Expliquémosle qué nos pasa

CRIANZA CON AMOR

Expliquémosle qué nos pasa

Los niños saben todo lo que nos ocurre porque compartimos el mismo mundo emocional, pero necesitan que nosotros pongamos palabras a la situación para organizar lo que siente.

Laura Gutman

23 de febrero de 2018, 13:25 | Actualizado a

Nos encantaría que nuestros hijos vivieran su vida separada de la nuestra. Sin embargo, si comprendemos el fenómeno de la fusión emocional, sabremos que los niños viven dentro del mismo territorio emocional que la madre o que las personas que los cuidan.

Esto quiere decir que viven como propios sus sentimientos, experiencias, recuerdos, sensaciones, temores y alegrías, aunque no sean registradas conscientemente por el mismo adulto en cuestión.

Sabe lo que nos sucede

Puede resultarnos difícil comprender el concepto de territorio emocional porque es invisible y escapa a la razón. Se desarrolla en un ámbito de experiencias que no son palpables pero que llenan nuestro mundo de sentimientos y percepciones reales.

Dicho esto, comprenderemos que el bebé o el niño tiene acceso a la totalidad del material inconsciente de la madre.

Por lo tanto, él sabe lo que nos sucede, porque lo vive como propio y de nada sirve creer que es mejor no decirle nada para no agregarle problemas, porque él ya lo sabe.

Justamente por eso necesita ordenar aquello que ya sabe, y para ayudarlo solo hay una opción: hablarle con claridad.

Aquello que nos sucede puede ser un dolor del pasado que reapareció, el temor a la pérdida de una relación, una enfermedad..., sea lo que sea, si nos sucede, al niño también le sucede y necesita palabras que lo confirmen y nombren adecuadamente.

Para decidir hablar con un niño, de nada sirve evaluar si la situación que estamos viviendo es demasiado compleja o dolorosa para él.

Si se refiere a la muerte cercana del abuelo, por ejemplo, por más que sea angustiante, también es verdadero en el sentimiento colectivo familiar y, por lo tanto, él también siente como própio ese dolor.

Ahora bien, si lo siente pero no recibe las explicaciones pertinentes, entonces ese dolor se va a convertir en algo enorme e inabarcable.

Todo lo contrario que si encuentra consuelo, apoyo, compañía y palabras que nombren eso que les pasa a todos, pues los sentimientos que afloran se van a convertir en un alivio, porque tendrán un nombre que permitirán al niño comprenderse a sí mismo, incluso sintiendo pena por la pérdida de un ser querido.

Los niños son solidarios

Si probáramos a explicarles qué haremos, dónde iremos, con quién se quedarán, qué preparare-mos para comer, y también qué enfermedad tiene el tío o qué dificultad hemos tenido en el trabajo, sabríamos que los niños no solo comprenden, sino que siempre están dispuestos a acompañarnos.

Constataríamos que son solidarios con los adultos, siempre y cuando comprendan qué ocurre.

Puede que esa costumbre de no hablar con ellos sobre las cuestiones que realmente nos importan tenga algo que ver con el miedo a enfrentarnos o a tomar contacto con ciertos dolores del alma.

Es lógico que esa sea la reacción más frecuente, porque a nadie le gusta sufrir. Pero vale la pena confiar en la capacidad de comprensión y apoyo de los bebés y niños, que solo quieren permanecer pegados al mundo emocional de sus padres, y, desde esa pertenencia, organizar su propio entendimiento.

Solo funciona la verdad

No hay nada que ofrezca más alivio que la verdad.

Pero, ¿qué significa decir la verdad? La verdad siempre va precedida de la palabra yo, porque es personal, responde a lo que me pasa, lo que siento, lo que deseo, lo que temo... No es una opinión ni está supeditada a lo correcto o incorrecto.

Tampoco se refiere a lo que pensamos respecto a otras personas o circunstancias. Sin embargo, con nuestra verdad el niño sabrá qué nos sucede, porque lo siente y porque hay palabras que ordenan sus sentimientos.

De este modo, desaparecerán la angustia y todas las manífestaciones de un niño afligido (que pega, que llora o que tiene pesadillas por las noches). Simplemente, porque eso que sabe tiene una explicación, quizá dolorosa, pero necesaria para él.

La dificultad es nuestra

Para los niños no hay temas difíciles de entender, es a nosotros a quienes nos resultan más complejos de abordar.

Este es el caso de la muerte. Creemos que no la comprenderán y, en realidad, muchos de ellos viven con más naturalidad que nosotros los procesos vitales. Si muere un familiar, lo explicaremos empezando con la palabra yo:

"Yo quería mucho a mi hermana y la echaré de menos. Estoy muy triste y necesito reponerme. Quizá no esté en condiciones de ocuparme todo el tiempo de ti, porque necesito unos días para mí". Eso es hablar con la verdad. Al niño no le interesa si su tía está en el cielo, a él le alivia saber cómo los padres organizan su mundo emocional, porque será un modo de organizar el suyo.

En cambio, si mentimos y lo que decimos no concuerda con la realidad que perciben, lo viven como una no verdad.

Así aprenden que nada es lo que parece ser, que las palabras no son confiables y los propios sentimientos no son verdaderos.

Cómo abordar las noticias difíciles

Cuando nos quedamos embarazadas, ¿por qué se lo decimos a todo el mundo menos a nuestros hijos? Como en otras situaciones, suponemos que no pueden comprenderlo, cuando lo que ellos necesitan es que les digamos la verdad.

Si nos preocupa hablar de sexo con nuestros hijos, es porque no hemos tenido la costumbre de hablarles a lo largo de su infancia. Ellos saben perfectamente si somos padres disponibles, si escuchamos con atención, si apartamos los prejuicios y si nos interesan sus procesos vitales.

¿Cómo explicarles que nos separamos? Siempre intentamos preservarlos de las dificultades que supone una separación, pero para eso solo hay que evitar decir algo negativo del otro progenitor.

Eso no significa que el niño, por más pequeño que sea, no necesite explicaciones de lo que nos pasa. El dolor, la desilusión, el miedo o las fantasías tienen que ser dichas.