Hablar más de un idioma enriquece

CRIANZA

Hablar más de un idioma enriquece

Los niños bilingües avanzan más despacio pero seguros. Los que no lo son necesitan que sus primeros contactos con otro idioma sean lúdicos y graduales.

Mariana Vas

3 de marzo de 2018, 07:00 | Actualizado a

Nuestros hijos estudian inglés en el colegio, invierten muchas horas en clases extraescolares y esta parece ser una preocupación importante de los adultos cuando pensamos en la formación académica de nuestros hijos. ¿Por qué estamos entonces entre los países con un nivel de inglés más bajo? Desde luego, algo falla.

Para intentar comprender qué ocurre nos hemos de fijar en las dos caras fundamentales del problema: cómo aprenden una lengua los niños y qué hacemos los adultos para facilitar su aprendizaje.

Evidentemente, la situación ideal para la adquisición de un idioma es trasladarse a otro país y vivir inmerso en su lengua y cultura o tener un padre o una madre nativos. Acudir a una escuela de idiomas, aun desde la más tierna infancia, no será lo mismo.

En un contexto natural

Con muchísima frecuencia me llegan consultas de familias bilingües que se cuestionan si hablar a su hijo en dos idiomas puede ocasionarles un retraso en el habla.

El bilingüismo no representa ni tiene correlación con ningún riesgo en la adquisición y desarrollo del lenguaje.

Si un niño tiene un retraso a la hora de comenzar a hablar no es culpa de que sus padres le hablen en diferentes idiomas. Sí que es cierto que las distintas etapas del aprendizaje pueden parecer alteradas. Pero, en realidad, lo que ocurre es que las fases previas a la expresión oral correcta son distintas en el niño bilingüe que en el niño monolingüe. Por este motivo, no se debe comparar a un niño al que su padre le habla en un idioma y su madre en otro con un niño monolingüe: siempre parecerá que el primero va con retraso.

Que en casa se hablen dos idiomas no debe entenderse como una dificultad, sino como una riqueza para el niño, que en unos años podrá comunicarse en dos lenguas con gran facilidad. En ocasiones mezclará palabras o estructuras, pero, poco a poco, irá definiendo cada idioma por separado.

Recrear la vida diaria

Esta no es la situación de la mayoría de familias que desean que su hijo aprenda otro idioma y que han de recurrir a la enseñanza formal en escuelas y academias.

Aunque hay que tener en cuenta que los métodos han evolucionado muy positivamente en los últimos años y cada vez más se recrean situaciones de la vida diaria en las clases –se simula ir a comprar, preparar un menú, etc.–, nunca se hará con la misma naturalidad que en la comunicación diaria con papá o mamá.

Para suplir el contacto con la realidad diaria del idioma, la mejor opción para los mayores serán los estudios en el extranjero o las estancias temporales que permiten vivir inmerso en la lengua y cultura del país.

Así pues, ante un traslado o la convivencia con una pareja que habla otro idioma es importante mantener la lengua materna. Si soy española y vivo en Estados Unidos con un norteamericano, hablaré a mi hijo en español. Si soy catalana o vasca y vivo en Andalucía o en Alemania, también. La lengua del lugar donde vivan nuestros hijos ya la aprenderán de otros modos: en el cole, por la tele, con los amigos...

La realidad lingüística de nuestro país ha ido variando considerablemente en los últimos años y seguirá en la misma línea, ya que la movilidad laboral hace que se formen muchas parejas de diferentes nacionalidades. Y no son pocos los padres que dudan ante el hecho de que sus hijos comiencen a oír dos, tres o más idiomas desde pequeños, cuando se mire como se mire, es una circunstancia enriquecedora. Desde el punto de vista de la adquisición del lenguaje, lo más apropiado es que cada progenitor conserve su lengua materna. El contexto se irá encargando de lo demás.

¿Cómo elegimos sus primeras actividades?

La infancia de nuestros hijos ha de ir marcada por una buena comunicación en su lengua materna. A partir de ahí, la exposición a otras lenguas debe ser lúdica y paulatina, ofreciéndoles primero actividades como escuchar canciones, jugar, ver dibujos animados y experimentar situaciones en una lengua que no les es propia.

En el proceso de aprender formalmente un idioma –sea inglés, alemán o chino– cada niño nos marcará la pauta. Los padres proponemos actividades, pero serán ellos los que disfrutarán o avanzarán más o menos. Unos tendrán más facilidad para los idiomas y otros para jugar a fútbol.

¿Qué podemos hacer para ayudarlo?

Establecer una buena comunicación con los hijos en nuestra lengua materna es responsabilidad nuestra, pero que el sistema educativo garantice una buena enseñanza de idiomas compete a nuestras instituciones.

En los países en los que no se doblan muchas películas, series de televisión, dibujos animados, etc., los resultados académicos en el aprendizaje del inglés son mejores. Además, los adultos poseen un nivel de inglés superior al nuestro, ya que conviven con el idioma. Holanda y Alemania lo están haciendo desde hace años con fantásticos resultados.

Erróneamente, se piensa que los niños han de ver y escuchar programas de televisión en versión original cuando ya poseen un nivel medio-elevado (“porque así se enteran, si no, no ‘pillan’ nada”). No es cierto; sí que “pillan”. Es bueno que vayan acostumbrando su oído a sonidos diferentes y relacionando acciones, situaciones y objetos a palabras que oyen.

¿Es mejor empezar lo antes posible?

Pronto, sí, pero con calma, a su ritmo y, sobre todo, de forma adecuada. A un niño le resulta más fácil aprender a esquiar que a un adulto de cuarenta, tanto por su equilibrio como por la ausencia de miedo. Con el idioma pasa algo parecido: la plasticidad cerebral y la facilidad para adaptarse a sonidos nuevos son infinitamente superiores en los primeros años de vida.

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