Los niños imitan a quienes aman

CRIANZA RESPETUOSA

Los niños imitan a quienes aman

Su capacidad de observación es tal, que aprenden sin que les enseñemos. Y lo hacen rápidamente. En lugar de enfadarnos porque abren los armarios o hacen garabatos en una agenda, fijémonos en nuestros actos. Porque los hijos crecen a nuestra imagen y semejanza.

Laura Gutman

11 de mayo de 2018, 10:50 | Actualizado a

Nos encanta observar a otros mamíferos, sobre todo a los monos, chimpancés, orangutanes y gorilas que se nos parecen tanto. Nos resultan muy divertidas las crías, cuando observan a sus padres e imitan con precisión los movimientos y conductas de la manada. De hecho, cuando los niños nos imitan, les decimos que son “monitos”. Efectivamente, la manera que tenemos de aprender es al estilo “monito”: observando e incorporando los movimientos, los sonidos, las conductas y el modo de intercambiar con los otros.

Para el niño humano, los grandes referentes somos los padres o los adultos que los criamos, incluso si no pasamos la mayor parte del tiempo con ellos. Parece ser que los niños se identifican con las personas que asumimos su cuidado y protección.

Que un niño pequeño intente hacer exactamente lo que hacemos las personas mayores es signo de inteligencia y vitalidad.

Paradójicamente, en el día a día, con frecuencia desautorizamos, prohibimos o incluso castigamos a los niños cuando hacen lo mismo que nosotros. Subir las escaleras, coger el mando a distancia del televisor, abrir las puertas de las alacenas para buscar la vajilla, abrir los cajones de la ropa, enchufar y desenchufar los aparatos eléctricos, atender el móvil, mover el ratón de nuestro ordenador, teclear cuanto teclado tengamos a mano, coger una pluma y escribir en nuestra agenda (quienes aún conservamos una agenda de papel), abrir los grifos, abrir las puertas, poner la ropa en el cesto de ropa sucia, sacar la ropa del cesto de ropa sucia, poner y sacar los CD de sus estantes (quienes todavía conservamos CD), coger los libros o las revistas, cocinar quejándonos del trabajo que eso representa, usar nuestros maquillajes abriendo y cerrando cajitas de colores, revolver nuestros cajones, cambiar las cosas de sitio, movernos sin respiro, vociferar, enfadarse, quejarse, llorar, hablar sin escuchar... son sólo algunas de las actitudes y acciones cotidianas que repetimos una y otra vez, con total certeza de estar haciendo lo correcto.

Ahora bien, apenas un niño pequeño sube o baja las mismas escaleras, abre los mismos cajones, toca las mismas teclas, traslada la misma ropa o se mueve sin detenerse, tratando de alcanzar con exactitud el ritmo, los gestos, el andar y el tono de los mayores... sencillamente es castigado. Es una verdadera paradoja, una situación que el pequeño vive inmerso en la contradicción, ya que la parte más vital y saludable del niño saca de quicio a los mayores.

Esfuerzos redoblados

El niño puede llegar a comprender racionalmente que los adultos no están felices con él, pero le resulta imposible relacionar sus actitudes con este enfado. Porque está intentando hacer las cosas de un modo análogo, equivalente, al modo de los mayores. Así las cosas, el niño se esmerará en imitar a los adultos aún con mayor exactitud y precisión, tratando de satisfacer a los padres gracias a sus habilidades apenas adquiridas. Intentará imitar los gestos y los movimientos con mayor dedicación y cuidado. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, las personas mayores le prohibiremos tocar, le diremos muchos “no”, les pegaremos en las manos, le gritaremos, le diremos otra vez que no y que no, y, finalmente, llamaremos a alguien con más entrenamiento en el autoritarismo para que ponga límites a una criatura que no está dispuesta a dejar de moverse.

Aceptemos a esta altura de las circunstancias, que los adultos somos bastante menos inteligentes que los niños. No somos capaces siquiera de darnos cuenta que los niños nos imitan porque son sabios. Lo ven todo. Lo observan todo. Lo aprenden todo sin que les enseñemos nada. Y para colmo los castigamos por aprender demasiado rápido.

