Mamá, tengo miedo

CRIANZA

Mamá, ven, tengo mucho miedo

Contra los miedos no caben palabras. Las explicaciones racionales no los vencen porque son sentimientos que nacen con fuerza del interior de nuestros hijos. Los superarán en la medida que se sientan comprendidos y acompañados.

Laura Gutman

1 de agosto de 2018, 21:51 | Actualizado a

¡Mamá, tengo miedo! ¡Mamá, ven conmigo! ¡Mamá, hay un mosquito! ¡Mamá, hay alguien detrás de la cortina! ¡Mamá, vino un señor malo! ¡Mamá, no quiero ir allí! ¡Mamá, no me dejes solo!

Si los niños nos llaman justo cuando estamos ocupadas o demasiado cansadas, intentamos calmarlos minimizando eso que dicen que les pasa. Hacemos luego un gran esfuerzo para tratar de definir a qué tienen miedo exactamente, y como consideramos que el objeto al que parecen temer o la situación que los abruma son absurdos, sólo se nos ocurre desestimar ese miedo que los altera, haciéndoles ver que no hay razones válidas para tan descabellados sentimientos.

Para colmo, nos mostraremos cada vez más obstinados con demostraciones fehacientes sobre la inexistencia de monstruos y dragones, o sobre la incapacidad de hacer daño de moscas y mosquitos. Es más, les enseñaremos cómo se mata a un insecto y que los dragones existen sólo en los cuentos.

Si incluso, agotando nuestra paciencia, los niños perseveran afirmando que los monstruos los van a lastimar, acabaremos burlándonos de ellos respecto a sus exageraciones en el encuentro con los fantasmas o los muertos, creyendo que simplemente tergiversan o aumentan las imágenes vistas en la televisión, y que las utilizan para molestarnos.

Hasta que el hastío nos colma, ya cansados de que cualquier situación inesperada –un lugar un poco más oscuro de lo común, el momento de ir a dormir, las salidas con personas poco conocidas, las situaciones relativamente nuevas, un insecto, un animal o una tormenta de verano– los llenen de angustia y los dejen con relativa incapacidad para vivir sus vidas. Hemos probado la tolerancia, luego hemos ensayado desacreditar lo que relatan.

Al final ha llegado un momento en que nos hemos enfadado o, incluso, impuesto una penitencia, creyendo que nos están tomando el pelo, que han encontrado una forma de obtener nuestra atención permanente. Sin embargo, contra todos los pronósticos, los niños siguen teniendo miedo y eso altera la vida cotidiana de toda la familia. Temen a cosas ilógicas, aunque les demostremos que ese insecto o ese ruido no pueden hacerles daño. No hay fundamento que les sirva. Porque no se trata del insecto, ni del ruido, ni de la oscuridad, ni del monstruo que está afuera. Es evidente que tenemos que hacer algo.

La realidad, desde su punto de vista

Para empezar, sería prudente estar dispuestos a escucharlos.

Y, sobre todo, a buscar esos monstruos internos que han crecido dentro de ellos mucho antes de que pudieran nombrarlos. La calidad del cuidado –permanencia, presencia, brazos, cobijo, cuerpo, calor, paciencia y disponibilidad emocional– que les hemos prodigado o no, desde sus nacimientos hasta hoy en día, han hecho crecer, en mayor o menor medida, a los monstruos que se han alimentado de soledad, de lejanía emocional y de falta de palabras.

Si un niño hoy tiene seis años, por ejemplo, será necesario revisar todas las experiencias desde su punto de vista, con la mayor honestidad posible y recordando todos los pedidos que ese niño ha formulado bajo diferentes formas –llantos, enfermedades o alergias–, hasta percibir la soledad o el abandono emocional en el que ha crecido.

El mundo interno de los niños suele estar muy lejos del mundo de los adultos. Aunque también podemos decirlo al revés: los adultos solemos permanecer atrincherados en nuestras lógicas y nuestras opiniones tratando de tener razón, pero alejados de la realidad emocional y de las necesidades auténticas de los niños muy pequeños. Tal vez un extraterrestre adulto nos resultaría más familiar. Pero, definitivamente, un niño humano es un personaje que nos asombra y nos descoloca con sus insólitas necesidades permanentes.

