No forcemos su relación con los demás

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No forcemos su relación con los demás

Durante los dos primeros años, los niños no tienen una concepción de sí mismos como seres separados, viven fusionados emocionalmente con su madre. Sólo a partir de entonces podrán y desearán interactuar con otras personas. No los forcemos.

Laura Gutman

11 de agosto de 2018, 07:00 | Actualizado a

Cuando pensamos en el nacimiento de un niño, nos resulta evidente hablar de separación. El cuerpo del bebé, que estaba dentro de la madre, alimentándose de la misma sangre, se separa y comienza a funcionar de manera “independiente”. Tiene que poner en marcha sus mecanismos de respiración, digestión, regulación de la temperatura y otros, para poder vivir en el medio aéreo.

El cuerpo físico del bebé comienza a funcionar separado del cuerpo de la madre. Sin embargo, ese cuerpo recién nacido no es sólo materia, también es un cuerpo emocional.

Aunque la separación física efectivamente se produce, persiste una unión que pertenece a otro orden.


De hecho, el bebé y su madre siguen fusionados dentro de un mismo territorio emocional. Es como si fueran dos seres en uno. Por lo tanto, de ahora en adelante en lugar de hablar del “bebé” nos referiremos al “bebémamá”. Quiero decir que el bebé ES en la medida que está fusionado con su mamá. Y para hablar de la “mamá” también sería más correcto referirnos a la “mamábebé”, porque la mamá ES en la medida que permanece fusionada con su bebé.

La madre atraviesa todo este período desdoblada en el campo emocional.

Este período de fusión emocional entre el bebé y su madre se extiende entre los dos y los tres primeros años. Esto significa que hasta los dos años, dos años y medio, o tres –según cada niño–, continuará dentro de una realidad de “ser fusional”.

Por lo tanto, todavía no se convertirá en un “ser social”. Este modo intrínseco de relacionarse fusionalmente es común a todos los niños y se transita lentamente. Para ir incorporando a “los demás”, a medida que el pequeño va creciendo necesita ir creando lazos de fusión con cada persona u objeto que entra en su campo de experiencias.

Éste es un proceso de incorporación lento. Así van ingresando el papá, los hermanos, los familiares, las maestras, los ámbitos de juego, etc. El niño, al mismo tiempo que crece, va reconociendo a las personas más cercanas y los lugares que frecuenta.

Pero incluso si festeja la llegada de los abuelos, eso no significa que se haya convertido en un ser social ni que necesite “estar con otros”.

El niño menor de dos o tres años sólo necesita estar fusionado con la madre o con una persona maternante, y dentro de ese confort, puede ir incorporando a otros sujetos. Pero no es verdad que necesite jugar con otros. De hecho, habitualmente disfruta la presencia de otros niños o de otros adultos en la medida que la madre está presente.

Un territorio emocional reducido

Si comprendemos este concepto de fusión emocional –que desde mi punto de vista es prioritario– no tendremos prisas para que el niño “socialice”.

Un niño menor de dos años y medio al que consideramos tímido no “mejorará” su personalidad llevándolo a una guardería.

Al contrario, quizás aún necesite más presencia materna para sentirse seguro.

Si llevamos a un niño demasiado pequeño a un ámbito donde circula mucha gente, es posible que se sienta abrumado, porque en un campo emocional reducido –como es en casos de fusión emocional– no hay lugar para muchos. Recordemos que los bebés se incomodan si la madre habla con muchas personas mientras lo está amamantando, y que luego, por las noches, espera resarcirse demandando madre para él solo. Salvando las distancias, sucede lo mismo con un niño de 18 meses o de dos años: necesita relaciones “de a uno”. Se pierde en la multitud. De hecho, los niños pequeños se pierden incluso en la multitud de una sola familia.

Ni objetivos ni conquistas

Ahora bien, el estado fusional de los niños va disminuyendo al correr de los años, en la medida que su “yo soy” va madurando en su interior. Pero cabe destacar que un niño que ha sido exigido a soportar grandes separaciones siendo muy pequeño tendrá mayor tendencia a permanecer en relaciones fusionales mucho más tiempo.

Es decir, quien no obtuvo suficiente fusión, la seguirá reclamando.

Un bebé dejado muy tempranamente durante muchas horas con personas poco maternantes seguirá reclamando presencia cuando ya supongamos que es “demasiado mayor”.

Insisto en que hay que observar a cada niño en particular, sin pretender que logre vivir las separaciones con alegría, porque éste no es un asunto a conquistar.

No es mejor ni peor que un niño se adapte antes o después.

También tendremos que lidiar con la interpretación que hacemos en relación a las manifestaciones de los más pequeños: hay niños que se han sobreadaptado a la soledad o a la multitud y ya no reclaman presencia. Pero eso no significa que no la necesiten. Simplemente, no confían en que la obtendrán.

Finalmente, entre los dos años y medio y los tres años llega “el gran salto”. En esta época, los niños inician naturalmente la separación emocional en relación a la madre.

Nos damos cuenta de que este período comienza cuando logran nombrarse a sí mismos: dicen “yo”.

Llegar a esa etapa y organizar el pensamiento del “sí mismo separado de los otros” corresponde a un desarrollo importantísimo en la estructura psíquica del niño. No nos referimos sólo a la adquisición del lenguaje verbal, sino a toda una concepción de sí mismo como ser separado, pudiendo y deseando interactuar con los otros. Reconoce que “yo soy yo” y “tú eres tú”. Por lo tanto, tiene interés en conocer al otro como un ser diferente.

