Inteligencia y amor van de la mano

INTELIGENCIA INFANTIL

Inteligencia y amor van de la mano

Los primeros años son claves para el desarrollo del cerebro del bebé y del niño. Pero no necesita juguetes complejos ni programas especiales, basta con tu presencia cariñosa.

Salvador Nos-Barberá

17 de noviembre de 2017, 07:00 | Actualizado a

Si tienes un bebé cerca (si eres su mamá mucho mejor), prueba a escuchar con él pegado a tu regazo una balada de Bruce Springsteen, sí, del “jefe”. Sad eyes o Brothers under the bridge sirven. Tu bebé ya conoce tu voz, así que si le susurras bien bajito la melodía o la letra mientras la escucháis los dos, mejor. No te preocupes por tu inglés, porque a él le da igual tu acento, lo que le gusta es tu voz; la está reconociendo en otro registro, y eso le gusta y lo pone a prueba. Si además te balanceas suavemente con la música, todavía lo vas a hacer trabajar más, porque la habitación o lo que tenga alrededor se moverá de una forma complaciente. Si lo ves muy relajado e incluso cierra los ojos, tanto mejor, querrá decir que está trabajando a tope, con tal intensidad que necesita toda su capacidad de concentración. Si se queda dormido, no interrumpas lo que estás haciendo inmediatamente, sigue con ello.

Tu hijo está uniendo conexiones y más conexiones para construir el entramado de redes neuronales que está tratando de ensamblar desde el mismo momento en que nació.

Un trabajo agotador. Tan agotador que a veces se duerme rendido, pero aun en fase de sueño sigue trabajando en la conexión de redes neuronales. ¡Hay tantas que fortalecer!

Menos mal que él no lo sabe, pero es que además tiene un tiempo limitado para acabar este trabajo, lo cual es toda una ventaja porque no vivirá esta situación como lo haría un adulto. El bebé no tiene ninguna presión, ni estrés, ni condicionamiento, y así debe seguir. Por eso es conveniente que nosotros tampoco nos estresemos. No hay prisa. No hace falta que “estimulemos” nada. Hay tiempo suficiente, pero conviene “trabajar” cada día. Lo hará él solo, aunque si lo acompañamos en este largo recorrido, sin agobiar, mucho mejor.

Una gran tarea

Tu hijo nació con 100 millones de neuronas, todas ellas reunidas y bastante comprimidas en el encéfalo, el cual está protegido por el cráneo para atravesar sin grandes problemas –o con alguno– la estrechez del canal del parto. Pero hubo una peculiaridad: aún no estaban consolidadas las conexiones entre estas neuronas, y sin sinapsis (conexión) no son operativas, no hay función. No es un fallo ni un error, pero sí un enorme trabajo, ya que cada una de ellas debía conectar con otras 10 mil neuronas. Hacia el final de los tres años de edad, casi a los cuatro, los 100 millones de neuronas con las que nació habrán realizado 1.000 billones (sí, sí, con b) de conexiones a partir de los “escasos” 200 ó 300 millones con los que nació. Este será el máximo despliegue de redes neuronales de toda su vida. Hasta cuando duerme va revisando y consolidando el entramado neuronal que está creando en sus tres primeros años de vida. Todo lo que el bebé perciba (incluso por exceso y por defecto) tendrá una interpretación y una consecuencia en este arduo trabajo.

Siempre en compañía

Podemos ayudarlo, o algo mejor, acompañarlo. Tu voz, tu tacto, tu olor, tu cara, tu pecho..., sumados a lo que él perciba a su alrededor, son, proponiéndonoslo o no, estímulos para que él trabaje sus redes neuronales. Por eso, una música suave “conocida”, que el bebé reconocerá al poco tiempo y asociará a algo “bueno” que lo acompaña, lo ayudará. Si esto se repite cada día, sin intensidad, pero de manera continuada, de forma que lo pueda “recordar”, va a favorecer la consolidación de estas redes y va a generar una mayor actividad en la región cortical somato-sensorial, que quedará “a punto” para futuras experiencias.

