Bienvenida bebé

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La mejor manera de empezar la vida

Para el bebé, todo es nuevo. Ha pasado nueve meses protegido dentro de ti, bañado por un líquido cálido y alejado de ruidos. Qué importante es ponernos en su lugar e intentar que su llegada sea lo más tranquila y amorosa posible.

Gro Nylander

31 de octubre de 2017, 07:00 | Actualizado a

A veces pienso si el llanto desesperado de un recién nacido querrá decir:

“¡Socorro! Estoy aterrorizado, tengo frío, la luz me hiere los ojos y los ruidos me asustan. El viaje me ha dejado agotado y casi sin aliento. Estoy luchando para conseguir suficiente oxígeno de una forma completamente nueva. No olvidéis que estoy acostumbrado a descansar en una oscuridad silenciosa, oyendo solo sonidos distantes, rodeado por blandas paredes y por cálidas aguas”.

Nacer es toda una experiencia. No recordamos qué se siente, pero es posible imaginárselo. Hacia el final del embarazo, el espacio en el útero se va quedando estrecho. Apenas se puede dar una buena patada. Es como moverse en un apretado saco de dormir. Durante las contracciones del parto, el útero aprieta firmemente al bebé y lo empuja hacia abajo. De repente, el niño se encuentra en un mundo sin límites, en que brazos y piernas se estiran y se alejan del cuerpo. ¿Cómo le podemos facilitar esta transición? Sobre todo no asustándolo.

En el útero, el bebé ha escuchado sonidos durante meses, pero estaban amortiguados por el líquido amniótico y las paredes uterinas. Durante el parto puede que oiga a su madre proferir sonidos inusuales, y sale a un mundo de voces que hablan alto, gritos y risas. ¿No crees que da bastante miedo? En todo caso, es notable cuántos recién nacidos se tranquilizan al ponerlos sobre la barriga y el pecho de su madre. De repente vuelven a oír algo familiar: el suave y rítmico latido del corazón de mamá; el aire que entra y sale de sus pulmones con un ritmo bien conocido. Y al mismo tiempo les mecen con movimientos que recuerdan los que notaban dentro del útero. También reconocerá su voz. Es cierto que suena diferente cuando el sonido se transmite por el aire, pero sigue siendo su voz. Muchas veces la madre empieza a hablarle a su hijo cuando este la lame. Tal vez el leve “¿eh?, ¿eh?” del bebé realmente quiere decir:

“¡Hola mamá! Dime algo, estoy asustado y confuso. ¿Cómo son las cosas aquí fuera? Abrázame fuerte. Con cuidado, porque nunca antes me habían tocado. Acaríciame suavemente. Primero los brazos y las piernas, que te conocen bien. Luego la espalda, con la que acostumbraba a rozar tu útero. Pero mi barriguita blanda ha estado protegida en la posición fetal; espera un poco antes de tocarme ahí”.

El bebé todavía tiene algo que decir:

“¿Qué es eso que huele tan bien? Resulta familiar, pero al mismo tiempo tan nuevo y atractivo. No puedo esperar a metérmelo en la boca. No te vayas a limpiar ahora, mamá, hasta que yo haya alcanzado tranquilamente mi objetivo. ¡Y huéleme tú también! Ahora mismo, antes de que me laven con jabón”.

El bebé reconoce el aroma de la piel de su madre, aunque hasta ahora solo había olfateado el líquido amniótico. Sin embargo, el aroma más irresistible es el de la leche materna. Si a un bebé se le da a elegir entre el olor de la piel de su madre, sin leche, o el olor de la leche de otra mujer, escogerá la leche.

En la mayoría de los mamíferos, el olor es un determinante esencial del vínculo entre madre e hijo. La vista también tiene un papel fundamental durante el primer encuentro con la cría. Una y otra vez he visto a un bebé abrir los ojos como platos a la vista de un pezón. “¡Ay va!”, parece decir. “Esa cosa redonda tan interesante, con la punta que sobresale, es precisamente lo que estaba yo buscando. ¡Vamos, ayúdame! ¿No ves que me cuesta un poco?”

Al comienzo de la vida fetal, los ojos están completamente cerrados, como los de un gatito recién nacido, pero en el momento del parto el bebé ya ha sido capaz de ver durante varios meses. Cuando la fuerte luz del sol ilumina el abdomen de la madre, una hermosa luz rosada inunda el útero, una luz tamizada, difusa, más adecuada para intuir que para ver claramente. Entonces, de repente, el bebé se encuentra fuera, en un mundo brillantemente iluminado con fuerte luz solar, poderosas lámparas y luces que le molestan en los ojos. La habitación tiene una temperatura de unos 20 °C, que a él le parece todavía más baja; el útero mantiene una temperatura constante de 37 °C.

Ahora creemos que el estrecho contacto piel con piel con la madre es aún mejor que el agua caliente para iniciar de la forma más agradable la vida en el mundo exterior. El bebé podrá bañarse más tarde. En muchos lugares ya no bañan al recién nacido el primer día, pero en otros todavía se hace poco después del parto con agua y jabón, y sin aclarar después. ¿Y si el bebé se pusiera a protestar?

“Vengo aquí, cubierto con el maravilloso vérnix, que evitó que mi piel se reblandeciera con el líquido amniótico. Es bueno para mí conservar esta crema que mantiene mi piel suave y resistente. Y no me quitéis las bacterias que me acaba de dar mi madre, o me convertiréis en presa fácil para las bacterias hospitalarias.”

Tampoco es ninguna urgencia cortar el cordón umbilical mientras siga latiendo –el bebé todavía está recibiendo oxígeno de la madre, y también la última y valiosa transfusión de la placenta– ni estirarlo para medirlo. Dejemos que lo haga poco a poco, él solito. Al fin y al cabo, ha pasado varios meses hecho un ovillo. ¿No podríamos cambiar estas prácticas y concentrarnos en el milagro de la vida?

Este texto forma parte del libro Maternidad y lactancia: desde el nacimiento a los 6 meses (Editorial Granica) de la doctora Gro Nylander.

¿Por qué recomendamos leer Maternidad y lactancia?

Porque la doctora Gro Nylander, reconocida por la divulgación que ha hecho de los beneficios de la lactancia materna, ofrece en este libro consejos prácticos, basados en los descubrimientos científicos y en su experiencia como madre, sobre la crianza de los niños.

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