Cuando estemos alejados, metámonos juntos al agua

SLOWPARENTING

Metámonos juntos al agua

En ella nos sentimos relajados y seguros. Y disfrutar de estos instantes juntos es una experiencia llena de nuevas sensaciones.

Laura Gutman

18 de septiembre de 2018, 12:43 | Actualizado a

El agua es la madre. La sensación siempre placentera de estar dentro del agua se asemeja a la de estar dentro de la madre. El agua nos permite “regresar a casa”, al gran vientre original. El agua nos protege y nos calma. El agua aquieta el tiempo y el espacio, reduce los sonidos, es femenina y envolvente, acaricia y cobija. El agua nos otorga percepciones físicas de bienestar y seguridad. Sumergirse en un elemento donde la fuerza de gravedad es contrarrestada por otras fuerzas facilita los movimientos y los pensamientos.

Encontrar la calma

Es hora de contactarnos con el niño a través de la fluidez del agua y la desnudez de los cuerpos. Se trata de un viaje compartido al mundo interior, mientras ambos ganamos confianza en los movimientos acuáticos. El agua nos aleja del tiempo cronometrado y nos encuentra más allá de la experiencia cotidiana.

Nos dejamos arrastrar por las olas de nuestra pequeña bañera mientras hacemos burbujas en la barriga del bebé.

El agua activa nuestra imaginación, nos proporciona la templanza y la fe que tanto necesitamos en medio de la tensión de los desencuentros familiares.

El ritual del baño compartido con el bebé es absolutamente vital, tanto para la realidad exterior como para el viaje interior que hemos iniciado.

El agua actúa como un líquido mágico donde se desvanecen las penurias, convirtiendo ese momento en el lavado de las impurezas de nuestra alma herida.

El agua debería ingresar en nuestra vida cotidiana porque es un elemento armónico. Cuando el niño llora, cuando no comprendemos qué sucede, cuando estamos desconectadas de nuestra esencia, cuando estamos enfadadas o cansadas... podemos despojarnos de la ropa e ingresar suavemente con el bebé en brazos para que el agua madre nos proteja.

Relación corporal

Podríamos compartir este mismo propósito en las clases de natación para bebés o niños pequeños. No hay prisa en que las madres nos retiremos del agua cuando ellos “ya saben nadar y son capaces de quedarse solos”.

Es un ambiente excelente para que nos relacionemos corporalmente.

Nadar cerca del cuerpo de la madre supone una vivencia espléndida, inagotable, de dulces sensaciones.

No se trata sólo de “bañar al bebé”. Si nos perdemos la oportunidad de permanecer allí mientras el niño está en contacto con el agua, luego el baño se convierte en una extraña obligación.

  • Cuando los niños ya tienen edad para bañarse solos, habitualmente no quieren hacerlo porque las madres pretendemos aprovechar ese momento para hacer tareas pendientes. Y ellos registran que ése es el instante en que pierden a su mamá.
  • Programemos unos instantes sin prisas, en lugar de convertirlo en un trámite más. Organicémonos. Juguemos con el agua.

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