Unos magníficos observadores

Cuando son mayores... los niños no sólo imitan nuestras actitudes sino también nuestro vocabulario.

Incluso si han sufrido a causa de nuestras palabras hirientes, las usarán para vincularse con otros.

Si solemos ser despreciativos, ellos despreciarán a los demás. Si somos malhumorados, ellos usarán su malhumor para conseguir lo que necesitan. Si creemos que el mundo es un infierno de obstáculos, ellos vivirán el mundo como una guerra permanente. Pero por el contrario, si abonamos la buena disposición y la apertura a las diferencias, ellos se adaptarán a todas las circunstancias aunque sean difíciles. Si somos curiosos y vivimos con alegría los nuevos desafíos, ellos vivirán naturalmente las ansias por descubrir nuevos horizontes.

En verdad, los niños nos observan tanto y nos imitan tan milimétricamente, que nos resulta arduo tolerar aquello que vemos reflejado en ese espejo. Es tan difícil como escuchar nuestra voz en una grabadora o vernos filmados en una película: solemos reconocer todos nuestros defectos. Nos avergüenzan. Sentimos pudor. Querríamos mostrar nuestros costados más amables, pero aparecen los más ruines. Eso es exactamente lo que nos mantiene enfadados con los niños: al ponerse en movimiento, muestran lo peor de nosotros mismos.

Examinar las propias acciones

¿Qué podemos hacer en esta situación? En principio, si hay actitudes, palabras o gestos de nuestros hijos que nos molestan, tomémonos el trabajo de revisar cuánto tienen que ver con nosotros.

Si nuestro bebé se abalanza sobre todo aparato electrónico existente en casa, revisemos el nivel de obsesión, de apuro o de ansiedad que nos generan estos artefactos. Si nuestro hijo pequeño no logra permanecer quieto, observemos si nosotros somos capaces de detenernos y permanecer un espacio de tiempo largo sin hacer nada, pero estando activamente disponibles. Si la cocina es el ámbito donde el niño enloquece, llora, rompe la vajilla, o se quema con fuego repetidamente, examinemos si entramos a cocinar cada noche al borde del hartazgo, con más deseos de desaparecer de allí cuanto antes que de preparar algo nutritivo para todos. Si el niño trepa a ventanas o balcones calibrando la delgada línea existente entre la seguridad y el peligro, miremos si nosotros vamos por la vida al borde de los precipicios emocionales, con poco registro de los peligros a los que nos encomendamos.

Si la maestra nos llama para avisarnos que nuestro hijo dice malas palabras, no creamos que las aprendió en la escuela, por más que consideremos a otros niños muy maleducados. Los hijos nos imitan y usan las palabras que utilizamos los adultos amados. Incluso escuchando palabras nefastas en la escuela, los niños pequeños no las adoptarán, salvo que encajen perfectamente en el vocabulario sutil que también usamos en casa.

Si nuestro hijo miente, en lugar de acusarlo, pongámonos las manos en el corazón y tratemos de pensar cuántos secretos tenemos guardados, cuántas veces hemos tergiversado la realidad conscientemente, cuántas veces hemos prometido algo y no lo hemos cumplido. Pensemos también cuántas veces hemos hablado mal de otros adultos amados por el niño. (Sobre todo después de los divorcios, consideremos con humildad todas las veces que hemos maldecido al padre o a la madre de nuestro propio hijo). Sepamos que eso es mentir.

Si nuestro hijo no muestra interés por nada, si “pasa”, si desprecia el entusiasmo de los demás, si considera que todos son inútiles o tontos o necios, intentemos reflexionar sobre la facilidad con la que desmerecemos a los otros.

Si nuestro hijo pega en el cole y nos horrorizamos porque nos salió un niño tan malo, seamos capaces de repasar los múltiples mecanismos que hemos engrasado para agredirlo, dejándolo solo, pretendiendo que se arregle sin nuestra presencia y sintiendo verdadero fastidio por sus demandas.

