"Mamá, quiero estar contigo"

CRIANZA CON APEGO

"Mamá, quiero estar contigo"

Descubre los beneficios y 5 las claves de sumarte a una crianza con apego.

María Berrozpe

14 de julio de 2018, 12:46 | Actualizado a

Si me preguntarais por las dos palabras que más han pronunciado mis hijos desde que comenzaron a hablar, os diría que, sin duda, son mamá y contigo.

De hecho, no necesitaron palabras para que me quedara muy claro desde su nacimiento que lo que más deseaban era estar conmigo. Y es lógico, porque el contacto resulta fundamental para el desarrollo y la salud de los niños.

Esa necesidad de mí tan continua e intensa me pilló totalmente desprevenida en aquel momento. Nada ni nadie me había preparado para eso. Porque contigo no solo significa estar presentes los dos en la misma habitación, no. El “mamá, quiero estar contigo” va mucho más allá. Significa estar juntos. Muy juntos. Tan juntos que, como dijo el genial Groucho Max, “como sigamos juntándonos más, nos vamos a acabar dando la espalda”.

Y es que –aunque ya sea un tópico cientos de veces repetido por todos los que consideramos indispensable integrar la visión de la biología evolutiva en la ciencia de la crianza– somos mamíferos y somos primates. Necesitamos contacto, abrazos, caricias y arrumacos de nuestra madre y de nuestra gente querida, tanto como comer y respirar. Su falta nos enloquece, nos enferma, y no solo a los humanos.

Cualquier mamífero criado en aislamiento desarrolla un comportamiento patológico. Este fenómeno, ya de sobra conocido por la ciencia, se refleja muy bien en una anécdota publicada por Stephen Suomi en Integrative Psychological and Behavioral Science (2008), y cuyos protagonistas son el famoso John Bowlby (psicoanalista inglés creador de la Teoría del apego) y Harry Harlow (psicólogo e investigador también muy conocido por sus estudios sobre el efecto de la separación entre madre y bebé en primates).

En una visita de Bowlby al laboratorio de Harlow, este último le mostró su preocupación porque no conseguía producir una psicopatología en sus monitos con el fin de tener un modelo óptimo para sus experimentos. Cuando Bowlby visitó el estabulario, repleto de jaulas individuales donde las crías crecían prácticamente aisladas, sin contacto con su madre ni con sus congéneres, tras ver los extraños y repetitivos comportamientos de los animales (balancearse hacia delante y hacia atrás, golpearse, chuparse constantemente los dedos de las manos y los pies...), se volvió hacia Harlow y le comentó: “Harry, no sé cuál es tu problema. Acabo de recorrer tu laboratorio y tienes más monos locos aquí que en cualquier otra parte del planeta”.

Esta anécdota es clave para entender dos aspectos fundamentales de la crianza de los niños occidentales. Por una parte, la evidencia de que esos primates criados en cautividad pero, sobre todo, en soledad y en ausencia de su madre, no se estaban desarrollando de manera saludable a pesar de tener cubiertas el resto de las necesidades físicas (comida, temperatura ambiental óptima, entorno relativamente confortable sin depredadores ni peligros...).

El segundo aspecto a resaltar –tal vez el más importante de los dos y, desde mi punto de vista, el más dramático– es esa incapacidad inicial de Harlow para reconocer los síntomas de una psicopatología provocada por la privación de cuidados y contacto materno. Esto es, la normalización de ese estado de carencia en los monitos.

De la misma manera, la pediatría de los años cincuenta también normalizaba este tipo de comportamientos en los bebés y niños pequeños, tal y como podemos ver en las palabras escritas por el pediatra inglés Ronald Illingworth en 1951, que define como “malos hábitos” que el niño reclame la presencia de su madre o su padre para dormir, pero considera “normal” que necesite un peluche sustituto o que realice movimientos repetitivos como golpearse la cabeza o balancearla.

Pero eran los años cincuenta y podríamos pensar que la noción de lo que es “normal” o “patológico” en el comportamiento de un niño debería haber cambiado. Al fin y al cabo, los experimentos de Harlow no se publicaron hasta 1965 y la teoría del apego de Bowlby, hasta 1969. Desde entonces, multitud de trabajos científicos han demostrado la importancia que el contacto humano tiene en el desarrollo saludable de los bebés, especialmente el contacto con su madre.

En doctor Nils Bergman, pionero en la investigación del efecto del contacto materno en bebés prematuros, lo tiene claro: el comportamiento del bebé solo es comprensible si lo interpretamos desde el punto de vista del cuerpo de su madre.

Al bebé prematuro le desestabiliza más la incubadora que su propia prematuridad.

Cuando se le pone sobre el cuerpo de su madre, mejora todas las variables fisiológicas estudiadas (ritmo cardiaco, oxigenación, temperatura...). Durante las primeras horas tras el nacimiento, este contacto íntimo e intenso con su madre se ha revelado fundamental para el desarrollo del bebé, de sus sistemas de respuesta al estrés y de su capacidad para regular su fisiología. De la misma manera, también es fundamental para la madre, quien se inunda de hormonas del placer y la maternidad, como la oxitocina y la prolactina, que facilitan la sincronización con su hijo, favoreciendo la creación del vínculo de apego.

