Moverse en Libertad

LIBRO RECOMENDADO

Moverse en libertad, clave para su desarrollo

La propia naturaleza de los bebés les permite voltearse, gatear, sostenerse de pie y caminar, cuando su cuerpo está realmente preparado. Para ayudarlos tan solo hemos de confiar en sus capacidades y permanecer cerca sin intervenir directamente.

Emmi Pikler

27 de diciembre de 2017, 07:00 | Actualizado a

Emmi Pikler fue pediatra y autora del libro que os recomendamos, llamado Moverse en Libertad (Narcea) y del cual está extraído el presente artículo. Su experiencia profesional y sus investigaciones la llevaron a concebir al niño como un ser capaz de su desarrollo de forma autónoma, sin necesidad de la intervención del adulto.

En sus inicios profesionales, la Dra Emmi Pikler acompañaba a los padres en la observación de sus hijos para que descubrieran y confiaran en la capacidad de desarrollo que tenían los niños. Pero fue durante los más de 30 años que se encargó de dirigir el Instituto Metodológico de Educación y Cuidados de la Primera Infancia (actualmente llamado Instituto Pikler) donde perfeccionó su original método.

En este espacio fundado para atender a bebés que precisaban cuidados prolongados lejos de su familia, no se pretendía reproducir la figura de la madre porque resultaba imposible, pero se buscaba que los niños no creciesen con las carencias que pueden suponer la ausencia de un lazo familiar. Para ello y sus colaboradoras en la institución creían ciegamente en la capacidad de cada niño de desarrollarse siguiendo sus propios intereses, al mismo tiempo que establecían vínculos amorosos con cada uno de los bebés gracias a la atención exclusiva que les ofrecían durante los cuidados.

El papel del adulto

La intervención directa del adulto durante los primeros estadios del desarrollo motor (darle la vuelta al niño, sentarlo, ponerlo de pie, hacerlo andar) no es un requisito previo para la adquisición de estas habilidades porque, en condiciones ambientales favorables, el niño consigue por sí solo, por su propia iniciativa, con movimientos de buena calidad bien equilibrados, volverse sobre el vientre y después, pasando por el rodar, el reptar y el gatear, sentarse y ponerse de pie.

Sentar al bebé, ponerlo de pie o hacerlo andar bajo cualquier pretexto no favorecen el desarrollo infantil, sino que resultan perjudiciales.

En el Instituto Lóczy (dirigido por la autora) se evita enseñar o hacer que los niños ejecuten los diferentes movimientos, y tampoco se les incita, ni por órdenes ni por repetidas llamadas de atención, a que los hagan según nuestros deseos.

Por "enseñar" entendemos: hacer que el niño realice regularmente ciertos movimientos con el fin de que los asimile. Durante un tiempo más o menos largo, el adulto mantiene al niño -por sí mismo o con ayuda de diversos accesorios (como una silla o un andador)- en posiciones que aún no domina: lo hace repetir movimientos que todavía no es capaz de ejecutar sin ayuda.

Nuestros principios se llevan a la práctica de la siguiente manera: siempre se pone al niño tumbado sobre la espalda hasta que él solo pueda adoptar otra posición. Durante esta etapa, el adulto lo lleva en brazos en posición tumbada (no erguida) y tampoco lo ayuda a concluir un movimiento iniciado: no interviene cuando se sienta o se pone de pie, sosteniéndolo de la mano ni con otros medios.

Hasta que el niño no sea capaz de volverse de la posición dorsal a la central (de espaldas voltearse y colocarse sobre el vientre), solo se le pone en esta última postura cuando es inevitable: para secarle la espalda después del baño o durante un eventual reconocimiento médico.

Mientras que no se sienta por sí mismo, no lo sentamos ni para el reconocimiento médico, ni para los cuidados, ni para jugar, etc. Y si él no se pone de pie por sí mismo, nosotros no lo haremos en ninguna circunstancia.

Tampoco se le ayudará cuando se ponga de pie agarrándose, ni cuando dé algunos pasos al lado de los muebles; ni más tarde cuando solo y sin apoyo dé sus primeros pasos. Si el niño tiende la mano o se agarra a los vestidos de la cuidadora, esta lo coge en brazos, pero no lo lleva de la mano; y si se cae, no lo levanta. Sin embargo, cuando el niño domina el caminar y tiende la mano hacia el adulto para establecer un vínculo, este se la da porque ya no se trata de ayudarlo a andar.

¿Qué condiciones son idóneas para su crecimiento?

Tal y como explica la autora, en el Instituto Lóczy se tienen en cuenta los siguientes aspectos para favorecer el desarrollo motriz del bebé:

1. La ropa. Que obstaculice los movimientos lo menos posible. Si es preciso proteger sus pies del frío, lleva un calzado flexible de tela o de punto que adopte la forma del pie (y no al revés). No usa calzado de suela rígida hasta que no ande bien, y luego solo para pasear o para los juegos al aire libre si así lo impone el tiempo. Del mismo modo, los niños solo llevan puesta la ropa que es estrictamente necesaria. En verano, al aire libre, están desnudos el mayor tiempo posible.