Si nuestros hijos se pelean entre ellos, si se lastiman, si no se soportan... reparemos en el vínculo que hemos sido capaces de construir –o no– con nuestros propios hermanos. En lugar de suponer que son cosas de niños o que todos los hermanos se llevan mal, reconozcamos las guerras que sostenemos con nuestros familiares, especialmente con la familia de nuestro cónyuge.

Sentimiento de pertenencia

Mirándonos con honestidad en cada acto cotidiano, en cada sentimiento escondido, en cada palabra injusta o en cada opinión vociferada como si fuera la verdad revelada, sabremos que los niños pequeños aprenden nuestras conductas con precisión. Son tan inteligentes que no olvidan ningún detalle. Necesitan tanto ser amados, que no ahorrarán esfuerzos –ni físicos ni emocionales– para lograr parecerse a los adultos y sentir que son merecedores de pertenecer a la gran manada humana.

Nos encantaría creer que los niños nacen de los repollos o que los traen las cigüeñas de París. Nos sentiríamos menos responsables. Sin embargo, nacen y se hacen cada día, a nuestra imagen y semejanza. Por lo tanto, los adultos tenemos la obligación de convertirnos en seres más bellos, más bondadosos, más amables y más generosos. En nuestro afán por convivir mejor con nuestros hijos, tal vez se acabe produciendo un sutil cambio en nuestro interior, y estemos obligados a observarnos más críticamente, reconociendo nuestras bajezas o limitaciones. En esos casos, ya no nos enfadaremos con aquello que no nos gusta de nuestros niños pequeños, sino que tendremos que tener paciencia con nosotros mismos. Es nuestra mejor opción. Si cambiamos nosotros, el mundo cambia.

Una preparación para la vida que vendrá

Nos corresponde a los adultos mostrar la diferencia entre ser adulto y desear serlo. Por ejemplo, una niña puede maquillarse imitando a la madre, pero no podrá ir maquillada a la escuela. Un niño querrá subirse sobre la falda del padre para conducir el auto mientras está detenido, pero no podrá conducirlo.

Asimismo, una niña podrá imitar a la madre cuando vocifera jugando con sus muñecas, pero no podrá maltratar a la niñera que la cuida. Un niño querrá mirar en la tele una película con escenas violentas que están mirando sus padres, pero es demasiado pequeño para tolerarla.

No es lo mismo ser niño que ser adulto, y con cariño y responsabilidad, es nuestra tarea mostrar y acompañar el encuentro con sus limitaciones. Está muy bien que los niños jueguen a ser grandes, es una preparación saludable para la vida que, indefectiblemente, vendrá.

Cuando los abuelos son referentes

Si delegamos el cuidado de nuestros hijos en los abuelos, evaluemos si realmente depositamos nuestra confianza en ellos. ¿Tenemos una comunicación franca? ¿Estamos dispuestos a conversar, tomar en cuenta otras opiniones o incluso hacer cambios a favor del bienestar del niño?

Nuestros padres o suegros, ¿nos respetan? ¿Y nosotros a ellos? Si circula una alta estima entre los adultos, sabremos valorar aquellos gestos que los niños imitan de sus abuelos: las ocurrencias, los juegos o los aprendizajes que traen de ese hogar. En cambio, si las actitudes que expresan cuando regresan a casa no nos gustan, no es posible enfadarnos con ellos porque usan las mismas palabras que la abuela o caminan dando saltos como el abuelo. Los niños imitan a sus seres queridos.

Tendremos que poner en orden nuestras elecciones. Si no hay nada que nos guste de los abuelos, pues será mejor que no enviemos allí a nuestros niños. Y a la inversa, si los enviamos, amemos “eso” que los abuelos aportan.

Qué se esconde tras sus mentiras

CRIANZA CON RESPETO

Qué se esconde tras sus mentiras

Artículos relacionados