Gemelos y lactancia materna

MATERNIDAD PLENA

Gemelos, una relación especial

Dar a cada hijo los cuidados, las palabras y el tipo de compañía que necesita no significa que tengamos que diferenciarlos a toda costa. Los hermanos gemelos viven su condición con toda naturalidad.

Laura Gutman

2 de marzo de 2018, 11:29 | Actualizado a

Los embarazos múltiples son cada vez más corrientes como consecuencia del incremento de las fertilizaciones asistidas que se realizan según una insólita lógica matemática, a saber: si introducimos más óvulos fecundados, aumentan las posibilidades de éxito. Las mujeres tenemos dos brazos y dos pechos, por lo que nos sentimos capaces de criar hasta dos bebés. De hecho, muchos gemelos nacen sin que haya habido este tipo de intervención. Siempre los ha habido.

Lamentablemente, la mayoría de estos embarazos terminan en cesáreas programadas antes de la fecha de parto, a veces entre la semana treinta y cuatro y la semana treinta y seis. Los bebés nacen prematuramente, pequeños. Prácticamente sin excepción, pasarán un tiempo ingresados en las unidades neonatales. A partir de la vuelta a casa, el desafío de criar gemelos tendrá dos momentos muy diferentes: la etapa de ocuparse de dos bebés y, luego, la etapa de ayudarlos a diferenciarse entre ellos.

Días de máxima organización

Para el primer período, la ayuda indispensable de familiares o personal idóneo nos acerca una realidad difícil de asumir para las mujeres que estamos acostumbradas a arreglárnoslas solas, hacerlo todo bien y tener una vida autónoma. Nos encontramos invadidas por personas afines, o no tanto, pero insustituibles, convirtiendo nuestro hogar en el lugar menos íntimo del planeta. Los días y las noches se convierten en un entramado eficaz de horarios, tablas y fechas que nos van dando algún parámetro de qué “le toca” a cada bebé en cada instante. Los varones suelen ser muy solidarios, respondiendo a las demandas de los bebés y siendo resolutivos, al menos mientras están en casa. Generalmente no hay alternativa, y la pareja funciona casi a la perfección, como una calibrada maquinaria cada vez más engrasada y precisa.

¿Y la pareja? ¿Y la intimidad? En una ocasión, una madre, riéndose, me respondió: “¿Y eso qué es?”. Está claro que recomponer la pareja quedará, en el mejor de los casos, para un “más adelante” difuso.

Ese es un precio que pagaremos durante muchos años.

Por ahora, nos hemos transformado en socios para la supervivencia, priorizando lo urgente, lo necesario y lo inmediato. Los varones, si tienen trabajo, pueden conservar un lugar de identidad sin derrumbarse, aunque su intimidad, su sexualidad y sus necesidades afectivas hayan quedado relegadas. Las mujeres lo pasamos bastante peor, perdiendo en la mayoría de los casos los lugares de identidad y de conexión con el mundo externo.

En mi opinión, el puerperio –es decir, el período de fusión emocional– se multiplica con cada hijo. En el caso de gemelos, duraría cuatro años; en el caso de trillizos, seis, y así sucesivamente. Por eso creo que todos necesitamos capacitarnos y profundizar sobre esta temática tan particular, pero cada vez más habitual, para comprender las problemáticas específicas de las familias con varios hijos de la misma edad. De hecho, existen organizaciones de familias múltiples que ofrecen servicios a otras todavía sin experiencia. Todo esto es muy útil y necesario.

Distintos, pero muy unidos

Cuando ya hemos superado la etapa de “supervivencia” y los bebés ya se han convertido en niños, aparece un nuevo desafío: decidir cuál es la mejor manera de criarlos a ambos. ¿Es mejor diferenciarlos? ¿Tienen que estar juntos o separados? ¿En la guardería conviene que estén en la misma clase o en clases distintas?

En verdad, los gemelos se consideran a sí mismos una unidad de dos. No pueden percibirse separados. Por eso, no es indispensable hacer esfuerzos para separarlos, porque la diferenciación no se logra de este modo, sino observándolos con honestidad y apertura. Por supuesto, cada niño es diferente y, como tal, va a necesitar un estilo distinto de cuidado, de comunicación, de alimentación, de juego, de afecto o de compañía.

Mirar a cada hijo en particular nos dará la indicación precisa sobre qué es lo que necesita.

