La fuerza del amor entre hermanos

CRIANZA RESPETUOSA

La fuerza del amor entre hermanos

Que nuestros hijos se quieran de verdad, se comprendan, se acompañen y se ayuden es una tarea que nos compete a los adultos. Si todos se sienten confortados y escuchados, el amor nos llenará a todos.

Laura Gutman

10 de mayo de 2018, 16:35 | Actualizado a

La hermandad como experiencia concreta puede llegar a ser una de las vivencias más extraordinarias para un ser humano. Quienes somos adultos y tenemos vínculos cariñosos, profundos y arraigados con nuestros hermanos y hermanas, lo sabemos. En cambio, a quienes teniendo hermanos “no nos une el amor sino el espanto” como dijo el poeta nos puede resultar una afirmación carente de sentido. ¿Por qué? ¿De qué depende que nos amemos los hermanos? ¿Es casualidad? ¿Nuestras personalidades juegan un rol importante en el hecho de comprendernos y desear alimentar nuestros vínculos a través del tiempo? O a la inversa; ¿cómo se organizan los desencuentros, las rabias o el dolor que supuestamente nuestros hermanos nos hacen padecer?

En verdad, tener hermanos no es garantía de que los lazos de amor y proximidad emocional se instalen. Tampoco influye positiva o negativamente que exista poca o mucha diferencia de edad entre los niños, que sean del mismo sexo o que compartan habitación. No importa si esos niños fueron o no deseados por sus padres, ni depende de sus personalidades. En todos los casos, la hermandad en su sentido más profundo, y tomando en cuenta el desarrollo que la intimidad y el amor entre pares vivida en casa pueda tener en el futuro de cada individuo podrá desarrollarse siempre y cuando los padres seamos capaces de atender las necesidades de unos y otros mirándolos genuinamente, respondiendo y satisfaciendo sus necesidades básicas y, sobre todo, sin etiquetarlos, es decir, sin encerrar a cada hijo en un personaje determinado, sin considerar que uno es bueno y otro malo, uno inteligente y otro tonto, uno veloz y el otro lento.

El juego de los contrarios

Para comprender esta relación entre nuestra actitud como padres y el vínculo entre hermanos, tenemos que ser capaces de abordar el complejo tema de la polaridad. La polaridad es un mecanismo mediante el cual los seres humanos podemos alcanzar el discernimiento, distinguir una cosa de la otra. Comprendemos que algo es grande en relación a lo pequeño. Que algo es blando en relación a lo duro. O que algo es femenino en relación a lo masculino. Justamente, para poder asimilar nuevas experiencias, necesitamos determinar si son similares u opuestas a experiencias ya pasadas. Eso nos ofrece una rápida capacidad para abordar situaciones aparentemente novedosas. Sin embargo, éste es un mecanismo que nos trae alivio, pero no necesariamente una aproximación honesta respecto a la situación que pretendemos comprender.

En las relaciones humanas ocurre exactamente lo mismo: proyectamos lo que creemos, lo que suponemos o lo que nos trae alivio. Y esa proyección es “polar”, es decir, necesitamos ver algo “muy bueno” respecto a algo “muy malo”, algo “feliz” respecto a algo “triste”. Éste es un sistema inconsciente que va ubicando las experiencias en algún estante conocido de nuestro armario emocional, pero que no refleja la realidad en todos los casos.

Dicho esto, pensemos en el nacimiento de un niño. Apenas lo vemos, los padres solemos proyectar inconscientemente nuestros deseos, anhelos o dolores sobre ese niño. Aunque reconoceremos este fenómeno más claramente cuando nazca el segundo hijo. Ya desde la sala de parto diremos: “Este niño es tranquilo, a diferencia del primero que era tan movido”. O bien: “Catalina sólo quiere dormir; en cambio, Jordi estaba despierto todo el día”. Al proyectar “polarmente”, ya estamos imponiendo un personaje que el niño luego se verá obligado a asumir. Generalmente, los “miramos” así, desde nuestras proyecciones, en lugar de observarlos desde lo que ese niño real nos manifiesta.

Responder a lo que se espera de ellos

De ese modo, cuando un niño cree que según sus padres es inteligente, o responsable o distraído o agresivo, intentará asumir ese papel a la perfección. Es decir, intentará ser el más distraído de todos o el más valiente de todos. Habitualmente, cada hermano tendrá asignado un personaje para representar, alejándolo de ese modo de su propio ser esencial.

Esta necesidad de jugar el rol impuesto por los adultos con el único fin de sentirnos amados trae consigo una gran dificultad: no nos permite “ser” valiente como nuestro hermano, recatada como nuestra hermana o enfermo como el hermanito menor. Por lo tanto, desearemos “ser” como ese hermano, quien, creemos, recibe más amor o cuidados.

Y aquí aparece otra cuestión fundamental: si creemos que alguno de nuestros hermanos recibe más atención o comprensión que nosotros, significa que nosotros no estamos recibiendo la calidad de confort, mirada, presencia o disponibilidad materna o paterna que necesitamos.

Porque sólo podemos desear con avidez aquello que no tenemos.

Siendo niños, cegados por nuestra desesperada necesidad de sentirnos protegidos y amparados por los adultos, hambrientos de amor y de caricias, pretendemos robar a nuestros hermanos esas pequeñas porciones de afecto que ellos guardan. Claro, nuestros hermanos tienen las mismas vivencias respecto a nosotros. ¿Cómo lo sabemos? Porque nos llevamos como perro y gato. Porque nos peleamos mucho, nos odiamos, nos pegamos.

Es obvio que queremos obtener algo que creemos que nuestro hermano tiene y nosotros no.