Todo a su debido tiempo

Ahora sí tiene lógica apoyarlo en la exploración de las relaciones con los demás. Ahora sí es bienvenido que el niño se vincule con otros niños, que juegue, que experimente otras realidades fuera del hogar. Ahora el niño tiene un interés genuino. Pide ir a la guardería. Pide ir a casa de los abuelos. Pide incluso ir a jugar a casa de un amigo.

Antes de este período, los niños van a guarderías porque las madres necesitamos que alguien se haga cargo de ellos y que estén cuidados mientras trabajamos; pero ésta no es, de ninguna manera, una necesidad genuina de nuestros hijos.

Todos los problemas de adaptación que un bebé o un niño muy pequeño puede manifestar –obligado a permanecer en lugares poco fusionales– no tienen que ver con una dificultad puntual propia, sino con una concepción de los adultos errónea y poco comprensiva sobre la realidad emocional de los pequeños. En esos casos, vale la pena esperar a que el niño madure. Si necesitamos que alguien se haga cargo de él en nuestra ausencia, podemos buscar personas allega- das que entren en relación individual con el niño pequeño, que lo cuiden sólo a él, o junto a sus hermanos, hasta que crezca un poco más. En cambio, a partir de los dos años y medio, si el niño ha recibido suficiente amparo y protección dentro de relaciones individuales, estará en condiciones óptimas para experimentar la vivencia de un grupo de niños.

Satisfacciones postergadas

Si siendo mayor –a los cuatro, cinco o seis años–, el niño se adapta con dificultad a los ámbitos de juego o de intercambio, tendremos que revisar su historia: saber si lo hemos dejado prematuramente al cuidado de personas poco cariñosas, o si hemos permanecido alejadas emocionalmente o afectivamente de nuestro hijo.

Si ése fuera el caso, nunca es tarde.

Incluso si el niño es mayor, siempre podrá compensarlo con la presencia efectiva de la madre. Probablemente nos impacientaremos más, al considerar que “ya es mayor” para pedir brazos o juegos. Sin embargo, no olvidemos tener en cuenta que, emocionalmente, nuestro hijo aún se siente necesitado, de lo contrario, no reclamaría presencia.

Si un niño mayor de tres años tiene dificultades reales para relacionarse con los demás, lo ideal será acompañarlo. Es decir, si nuestro hijo no puede o no sabe vincularse de un modo feliz y liviano, permaneceremos junto a él en todos los ámbitos donde haya otros niños u otros adultos.

No forcemos. No le demos indicaciones. No lo amenacemos. No esperemos resultados. No lo acusemos de ser tímido o tonto o poco despierto.

Si no estamos esperando que suceda nada en particular y nos aquietamos, quedándonos amorosamente allí, disponibles y tranquilas, al lado de nuestro hijo... posiblemente el niño se dedique a observar. Se quedará sentado mirando jugar a los demás niños. Si alguno se le acerca, él responderá. Alguna vez aceptará la invitación de algún niño. O no. No importa. No lo presionemos. Tal vez en algún momento elegirá jugar cerca del cuerpo de su madre.

Respetar su manera de ser

Y así, en paz, con calma, sin expectativas, sin creer que deberían ser de otro modo, las cosas se van a acomodar dentro de una lógica respecto a la personalidad de ese niño en particular.

No es indispensable ser extrovertidos. A veces los padres nos relacionamos con pocas personas, es posible que ni siquiera seamos especialmente alegres o demostrativos, que no tengamos la costumbre de invitar a amigos a casa, o lo hagamos esporádicamente. ¿Por qué nuestro hijo debería ser un portento de simpatía y expresividad?

Los seres humanos somos sociables, nos necesitamos los unos a los otros, es verdad. Pero la socialización será exitosa en la medida que la primera experiencia del vínculo con un “otro” haya sido totalmente satisfactoria.

Es obvio que nos referimos al vínculo con la madre. Si esta primera relación se establece con dedicación y tranquilidad, luego, mucho después, aparece el resto de la comunidad en perfecta armonía.

De 0 a 3 años, los niños realizan el proceso de socialización con total seguridad si hay una persona de confianza con ellos. Cualquier abuelo, cuidadora o familiar que lleve a pasear a un niño pequeño a una plaza, sabe que el niño corre, busca a otros niños, inventa juegos, encuentra piedras, sube al tobogán y a los columpios con total libertad. Sólo si sabe que está acompañado, protegido y cuidado.

Estando junto a personas allegadas, los ámbitos extraños se vuelven amables. En esos casos, el encuentro con el mundo externo se realiza bajo la protección de un adulto conocido.

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De 0 a 3 años, los niños realizan el proceso de socialización con total seguridad si hay una persona de confianza con ellos.

Cualquier abuelo, cuidadora o familiar que lleve a pasear a un niño pequeño a una plaza, sabe que el niño corre, busca a otros niños, inventa juegos, encuentra piedras, sube al tobogán y a los columpios con total libertad. Sólo si sabe que está acompañado, protegido y cuidado.

Estando junto a personas allegadas, los ámbitos extraños se vuelven amables. En esos casos, el encuentro con el mundo externo se realiza bajo la protección de un adulto conocido.

En cambio, dejar a un niño pequeño en un jardín de infancia, en una fiesta de cumpleaños, en una casa de familiares a quienes no ve habitualmente, sin la presencia prolongada de un adulto cercano, sin permanecer con él el tiempo necesario hasta que el niño se sienta seguro y el ambiente se vuelva familiar, no hace más que provocar inseguridad y miedo. Y el miedo no sirve para socializar en el futuro. Sólo produce sufrimiento.

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