Esta necesidad de contacto no termina en unas horas tras el nacimiento. Como crías que experimentamos una prolongada etapa de exterogestación (fuera del útero), lo mejor para nuestros bebés es seguir en contacto día y noche con su madre. Sobre su espalda, su regazo, mamando a demanda y durmiendo a su lado. En ausencia de la madre, siempre son mejores los brazos de una persona querida que la fría superficie de un carrito. Y a medida que crecen, lo mejor sigue siendo abrazarlos, besarlos, sentarlos en nuestro regazo, colechar y estar en contacto con ellos todo lo que ellos reclamen y sea humanamente posible.

A pesar de todas estas evidencias, todavía hay mucho experto aconsejando poner distancia física entre nuestros hijos y nosotros, sobre todo por la noche, cuando aseguran que los niños deben dormir solos y que es “normal” que ante esa imposición se dediquen a hacer movimientos repetitivos en su cuna, como golpear la cabeza contra la almohada. Aunque tal vez el ejemplo más triste que conozco es el que recientemente vivió una gran amiga, cuando, tras nueve larguísimos años de espera, recibió por fin en adopción a su querido hijo. El bebé, de dos meses de edad, vino acompañado de las siguientes “instrucciones”: “No lo cojáis demasiado, que viene muy bien acostumbrado a quedarse en su cuna y lo mal acostumbraréis si ahora está todo el día en brazos. Y la toma es a las 7. Si a las 6 empieza a reclamar, ni se os ocurra ceder”.

Tanta ignorancia asusta y entristece mucho. Si estos consejos ya son malos para la crianza de un bebé por su propia madre, no digamos cuando se trata de una criatura que sido separada de su madre biológica y tiene que empezar a vincularse a esa mujer, todavía desconocida, que será su madre para siempre.

Nos queda mucho camino, aunque al menos la ciencia ya está de nuestra parte. Las evidencias son incuestionables: el hábitat natural del bebé humano es el cuerpo de su madre.

Nos queda mucho camino, aunque al menos la ciencia ya está de nuestra parte. Las evidencias son incuestionables: el hábitat natural del bebé humano es el cuerpo de su madre.

Todo nos empuja a poner distancia física:

  • las cunas
  • los cochecitos
  • las hamaquitas
  • chupetes
  • peluches
  • y artefactos varios diseñados para imitar el cuerpo de la madre.

O los comentarios: “No lo cojas tanto, que se mal acostumbra”, “Tan mayor y todavía en brazos”, “Pero ¡qué enmadrado está este niño”. Por no hablar de una vida que encierra a nuestro bebé en el ámbito privado, excluyéndole de la vida pública y laboral de su madre.

Pero poco a poco las condiciones van cambiando. Las vamos cambiando nosotras, con nuestro ejemplo y nuestra forma de actuar.

5 Claves para tenerlo cerca

Incluso estando convencidos de la importancia del contacto con nuestros hijos, todavía arrastramos costumbres y creencias que nos impiden practicarlo con libertad. Si quieres mantener a tu hijo cerca de ti, toma nota de estos puntos clave.

1. Descubre los portabebés

Si es posible, antes del nacimiento de tu hijo infórmate sobre los sistemas de porteo ergonómico. Quien planea portear regularmente y durante largos periodos de tiempo necesita contar con uno o más modelos que se adapten perfectamente a sus necesidades. Hoy en día hay una amplia oferta de tipos y marcas, así como profesionales certificados que pueden asesorarte tanto desde antes del parto como cuando ya tienes a tu bebé en brazos. Dedicar un tiempo a este tema durante el embarazo te facilitará muchísimo la vida después.

2. Dale el pecho siempre que quiera

La lactancia será un gran aliado en la integración de tu hijo a tu vida diaria. La leche la llevarás puesta, siempre preparada y a punto para ser ingerida, sin necesidad de cargar biberones, leche en polvo o termos de agua. En lugares públicos, tienes derecho a amamantar cuándo y dónde tu bebé lo necesite, no lo dudes nunca. La ley está de tu parte. Y si das el biberón, dalo como si dieras el pecho. Con el mismo contacto físico y exclusividad (dáselo tú, al menos la mayoría de las veces) y a demanda tanto de día como de noche.

3. Seguid juntos por las noches

Planea con tiempo el colecho para poder adaptar la cama de manera segura para tu bebé. Una cuna adosada, o cuna sidecar, puede ser una buena solución para los más reticentes a meter a los bebés más pequeños en la cama matrimonial por miedo a la muerte súbita del lactante, o a que el bebé llegue a caerse o quedarse atrapado bajo las mantas o almohadones.

4. Ofrécele amor sin poner límites

Los abrazos, besos, caricias, arrumacos, siempre son buenos y no hay un límite máximo. Dale toda la dosis que necesite, que será mucha. Cuanto más das, más te pide y por más tiempo. Y eso es bueno. Adultos criados con sobredosis de contacto maternal amoroso, rebosantes de amor para ofrecer, es exactamente lo que necesita esta sociedad heredera de aquellos que no reconocieron que un monito encerrado en una jaula golpeándose la cabeza contra la pared era un monito enfermo.

5. Llévalo contigo a todas partes

Aparecer con tu bebé en una reunión de adultos en la que no hay un solo niño o sentarte frente a una obra de arte en un museo dando el pecho puede despertar animosidad en una minoría de gente que todavía no ha comprendido la compleja realidad de la naturaleza humana y está bajo el yugo de caducos determinantes culturales. No te acobardes ni tengas dudas: estar contigo es lo que tu hijo necesita. Y si tú estás feliz de estar con él, ¿quién puede tener la autoridad de obligaros a separaros? Nadie.

Vuestro apego no se equivoca

Crianza respetuosa

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