2. El espacio. En cuanto el niño es capaz de desplazarse, por mínimo que resulte ese desplazamiento, tratamos de asegurarle el espacio que necesita. Cuando los niños se mueven con facilidad o juegan con objetos que requieren un emplazamiento superior, nos esforzamos en asegurárselo. En verano disponen de césped donde jugar a su manera.

3. Los juguetes. A partir de los tres o cuatro meses, nos esforzamos por procurarles juguetes adecuados a su edad. Mientras que el niño pasa su tiempo de vigilia tumbado hacia arriba o hacia abajo, los juguetes están en el suelo cerca de él, y en ningún momento de su desarrollo se los ponemos en las manos, tampoco los fijamos nunca por encima de su cabeza ni en los barrotes de su cama. En verano, juegan en el jardín, donde tienen a su disposición un montón de arena y trepan por las escaleras, que son utilizadas también por niños mucho antes de que anden.

Los resultados del método

A partir de los tres o cuatro meses de edad, nuestros niños ya son capaces de desplazarse por sí solos, mientras que los educados conforme a los métodos habituales se hallan relativamente inmovilizados en su desarrollo.

Nosotros creemos que es fundamental para el desarrollo del niño que se establezca una buena relación con el adulto. Constituye la condición primera de un estado afectivo satisfactorio y, por la misma razón, del perfecto desarrollo.

Pero en el Instituto Lóczy estas buenas relaciones no se establecen a través de la ayuda directa a los niños en el transcurso de sus ejercicios de motricidad, sino sobre todo durante los cuidados. Nuestros niños no piden al adulto que los sienten o que los pongan de pie, incluso ignoran estas posiciones antes de haberlas adquirido ellos mismos, porque la cuidadora no los sienta jamás ni los pone de pie por ninguna razón.

Nuestras experiencias nos permiten creer que la actitud "habitual" de los niños anteriormente descrita no es innata ni concomitante con la maduración, sino que constituye la consecuencia del comportamiento de los adultos que los rodean.

Cuando no se hace al niño desear realizar unas posturas que superan su nivel de desarrollo, él mismo no exigirá su ejecución antes de que sea capaz de lograrlas por sí solo.

La alegría de nuestros niños procede de las tentativas autónomas en cada fase del desarrollo motor. No se desanima en estos ensayos en los que, sin embargo, no interviene el adulto. Su felicidad aumenta aún más cuando llega por sí mismo a dominar un nuevo movimiento. Entonces quiere que su entorno lo perciba, y esta alegría es compartida por los adultos.

Para compensar la ausencia de movimientos, en varias instituciones donde se restringe la libertad de movimientos, los niños se ven sometidos a estimulaciones dirigidas bajo forma de gimnasia. Pero como cualquier otra forma de aprendizaje motor, esta solamente resolverá el problema si va acompañada por unas medidas que supriman las limitaciones de los movimientos. En cambio, si tales limitaciones no existen, resulta muy discutible la necesidad de una gimnasia para niños pequeños bien constituidos.

Los ejercicios corrientes no solo son insuficientes para suplir los movimientos espontáneos, sino que también crean situaciones "fisiológicas" al enfrentar al niño con tareas que superan sus posibilidades motrices.

Cuando el desarrollo motor se efectúa de acuerdo a nuestras ideas, según las cuales los niños se hacen progresivamente cada vez más autónomos, cada vez más capaces de moverse, de buscar los juguetes por sí mismos, de cambiar de postura o de desplazarse solos, la vida y el trabajo se organizan de otra manera. Durante sus juegos los niños dependen de la ayuda del adulto. Si por inadvertencia necesitan una ayuda (que obtienen) en una situación imprevista, la evitarán a partir de entonces. Una vez resuelto el problema momentáneo seguirán jugando solos, activa y pacíficamente.

Consejos para los padres

En este espíritu orienté durante más de diez años, como pediatra, la educación motriz de centenares de bebés. En lo relativo al desarrollo de la motricidad, pedí a los padres que tuvieran en cuenta dos medidas:

  1. que no obstaculizarán los movimientos libres de su hijo, no se esforzarán por apresurar el curso normal de su desarrollo con intervenciones directas
  2. que le aseguraran las condiciones materiales necesarias para la libertad de movimientos, para que pudiera aprender y ejercitarse de forma autónoma y espontánea.

El hecho de que el nivel de motilidad sea estable en el curso de la adquisición de los movimientos, así como que ellos solos adquieran las nuevas fases del desarrollo motor y que entablen por sí mismos conocimiento de su entorno, favorecen su deseo de moverse y crean la condición básica para la evolución de su estado emocional, de su desarrollo intelectual y, en general, de su desarrollo psíquico.

Para saber más

  • Podéis seguir encontrando información desde la web www.piklerloczy.org/es/
  • Pikler-Lóczy Euskal Herriko elkartea es una asociación vasca autorizada por Budapest.
  • También os recomendamos el libro Lóczy, una insólita atención personal (Octaedro) donde los autores explican el funcionamiento del Instituto Lóczy.
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