¿Cómo continúan estas historias? En principio nuestros padres nos castigan, o al revés, no otorgan ninguna importancia a las “peleas de niños”. En ambos casos nos quedamos solos y deseosos de obtener mirada.

Vidas irremediablemente distantes

Luego, en la medida que crecemos y adquirimos autonomía, intentamos resolver nuestras vidas procurando nutrirnos de nuestras relaciones de amistad. Y aunque hemos compartido la infancia con nuestros hermanos, durante la adolescencia ya nos sentimos totalmente distantes. Durante la juventud ya somos como extraños. Y así, la vida sigue. En el mejor de los casos, toleraremos algún vínculo formal o social con nuestros hermanos, aunque en otros casos nos habremos enemistado para siempre.

¿Por qué? ¿Encontraremos algunas respuestas en las diferencias de personalidad o en la elección de vidas distintas? No. La distancia emocional, la indiferencia o el odio entre nosotros, nacieron de la “proyección polar inconsciente” que instalaron nuestros padres sin saberlo.

Actualmente, ¿qué podemos hacer con nuestros hijos, si nos interesa que mantengan relaciones afectuosas y profundas con sus hermanos?

  • En primer lugar, será importantísimo escuchar y comprender a cada hijo en su especificidad de niño pequeño. Intentar satisfacer, en la medida de nuestras posibilidades, todo aquello que los niños demandan.
  • También será necesario traducir con palabras sencillas lo que hemos entendido acerca de ellos, compartiendo esos pensamientos con el resto de nuestros hijos.
  • Y en todos los casos, nombrar con palabras simples aquello que nos acontece a nosotros, sus padres, pero también a los abuelos, a otros niños, a vecinos, a quien sea que nos importe.
  • Y desde luego, procurar que los hermanos compartan también ofreciéndoles palabras abiertas y delicadas qué les sucede a cada uno de ellos y qué estamos haciendo para ayudarlos, acompañarlos o aliviarlos.

De ese modo, los adultos colaboraremos para que cada niño incorpore otros puntos de vista, otras vivencias y otros registros, y pueda entonces amar a sus hermanos porque los ha comprendido.

Miradas y escuchas genuinas

La hermandad se instala entre los hermanos si los padres trabajamos a favor de ella. La hermandad surge de la proximidad afectiva, del cariño, del deseo de ayudar, sostener, acompañar y nutrir. La hermandad se construye desde el día en que un niño ha nacido, si los hermanos se saben imprescindibles para el recién nacido. Pero recordemos que los niños mayores serán capaces de desviar sus intereses personales hacia el hermano pequeño sólo si sus necesidades básicas de protección, cuidados y mirada han sido satisfechas.

Si el amor circula en la familia, cada nuevo miembro es una bendición, sin importar la diferencia de edad o las circunstancias familiares en las que se produce la aparición del niño. Nuestros hijos aprenderán a amar a sus hermanos si los incluimos en el mismo circuito de amor y dicha. Si cada uno obtiene lo que necesita. Si prestamos palabras para nombrar todo lo que nos pasa. Si demostramos la felicidad por la nueva presencia, si participamos todos en los cuidados del niño más pequeño, si respondemos a su vez a las demandas y necesidades específicas de los niños mayores y, muy especialmente, si esos niños mayores están acostumbrados a ser mirados y escuchados genuinamente por sus padres.

Las bondades de la hermandad podrán desplegarse dentro de una familia, si antes cada uno de los hijos se siente amado, importante y especial a ojos de sus padres.

Una herencia para el corazón

Amar a los hermanos no es un tema menor. Cuando tenemos la dicha de vivir la experiencia de la hermandad dentro de casa, luego podremos trasladarla a los demás vínculos humanos y sentir que casi cualquier persona puede constituirse en un hermano del alma. Ese derroche de amor y generosidad brotará de nuestro corazón si lo hemos aprendido, sencillamente, en nuestra infancia.

Maravillados en lugar de celosos

No hay nada más extraordinario que el nacimiento de un hermano, que es el ser más par, más cercano, que tendremos a lo largo de la vida. Y si los padres decidimos tener más hijos para amarlos, lo lógico es compartir ese fin con los mayores.

Si los hijos mayores están acostumbrados a ser mirados y escuchados genuinamente por sus padres, no pueden existir los celos. Porque en esos casos no hay nada que el niño pequeño les pueda quitar. No es verdad que un niño desee estar en el lugar del otro. Cada uno desea ser sí mismo, siempre y cuando reciba la atención y la satisfacción de sus necesidades emocionales mínimas.

Por eso, antes de determinar tan a la ligera que “el niño está celoso”, tratemos de preguntarle qué necesita de nosotros y revisemos si obtiene lo que merece. Entonces le daremos la oportunidad de maravillarse con la presencia de ese ser que llegó para compartir la vida.

Amar a dos, a tres o a cuatro... por igual

Que la llegada de un nuevo hijo a la familia va a producir obligatoriamente una cascada imparable de celos en los hermanos mayores es un prejuicio inventado y sostenido por los adultos.

Las mujeres que esperamos un segundo hijo tenemos la fantasía de que no podremos amar a otro niño tanto como amamos a nuestro hijo ya nacido. Sin embargo, el corazón de las madres no se divide, sino que se multiplica con cada hijo que nace. Esto lo comprobamos en cuanto nace el segundo, constatando que podemos amar a dos hijos, y luego a tres o a cuatro.

Entonces, en lugar de desechar sin más ese temor, lo desplazamos hacia nuestros propios hijos: suponemos que “ellos” no podrán amar a otro, y que la presencia de un hermano irá en detrimento de no sabemos bien qué, pero que será vivido como un hecho negativo para ellos. Todo lo contrario: si nuestro hijo mayor se siente suficientemente amado y protegido, experimentará sorprendido la ampliación de su propio corazón.

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