Limpieza mental

Años después, hacia los 10, empezará a “eliminar” aquellas redes que se formaron, pero que no han sido demasiado utilizadas, que no le sirvan y que “consumen” energía a cambio de no proporcionar “nada”, aunque no podrá crear nuevas. La densidad alcanzada, el número de sinapsis, mantenida constante entre los cuatro y los 10 años, se reducirá a la mitad. Conviene no equivocarse en el proceso de formarlas ni tampoco en el de eliminarlas.

Todo un reto que deberá afrontar el bebé “solo”, aunque puede contar con tu compañía en todo momento.

¿La genética influye?

De los 100 mil genes del genoma humano, la mitad guardan relación con la formación y el desarrollo neuronal. Se puede especular o divagar un poco acerca de la importancia del factor genético y hereditario en lo que se acabará mostrando como inteligencia (la analítica y la emocional) de nuestro hijo. Especulaciones y nada más. Definitivamente, el componente genético no es en absoluto el factor decisivo que permitirá el despliegue de sus habilidades en el futuro. No es posible codificar la complejidad funcional de un cerebro adulto en 50 mil genes. En el fondo es una ventaja. Nuestro hijo nos puede superar con cierta facilidad también en esta faceta del reto casi inherente a nuestra condición de padres (o de humanos): queremos que nuestro hijo sea “mejor” que lo que nosotros hemos sido o somos.

El entorno sí importa

Desde luego, la genética condiciona o enmarca “de salida” la configuración general del sistema nervioso central y, por lo tanto, de nuestro cerebro, pero es el entorno, lo que ocurre a nuestro alrededor y de qué manera lo percibimos nosotros, lo que determinará cómo será el complejo entramado de neuronas y conexiones en la edad adulta, y en consecuencia del “rendimiento” y la “eficacia” de nuestro cerebro.

Es una buena noticia. Afortunadamente, todos disponemos de terminaciones nerviosas de los pies a la cabeza, y es este sistema nervioso periférico el que enviará información a nuestro centro de control. El habla, la escucha, la percepción visual, su interpretación separada y combinada se localizan en áreas concretas del cerebro, y por lo tanto la genética está presente en la decisión de lo que seremos y cómo. Sin embargo, son los millones de estímulos externos que recibirá el bebé y el niño en sus primeros años de vida, mientras todavía está configurando ese verdadero control central –el cerebro con sus redes neuronales–, lo que acabará por definir esa misma configuración cerebral. En palabras mucho más sencillas: nos hacemos a nosotros mismos sobre la base de los genes que hemos recibido en herencia de nuestros progenitores.

Toda una aventura

Volvemos al inicio, la buena noticia es que el “entorno” modificará sin duda nuestro “cerebro genético” heredado de nuestros padres, abuelos y ancestros. Pero también hay una mala, y es que tenemos un tiempo limitado para hacerlo: los primeros años de nuestra vida, ¡y encima “no lo sabemos” o no somos muy conscientes de ello! Por eso podemos no tanto ayudar como sí acompañar “desde fuera” a los niños. El bebé puede y lo va a hacer, quedarse “pasmado” horas y horas mirándose sus manos y el movimiento de sus dedos, cuando llegue el momento, como consecuencia de que determinadas redes neuronales han conseguido, en un viaje de ida y vuelta, hacer funcionar un pequeño musculito con su pensamiento. Él reconoce su mano y sabe flexionar un dedo sin que el otro se mueva. Al principio no sale muy bien, pero cada vez va funcionando mejor, y él lo ve y lo gobierna. Si eso va acompañado de la música suave de las baladas de Bruce Springsteen, del masajeo diario de todos y cada uno de los dedos de las manos y de los pies, de disfrutar de cómo moja el agua templada, de la sensación de “casi” flotar en el agua durante la hora del baño y más adelante de aprender a nadar (porque al no practicar se nos olvidó lo que ya sabíamos antes de nacer), de ver cómo ensucia la tierra mojada y de qué manera se puede limpiar las manos sucias, de descubrir el tacto de la piel de nuestra mascota..., fortaleceremos y consolidaremos sus redes neuronales.

