Hijos libres de nuestra ansiedad

CRIANZA

Hijos libres de nuestra ansiedad

Los hijos merecen saber qué nos sucede, pero sin que les contagiemos nuestras emociones.

Laura Gutman

15 de noviembre de 2018, 13:35 | Actualizado a

Los adultos solemos tener problemas, pero algunos poseemos mayor capacidad para hacernos cargo de lo que nos ocurre sin necesidad de desbordar emocionalmente toda la carga sen- timental sobre las personas que nos rodean. Cada problema tiene una solución, si la asumimos y buscamos modos de resolver nuestros asuntos. Pero a veces también sucede que los conflictos, los obstáculos, los enfados o las preocupaciones acaban formando parte de nuestra vida, hasta tal punto que se convierten en el combustible vital de nuestro devenir.

Ser responsables

Sí, a veces estamos tan acostumbrados a vivir al límite, o sentimos tal vacío existencial, que la adrenalina que nos generan las situaciones complejas o la agresividad que desplegamos frente a ciertos acontecimientos nos hace sentir “vivos”. Claro que cada uno puede vivir como le venga en gana. El problema es que, en ocasiones, el nivel de ansiedad, conflictos, ataques y exaltación es tan grande que los niños se ven inundados por emociones que no pueden asumir ni comprender ni procesar.

En este sentido, es nuestra responsabilidad detectar cuándo el desbordamiento anímico derrapa sobre el frágil territorio emocional de un niño pequeño.

No hay motivo alguno para que un niño se haga cargo del dolor de un adulto.

Una cosa es que el niño sepa qué es lo que sucede en casa, y otra muy distinta que los padres no seamos capaces de autorregularnos, estallando permanentemente ante todas las situaciones que nos desagradan, y que sean nuestros hijos quienes se vean obligados a asumir la madurez emocional y la distancia que cualquier conflicto merece.

Si vivimos en permanente desequilibrio, o si perdemos los estribos con facilidad, será mejor que intentemos adquirir la costumbre de respirar antes de estallar, recordando que, a pesar de todas nuestras dificultades, el niño siempre estará en desventaja.

Frente a cualquier acontecimiento difícil, los adultos tenemos la obligación de ordenar los pensamientos, valorarlo en su justa medida y pensar diferentes soluciones.

Luego explicaremos detalladamente a los niños qué es lo que sucede y qué recursos tenemos los mayores para solucionar aquello que nos preocupa. O quiénes nos podrán brindar su ayuda. O en su defecto, cómo entendemos el panorama.

Incluso el dolor por una pérdida irreparable puede ser nombrado con responsabilidad y ternura.

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