos del mundo, se sabe que cualquier mamífero hembra criada en cautiverio tendrá pocas posibilidades de concebir y dar a luz a su cría. Si finalmente lo logra, difícilmente la reconozca como propia, y es muy posible que tenga dificultades para amamantarla y protegerla. Aun así, los seres humanos a cargo del zoológico la ayudarán y la cría, normalmente, sobrevivirá.

Lamento estas comparaciones, pero a las mujeres nos sucede algo parecido: atravesamos los embarazos totalmente despojadas de nuestro saber interior y luego parimos en “cautiverio”: atadas, pinchadas y presionadas. Lógicamente, inmediatamente después de haberse producido el nacimiento, desconocemos a nuestra cría. Generalmente se la llevan y la traen más tarde limpia, peinada, vestida y dormida, quizás tras haberle dado un poco de glucosa para que no llore más de lo que corresponde, una práctica habitual hace unos años y hoy totalmente desaconsejada.

A partir de ese momento, las madres tenemos que hacer un esfuerzo intelectual para reconocer a ese hijo como propio, con la culpa y la vergüenza de pensar internamente que quizás no poseemos ese anhelado instinto materno. Y si somos así de raras, tenemos mucho miedo de no saber cómo ser una buena madre, cómo hacer lo correcto y criar a ese hijo como lo hacen las demás mujeres que sí lo tienen.

El precio de la intuición

Todas las mujeres tenemos la capacidad de desarrollar el famoso instinto materno si tenemos un hijo que depende física y afectivamente de nosotras y si contamos con referentes externos que nos guíen hacia un acercamiento corporal e intuitivo libre de prejuicios.

¿Puede una madre tener una facilidad extraordinaria para responder intuitivamente a las necesidades de su bebé? Sí, claro, ¡pero en ese caso tiene que provenir de una infancia ideal! Si hemos recibido suficiente amparo, contacto corporal, palabras cariñosas, mirada exclusiva, pecho, disponibilidad emocional y explicaciones a lo largo de toda nuestra infancia, es mucho más probable que respondamos intuitivamente a las demandas del niño pequeño.

Pero incluso así, es posible que el instinto materno tampoco surja antes de convertirnos en madres, sino a partir del instante en que tenemos a nuestro hijo entre los brazos. Es como la leche: fluye sólo si el niño succiona.

La inclinación hacia el cuidado del otro sólo puede aparecer si existe ese “otro” que reclama ser cuidado.

Cuando uno de los dos no quiere hijos

  • Puede suceder que las mujeres deseemos procrear y nos encontremos con que el hombre que tenemos a nuestro lado no tiene ninguna intención de convertirse en padre. De nada sirve disuadirlo o convencerlo, porque simplemente “no lo siente”. Entonces viene un período de conversaciones honestas.
  • Si las mujeres somos capaces de conectar con ese deseo, quizás podamos hacer ese pedido: queremos un regalo de nuestra pareja. Pero no es necesario que ambos tengamos las mismas ganas. Una parte de la pareja acompaña a la otra en un deseo que es genuino.
  • En el caso de un hombre que desea hijos y la mujer no lo acompaña, habitualmente aparece más miedo que “no deseo”. Y ese temor también merece fluidas conversaciones en relación a las condiciones de cuidado y protección que esa mujer necesitará para tener hijos. En verdad, el tema del “deseo” de engendrar es misterioso y está manejado por hilos invisibles que no tienen nada que ver con la razón, mucho menos con las decisiones conscientes.

Aprender escuchando

  • Se puede aprender a cuidar a los hijos. Pero previamente es necesario que nos demos cuenta de que el niño está reclamando algo que es genuino. Es decir, que el problema lo tenemos nosotros, los adultos, ya que la demanda del niño nos resulta exigente en relación a nuestra capacidad dadora. Si desmerecemos aquello que el niño pide, si creemos que no tiene razón, si pensamos que es caprichoso, no se nos ocurrirá pedir ayuda para poder cuidarlo mejor a personas más entrenadas en la atención y protección de los demás. No. Buscaremos aliados que nos den la razón.
  • Así no aprenderemos a amparar a nuestros hijos, sino que construiremos una barrera entre ellos y nosotros. Si hemos tenido una infancia difícil, de soledad, distancia emocional o abusos, con mucha más razón necesitaremos ayuda externa, porque automáticamente cerraremos compuertas frente a la adversidad. Bienvenidos sean los guías que nos ofrezcan cariño para que podamos transmitirlo a nuestros hijos.

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