El increíble trabajo de las neuronas

Las neuronas son células del sistema nervioso capaces de comunicarse con precisión y a distancia con otras células. La sinapsis, que es el proceso de comunicación entre ellas, es la que lo hace posible. La organización cerebral del bebé y la del adulto tiene similitudes y diferencias. En los cerebros infantiles, las redes neuronales no están conformadas por regiones cerebrales distantes entre sí, pero funcionalmente están relacionadas como en los adultos. La activación cerebral se produce primero en redes formadas en áreas próximas para luego formar redes entre áreas más distantes o, lo que es lo mismo, redes centradas en la funcionalidad.

El entrenamiento repetitivo placentero mejora estas conexiones, las hará funcionales, y al hacerlas funcionales se potenciará todavía más su aprendizaje y uso, es decir, la capacidad y rapidez de recuperación y realización de funciones, en una especie de retroalimentación que aumentará el rendimiento de aquella red y aquella función.

¡No olvides jugar con él!

¡Es que yo no sé jugar con bebés! No se trata de comprar más juguetes, DVD ni música especial, se trata de soltarse a disfrutar juntos del juego que proponga tu bebé.

  • No hay nada más que hacer que escucharlo y seguirle el juego porque él sí sabe jugar y nos enseñará con absoluta naturalidad.
  • Todos los bebés saben jugar a “la fábrica de oxitocina” y tienen unas ganas tremendas de divertirse. El bebé es un experto en eso.
  • Sabe producirla en su cerebro, en el centro hipófisis-hipotálamo, su cerebro emocional, primitivo, no pensante. No le resulta difícil. Es un neurotransmisor de solo nueve aminoácidos. ¡Pan comido!
  • Tu bebé ya lleva un cierto tiempo haciéndolo, pero ahora ha descubierto que jugando contigo le resulta más fácil y le proporciona aún mayor sensación de bienestar. Quiere divertirse, pero contigo.
  • Mimos, canciones, sensaciones táctiles “nuevas”, pero agradables, claro, cuando se despierta y te ve a su lado, cuando él habla y tú le respondes, cuando tú hablas y él responde... Y cuanto más se repite, más se crean y consolidan en nuestro bebé las redes neuronales implicadas.

¿Estimular o estar a su lado por si te necesita?

Estos consejos te servirán de guía para acompañar a tu bebé en su viaje de descubrimiento.

  • Nuestro mundo ofrece hoy más que nunca oportunidades que pueden ser estímulos para favorecer la formación y la consolidación de redes neuronales.
  • Pero es necesario prestar especial atención porque lo que no hagamos en los cuatro primeros años no lo haremos ya más tarde. Este tiempo límite de “producción de redes neuronales” no es una carrera a contrarreloj. Todo tiene su momento, y en absoluto se trata de anticipar ni de “estimular” lo que no es necesario. No se trata de forzar el aprendizaje de nada antes de tiempo. Nada de lo dicho tiene que ver con “aprender cuanto antes”, con las prisas.
  • “Cuanto antes mejor” en absoluto es sinónimo de un valor esencialmente estimable. Aprender a hablar antes, a gatear antes, a caminar antes... (la pregunta es: ¿antes de qué?) no tiene nada que ver con “hacer buenas redes neuronales”.
  • Al contrario, a menudo un buen trabajo preparativo de funcionalidad de estas redes conlleva que cualquier función va a aparecer para mostrarse en el momento en que determinado sistema esté maduro y no antes. Escuchar juntos a Bruce no es hacerle leer al niño el pentagrama de notas musicales o que aprenda los acordes de la guitarra.