Las personas mayores preferimos hacer oídos sordos a tan extrañas demandas y, centrados en nuestras opiniones, determinamos que los niños deben dormirse solos, comer solos, estar solos, jugar solos, portarse bien y, sobre todo, no ver monstruos donde no los hay.

Los niños tratarán de adaptarse para ser amados, satisfaciendo los deseos de sus padres. Procurarán permanecer solos el mayor tiempo posible hasta que un dragón les haga señas con intención de comérselos. En ese instante, la valentía de los niños caerá en pedazos como los castillos de cristal que se propusieron erigir y el miedo invadirá todo su ser.

¿Qué ha sucedido?

En la medida que el entorno sea hostil para los niños pequeños, ya desde la cuna donde pidieron presencia, cuerpo y calor sin obtenerlo, la vivencia general de los niños es terrorífica.

Una respuesta al desamparo emocional

Los niños se saben completamente indefensos. Y claro que lo están. Sin la presencia inmediata de la madre, o de otra persona amorosa y maternante, cualquier depredador acabaría con ellos. Cualquier niño lo sabe. Y cualquier cría de mamífero de otras especies también lo sabe. Para la mayoría de los niños occidentales, la soledad y el temor que conllevan el asilamiento y la caprichosa insistencia de los adultos de no responder a sus demandas son una experiencia cotidiana.

Por eso es tan frecuente que tengan miedo. No es un invento. Es una consecuencia del desamparo emocional en el que se crían.

Las personas mayores sabemos que no hay un monstruo real allá afuera. Y que la oscuridad no les hará daño. Pero la vivencia de los niños es que serán devorados en cualquier momento y que nadie los cobija. Por eso, de nada sirve explicarles que los monstruos no los lastimarán si seguimos dejándolos solos en casa, en el jardín de infancia, en la escuela, en la familia, entre primos o vecinos, sin ninguna mirada exclusiva y desmereciendo la manera en que perciben el mundo. Porque una cosa es lo que les decimos y otra cosa es lo que perciben.

Revocar una autonomía forzada

Para empezar a cambiar –si de verdad estamos dispuestos a involucrarnos y deseamos ayudar a nuestros hijos– la mejor opción será revisar cuántas veces los hemos dejado emocionalmente a la deriva. Cuántas veces hemos pretendido que se arreglen solos, que se calmen solos, que se alimenten solos, que retomen sus equilibrios solos. Y cada vez que hemos desestimado el miedo que efectivamente registran –haciendo un enorme esfuerzo para comunicárnoslo como sea– ese temor se acrecienta, porque constatan que nadie los cuida como necesitan.

Entonces, después de registrar el nivel de abandono y descreimiento que hemos mantenido, dejaremos de lado nuestras opiniones al respecto. A partir de ahora, si nuestros hijos tienen miedo por la noche antes de dormir, nada mejor que traerlos con nosotros, porque enredados al calor del cuerpo de quienes los aman, podrán renovar la confianza que no tenían y eso les dará un margen de confort que dejará a todos los seres malignos fuera de su casa.

¿Y si sus temores son "justificados"?

Si hemos detectado algún hecho traumático concreto –por ejemplo, si el niño ha sido testigo de un robo, de una agresión, si ha vivido una pérdida de un ser querido o si ha sufrido un accidente– habrá que tener muy en cuenta que ese impacto tiñe casi todas las experiencias posteriores.

Por lo tanto, será necesario hablar con el niño sobre esos hechos. No necesariamente preguntándole –porque frecuentemente el niño no tendrá palabras para nombrar sus sentimientos– sino, por el contrario, nombrando con nuestras palabras aquello que nos pasa, que nos duele o que nos abruma.

Así, en lugar de decir que “el abuelo se fue al cielo”, es mejor decirles: “Yo también estoy triste, tengo ganas de quedarme una semana en casa descansando, siento que es una forma de estar con él y despedirme poco a poco”.

El modo en que los adultos “ordenamos” nuestros sentimientos dolorosos –que también los tenemos– ayuda al niño a organizar los suyos.

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