Lamentablemente, la costumbre de forzar la separación de los hermanos gemelos responde más al deseo de comodidad de los mayores que a un pedido expreso de los niños, salvo algunas excepciones. Obviamente, si hay hermanos que piden separarse –lo que puede llegar a ocurrir cuando son mayores, pero raramente antes de los catorce años–, siempre vale la pena estar atentos a la especificidad de cada realidad. Pero prestemos atención, registremos si estamos respondiendo a demandas o creencias sociales, o si realmente estamos ofreciendo comodidad y confort a nuestros hijos.

Entre nosotros se ha instalado la creencia de que los niños gemelos sufren cuando están juntos porque los demás no los identifican. Si les preguntáramos, constataríamos que habitualmente estos malentendidos les hacen mucha gracia y, además, saben obtener ventajas de esta situación particular. También suponemos que los gemelos “deben” acostumbrarse a vivir vidas separadas. Honestamente, no encuentro un solo motivo que dé crédito a estas afirmaciones.

Resistir la tentación de encasillarlos

Lo que sí nos corresponde a los adultos es estar atentos a los pedidos de los gemelos. Y hacer el esfuerzo de no estigmatizarlos, de no dar por supuesto que uno de ellos es siempre el expresivo, mientras que su hermano es siempre el introvertido. Si lo hiciéramos, estaríamos obligándolos a asumir una personalidad o una forma de vincularse determinada, cuando, en realidad, ambos podrían perfectamente compartir y alternar los roles.

Un niño tímido no logrará superar o modificar su manera de relacionarse con los demás porque lo separen de su gemelo.

En primer lugar, no sabemos si le molesta ser tímido; quizá le resulta extraordinariamente útil. En segundo lugar, no sabemos si, precisamente, lo que más disfruta es tener un hermano que actúa expresivamente cuando él lo necesita. Aquello que puede ser una dificultad desde el punto de vista de los mayores a veces es vivido como una ventaja, o simplemente como algo natural, desde el punto de vista del niño.

Los gemelos suelen disfrutar mucho de la compañía y la seguridad que les procura el hermano, a menos que en la familia se vivan situaciones de enorme agresión o violencia. Pero en la mayoría de los casos, los niños viven con total naturalidad y alegría el hecho de “ser dos”. No suelen tener problemas en compartir amistades o experiencias. Por todos estos motivos, en lugar de complicar las cosas, observemos a los niños y dejémonos llevar por la simplicidad que ellos generan naturalmente.

Extremos que se tocan

Tener hermanos gemelos no es garantía de que los lazos de amor y proximidad emocional se instalen.

  • La hermandad depende de la capacidad de nuestros padres de atender nuestras necesidades individuales sin etiquetarnos, es decir, sin encerrar a cada hijo en un personaje determinado.
  • Para comprender esta idea, es preciso abordar el complejo tema de la polaridad, un mecanismo mediante el cual los seres humanos podemos alcanzar el discernimiento. Comprendemos que algo es grande en relación a lo pequeño. Que algo es blando en relación a lo duro. O que algo es femenino en relación a lo masculino.
  • Pensando en nuestros gemelos, sin darnos cuenta, desde el primer día diremos: “Nicolás está muy quieto, a diferencia de Fernando que se mueve mucho”. O bien: “Catalina solo quiere dormir; en cambio, Irene está despierta todo el rato”. “Hacer” algo no significa “ser” eso.

¿Y cuando se pelean?

¿Cómo podemos actuar los padres si pretendemos que nuestros hijos gemelos compartan la vida cotidiana y mantengan relaciones afectuosas entre ellos? Pues, en primer lugar, será necesario escuchar y comprender a cada uno de nuestros hijos en su especificidad de niño pequeño.

Por otra parte, será importante no sacar conclusiones precipitadas sobre sus virtudes o defectos y, sobre todo, no realizar comparaciones entre ellos. Ser padres implica intentar satisfacer, en la medida de nuestras posibilidades, todo aquello que cada uno de los niños demanda.

Finalmente, tratemos de traducir con palabras sencillas lo que hemos comprendido acerca de ellos o de aquello que les ocurre, compartiendo nuestros pensamientos con el otro hermano. Solo entonces cada niño podrá amar y admirar a su gemelo, porque lo habrá comprendido.

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